Archivo de la categoría: Educación Ambiental

La sonrisa del (buen) guía

En el acercamiento al patrimonio natural o cultural podemos recurrir a la interpretación por medios no personales o por medios personales. O lo que es lo mismo, paneles, exposiciones, folletos o señalización o, por el contrario, un guía. Los datos aportados por el National Park Service, (en adelante, NPS), en 2007  en Bases de la Interpretación son que los servicios personales llegan sólo a un 22% de los visitantes y, en contraste, más del 62% de los visitantes reciben interpretación a través de medios tales como folletos, periódicos, audio tours y paneles de exhibición (Visitor Use and Evaluation of Interpretive Media, 2003).

Pero, ¿Son más efectivos los medios personales o los no personales? Recurrimos para responder a Freeman Tilden, uno de los “padres” de la Interpretación de Patrimonio:

“Nunca existirá un dispositivo de telecomunicación tan satisfactorio como el contacto directo, no ya sólo con la voz, sino con la mano, el ojo, la improvisación ocasional y significativa, y con ese algo que fluye de la constitución del individuo en su yo físico”

¿Cuál es tu opinión? ¿Es mejor un medio personal o un medio no personal? En esta clasificación cualquiera de nosotros tiene preferencias. Estas preferencias dependerán de muchos factores:  El tiempo disponible, si vamos solos, en pareja, en familia o en grupo, el interés que tenemos en ese patrimonio y sobre todo, las experiencias previas: Seguro que en este momento te vienen a la mente aquella actividad interpretativa que te fascinó y esa otra que no has olvidado por lo desastrosa que resultó.

Tilden establecía comparaciones entre los distintos medios atendiendo también a su calidad:

Podium de medios interpretativos

(Fuente: Elaboración propia basada en el texto de Tilden)

1º Buena interpretación personal

2º Buena interpretación por un dispositivo

3º Ningún contacto

A las malas interpretaciones me resisto a colocarlas en ningún podium, pero según  el autor es mejor una mala interpretación personal que una mala interpretación mediante un dispositivo. Quizá sean estas malas experiencias las que nos llevan a huir de los guías hacia los medios no personales como se refleja en los datos de la NPS que comentábamos anteriormente.

Pero centrémonos en la interpretación de calidad ¿Qué hace mejor a un guía respecto a un panel? En la interpretación del patrimonio bien planificada ambos tendrán un guión estructurado, serán atractivos, etc… Pero hay dos cosas que sólo el guía puede hacer: Sonreír y adaptarse.

Ambas características son muy importantes. La sonrisa del guía crea un clima agradable y de confianza, hace sentirse mejor recibido al visitante. Asimismo, la adaptación según los intereses del visitante, según sus preguntas, sus respuestas, sus reacciones ante lo que se le trasmite en el caso de la atención del guía es inmediata y mas ajustada a la realidad. En el caso del panel, esa adaptación es teórica según los visitantes que se prevean y sus supuestos intereses.

Guías que te esperan sonrientes https://www.imsmy.com/

Por la sonrisa y la adaptación al visitante debemos participar en actividades interpretativas que tengan la presencia de un guía, de un buen guía, como por ejemplo, los que realicen el curso ofertado desde el Instituto Superior del Medio Ambiente, sobre Guía de Naturaleza: Diseño de Itinerarios Interpretativos en el que trataremos todas estas cuestiones.

¡Nos vemos en la proxima ruta!

Guiada, por supuesto.



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El voluntariado ambiental. Algunos ejemplos y reflexiones

1. Introducción

Llevaba ya tiempo con ganas de escribir sobre el voluntariado ambiental, ya que siendo voluntario ambiental desde hace muchos años, observo con agrado como en los últimos tiempos cada vez son más las personas y entidades que se animan a aportar su granito de arena en distintas causas y actividades que merecen mucho la pena.

Y es que, si bien el voluntariado ambiental no sea quizás tan conocido aún como otros tipos de voluntariado como pueden ser el social, sí que es cierto que cada vez cuenta con más protagonismo. Y ello, a mi modo de ver, se debe a varias causas, que en buena medida también están relacionadas con los beneficios que su práctica aportan:

-Mayor conciencia ambiental de la sociedad en su conjunto (administración, asociaciones, ciudadanía, empresas).

-Mayor y mejor difusión de las actividades a través de Internet y redes sociales.

-Múltiples beneficios que aporta el voluntariado ambiental: cuidado y mejora del propio entorno, socialización, adopción de hábitos saludables, aumento de la autoestima, etc.

A lo largo de este artículo haré un recorrido por algunas de las experiencias que mejor conozco (todas ellas desarrolladas en Cantabria), para finalizar con algunas reflexiones personales sobre aspectos tanto positivos como negativos relacionados con el voluntariado ambiental.

2. Voluntariado ambiental en Cantabria

En Cantabria existen experiencias de voluntariado ambiental (aunque en un principio no se las considerase como tal) desde hace varias décadas, de la mano de colectivos vinculados al movimiento scout y de entidades como ARCA (Asociación para la Defensa de los Recursos Naturales de Cantabria), Bosques de Cantabria, Ecologistas en Acción, Fundación Naturaleza y Hombre, Fundación Oso Pardo, o SEO-Birdlife, entre otras.

No obstante, ha sido en la última década cuando se ha producido una auténtica eclosión del voluntariado ambiental, ya que son miles de voluntarios los que de forma habitual o puntual realizan algún tipo de acción relacionada con la conservación del medio ambiente.

Cartel anunciador de una actividad de voluntariado

Probablemente, las experiencias que más éxito popular han tenido en esta última década han sido el Proyecto Ríos y el programa PROVOCA.

El Proyecto Ríos se desarrolla en Cantabria desde 2007, entendido en un primer momento como un proceso participativo y voluntario para el diagnóstico y la conservación de los ecosistemas fluviales, y auspiciado por el Gobierno de Cantabria. Posteriormente, fue asumido por la asociación Red Cambera y ha llegado a movilizar a miles de voluntarios en la inspección, conservación, y custodia de los ríos cántabros.

Voluntarios del Proyecto Ríos en el río Deva

En cuanto al programa PROVOCA (Programa de Educación Ambiental y Voluntariado en Cantabria) surgió en 2012 impulsado por el Gobierno de Cantabria, como una iniciativa destinada a la ciudadanía en general, existiendo además programas específicos de educación ambiental y voluntariado. Desde entonces, la participación ciudadana en las distintas actividades desarrolladas por una treintena de entidades ha ido en aumento hasta situarse en torno a las 10.000 personas en el año 2015, lo que puede considerarse como una cifra espectacular.

Igualmente es destacable la labor que viene desarrollando el proyecto Explora tu río (Programa de Voluntariado en ríos para las escuelas del medio rural de Cantabria), impulsado por la Red Cántabra de Desarrollo Rural desde 2007. El proyecto, dirigido a la población escolar, ha alcanzado un notable éxito, con la participación de más de 5.000 alumnos de las escuelas de las zonas rurales de Cantabria.

3. Algunas reflexiones sobre el voluntariado ambiental

En este apartado quiero compartir algunas reflexiones sobre el fenómeno del voluntariado ambiental, a raíz de mi experiencia personal en relación al mismo.

Ya en el primer apartado del artículo me referí brevemente a los múltiples beneficios que puede aportar el voluntariado ambiental a quiénes lo practican, y seguramente se podrían añadir bastantes más. Asimismo, quiero hacer referencia a ciertos aspectos que bajo mi punto de vista también pueden entrañar riesgos en relación al auge del voluntariado ambiental:

-Riesgo de dejación por parte de las administraciones públicas competentes.

El hecho de que cada vez más personas se involucren en las actividades de voluntariado ambiental puede llegar a tener el efecto no deseado de que las administraciones públicas competentes en materia de medio ambiente tiendan a no asumir sus obligaciones al respecto. Ilustraré esta idea con un ejemplo: en el caso de Cantabria, numerosas acciones de voluntariado se dirigen a la eliminación de plantas invasoras (uno de los graves problemas ambientales de la comunidad), mientras que aún no existe un plan integral de actuación por parte de las administraciones (si bien se está trabajando en la “Estrategia Regional de Especies Exóticas Invasoras”).

-Riesgo de que dicho auge se convierta en moda pasajera.

La popularización de las actividades de voluntariado, favorecida por las facilidades y medios que tanto las administraciones -el voluntariado suele tener una considerable repercusión mediática- como las empresas -en el marco de la Responsabilidad Social Corporativa- disponen para su desarrollo, puede hacer que quien participe en dichas actividades lo haga de forma puntual y sin interiorizar realmente los objetivos de las acciones desarrolladas, dejando de implicarse cuando no existan tales facilidades y medios.

Para finalizar, quiero desear a todos los lectores del blog un feliz 2017, seguro que con alguno de ellos coincidiré a lo largo del año en alguna actividad de voluntariado ambiental. Nuestro medio ambiente bien se merece ese pequeño esfuerzo por nuestra parte.



Puedes leer y comentar el artículo completo en: Comunidad ISM » Blogs.

¿Dejamos de comprar la Fruta perfecta para evitar cosechas "a terra"?

Tras abrir twitter esta mañana, me ha sorprendido un tweet de  @cintallano en referencia a otro de @Roberto_R_R




En este caso se hace crítica a un artículo del periódico El País. Está claro que el tweet de @el_país crispa a aquellos que nos hemos desarrollado formativa y profesionalmente en el ámbito ambiental.

Desde mi mayor respeto a la opinión de otras personas, he decidido escribir este artículo aportando mi visión personal y profesional al respecto, siempre desde mi experiencia.

Lo que más me ha sorprendido del artículo ha sido la mención únicamente de personas del ámbito de la explotación de recursos. Este fue mi argumento principal para estudiar Ciencias Ambientales y no Ingeniería de Montes o Agrónomos. Hace 16 años, en estas facultades aún se incluía profesorado “de la vieja escuela”, donde lo fundamental era valorar qué especies arbóreas/arbustivas podían generar un crecimiento más rápido para establecer antes unos beneficios económicos sin tener en cuenta la realidad paisajística, ecológica y ambiental. Por suerte estos planteamientos cada vez se han ido reduciendo y ahora los equipos de trabajo del ámbito ambiental son mucho más multidisciplinares, integrando visiones más enriquecedoras.

Con todo este preámbulo, pensemos en la realidad alimenticia actual. Es cierto que cada vez existen más habitantes en nuestro planeta (indiscutible) y que eso nos lleva a requerir más recursos (incuestionable). Pero lo más importante es pararse a pensar y plantearnos cómo estamos empleando los recursos disponibles los países desarrollados.

Como muchos sabéis, he tenido el placer de vivir en el medio rural y en diferentes comunidades autónomas. Hablaré de los casos que conozco pero estoy convencida que lo que voy a contar ocurre en el resto de España y de países desarrollados.

Desde mi ventana el año pasado veía un gran campo de melocotoneros. Salía a pasear cada día con mi perro por el “ager” y veía transcurrir las estaciones y las cosechas con el paso de los días). No podéis haceros una idea de la cantidad de kilogramos de naranjas, mandarinas, almendras, pimientos, alcachofas, sandías, calabazas, melones, melocotones, tomates, uvas, pepinos, higos…que he visto descomponerse en la tierra día tras día.






La culpa de todo esto la tenemos lamentablemente todos los consumidores. Tenía la suerte de poder hablar de estas cosas con mi vecino (agricultor de más de 60 años) para que él me explicara. Aquí se trabaja por cooperativas agrarias (la forma de asegurarte que te compren tu fruta). En el caso del melocotón o la naranja (porque es de lo que más hablábamos) mayoritariamente se exporta a Alemania y países similares. El kilogramo de esta fruta se pagaba baratísimo al agricultor. Antes de cosechar tenían que medir la cantidad de azúcar en el interior de la fruta y cuando estaba “en su punto” pedir permiso a la cooperativa para llevarlo (“coger turno”). La parte de la cosecha que estaba madura en ese turno es la que entraba en cooperativa. Las unidades que iban más adelantadas o tardías “a terra”. No compensaba volver en varios días para ir retirando progresivamente la fruta (más jornales) porque si no cumplías ese estándar no te lo compraban o asumías precios irrisorios. Evidentemente sólo valían aquellas unidades que tenían un diámetro específico y sin ninguna mota de imperfección en la cáscara. El resto “a terra” (por cierto, mi vecino se reía mucho cuando en pleno agosto le hacía espuma de melocotón con la Thermomix. Yo había congelado melocotón en trocitos y los descongelaba para estas recetas. También hacía mi mermelada).

Cuando vamos al supermercado compramos las naranjas más brillantes (les ponen cera ¡qué gasto de recurso más ilógico!), las de un tamaño medio (no la queremos grande ni pequeña), sin ningún tipo de imperfección,…pero es lo que demandamos los consumidores (las propiedades “viasuales” ante todo porque el reto de propiedades organolépticas nos dan igual). Queremos gastar tomates todo el año (cuando yo era niña sólo había tomates en los meses de verano. El resto del año el tomate era en conserva. Además ahora no queremos “encontrar tropezones” (lo que me cuesta ahora encontrar una sandía con pepitas) y alteramos las variedades agrarias generando auténticas aberraciones. Perdemos diversidad de semillas en el ámbito agrario (hay variedades de semillas de legumbres,…que se están perdiendo, se han hibridado, hay que hacer bancos de semilla,…)

Además, cada vez  tenemos más problemas de salud: cáncer, colesterol, hipertensión…¿Qué está pasando?

Lamentablemente, perdí  a mi suegra hace 15 días por un cáncer. Tras el difícil año que hemos vivido en la familia, estuve leyendo algunos libros sobre alimentación anticáncer. Lo que me sorprendió de estos libros fue pararme a reflexionar sobre la alimentación que actualmente ingerimos. En mi casa no consumo muchas de las cosas que de niña sí comía. Dejamos de lado las verduras de temporada y nos pasamos a lo que queremos todo el año. Precisamente en estos libros se hablaba de que la verdura tiene su máximo de vitaminas en su momento justo, por las condiciones climáticas adecuadas que ha recibido (no por estar bajo un plástico). Entonces ¿estamos aportando a nuestro cuerpo las vitaminas y elementos que realmente son beneficiosos para nuestro cuerpo? Comemos, sí pero ¿lo que comemos es lo que requerimos? Hemos dejado de consumir coliflor, lombarda, repollo, remolacha en los meses de invierno para seguir consumiendo las verduras de verano: calabacín, tomate, pimiento,…Mi madre es amante de recolectar de todo en el campo así que de niña me tocaba comer verduras silvestres (bastante amargas, por cierto). Así, en mi casa tomábamos verdolaga con el ajoblanco, achicorias, espárragos trigueros y otro sin fin de nombres raros que mi madre decía (por su puesto en su jerga extremeña ¿a que nunca habéis oído hablar de azufaifas?). Y no hablemos del pescado…en nuestro tiempo se comía calamar, no pota y nada de fletán o panga.

En Japón la población, desde que está occidentalizando su dieta está aumentando de peso.

No he hablado de pesticidas y fertilizantes y sus consecuencias al medio (y a la salud): empobrecimiento de las cualidades del suelo, agotamiento de minerales, contaminación del propio suelo y del resto de elementos del medio natural (ríos, aguas subterráneas, especies,…). Si pretendemos que una zanahoria esté lista en la mitad de tiempo (o menos) de lo que requiere realmente en tierra, echamos más fertilizantes y esa zanahoria en poco tiempo se adueña de los nutrientes que requiere. Pero es que además volvemos a plantar zanahorias en el mismo sitio, que requiere otra vez los mismos nutrientes y cada vez empobrecemos más al suelo en esos minerales concretos y por tanto tenemos que añadir fertilizantes. Como además hay carencias (de agua, de nutrientes,…) aparecen plagas y “bichitos indeseados” y con ello por supuesto echamos mano de los pesticidas. Se convierte en la pescadilla que se muerde la cola.

Tampoco me olvido del sinsentido de los cultivos actuales. Antiguamente casi ningún cultivo era de regadío, ahora prácticamente todos.
Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA
Se puede entender que estamos ante una situación de cambio climático y que a lo mejor necesitamos agua para cultivar pero ¿por qué no reflexionamos sobre qué cultivos podemos plantar con el menor número de aporte de recursos en un área? Unos ejemplos: el tomate, siendo un producto tan carnoso, entenderéis que requiere agua ¿no? Pues mirad estos datos y fijaros en Andalucía y Extremadura:

Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA

Así que, si como asegura El País en su artículo hay que dejar de comer fruta y verdura ecológica, que me digan cómo pretenden garantizar la estabilidad de los ecosistemas naturales y qué efectos se producirán en la salud de la población si continuamos este despropósito de dejar perder las cosechas en el suelo y seguir aplicando químicos a la tierra para aumentar “la productividad”(en cantidad, que no en calidad) de las cosechas.

En conclusión, tal vez deberíamos plantearnos campañas de sensibilización al consumidor para que dejemos de comprar “la fruta perfecta” según los cánones que nos han marcado, informar acerca de la mejor época para adquirir los productos, etc. Tal vez deberíamos pararnos a reflexionar sobre lo que comemos.

Por cierto, que ya que hablamos de recursos, me pone mala la moda de todo embandejado y me voy a la frutería para comprar al peso, de modo que todo me lo pongan en la misma bolsa (patatas, cebollas, fruta…).

Y con todo esto, espero haber hecho reflexionar a más de uno. Sé que este artículo tendrá muchos detractores pero también mucha gente que opina como yo. He pretendido exponer argumentos que yo misma he visto con mis ojos, tratando en todo momento de respetar la opinión de todos.


Puedes leer y comentar el artículo completo en: Gestión Ambiental Municipal.

¿Dejamos de comprar la Fruta perfecta para evitar cosechas "a terra"?

Tras abrir twitter esta mañana, me ha sorprendido un tweet de  @cintallano en referencia a otro de @Roberto_R_R




En este caso se hace crítica a un artículo del periódico El País. Está claro que el tweet de @el_país crispa a aquellos que nos hemos desarrollado formativa y profesionalmente en el ámbito ambiental.

Desde mi mayor respeto a la opinión de otras personas, he decidido escribir este artículo aportando mi visión personal y profesional al respecto, siempre desde mi experiencia.

Lo que más me ha sorprendido del artículo ha sido la mención únicamente de personas del ámbito de la explotación de recursos. Este fue mi argumento principal para estudiar Ciencias Ambientales y no Ingeniería de Montes o Agrónomos. Hace 16 años, en estas facultades aún se incluía profesorado “de la vieja escuela”, donde lo fundamental era valorar qué especies arbóreas/arbustivas podían generar un crecimiento más rápido para establecer antes unos beneficios económicos sin tener en cuenta la realidad paisajística, ecológica y ambiental. Por suerte estos planteamientos cada vez se han ido reduciendo y ahora los equipos de trabajo del ámbito ambiental son mucho más multidisciplinares, integrando visiones más enriquecedoras.

Con todo este preámbulo, pensemos en la realidad alimenticia actual. Es cierto que cada vez existen más habitantes en nuestro planeta (indiscutible) y que eso nos lleva a requerir más recursos (incuestionable). Pero lo más importante es pararse a pensar y plantearnos cómo estamos empleando los recursos disponibles los países desarrollados.

Como muchos sabéis, he tenido el placer de vivir en el medio rural y en diferentes comunidades autónomas. Hablaré de los casos que conozco pero estoy convencida que lo que voy a contar ocurre en el resto de España y de países desarrollados.

Desde mi ventana el año pasado veía un gran campo de melocotoneros. Salía a pasear cada día con mi perro por el “ager” y veía transcurrir las estaciones y las cosechas con el paso de los días). No podéis haceros una idea de la cantidad de kilogramos de naranjas, mandarinas, almendras, pimientos, alcachofas, sandías, calabazas, melones, melocotones, tomates, uvas, pepinos, higos…que he visto descomponerse en la tierra día tras día.






La culpa de todo esto la tenemos lamentablemente todos los consumidores. Tenía la suerte de poder hablar de estas cosas con mi vecino (agricultor de más de 60 años) para que él me explicara. Aquí se trabaja por cooperativas agrarias (la forma de asegurarte que te compren tu fruta). En el caso del melocotón o la naranja (porque es de lo que más hablábamos) mayoritariamente se exporta a Alemania y países similares. El kilogramo de esta fruta se pagaba baratísimo al agricultor. Antes de cosechar tenían que medir la cantidad de azúcar en el interior de la fruta y cuando estaba “en su punto” pedir permiso a la cooperativa para llevarlo (“coger turno”). La parte de la cosecha que estaba madura en ese turno es la que entraba en cooperativa. Las unidades que iban más adelantadas o tardías “a terra”. No compensaba volver en varios días para ir retirando progresivamente la fruta (más jornales) porque si no cumplías ese estándar no te lo compraban o asumías precios irrisorios. Evidentemente sólo valían aquellas unidades que tenían un diámetro específico y sin ninguna mota de imperfección en la cáscara. El resto “a terra” (por cierto, mi vecino se reía mucho cuando en pleno agosto le hacía espuma de melocotón con la Thermomix. Yo había congelado melocotón en trocitos y los descongelaba para estas recetas. También hacía mi mermelada).

Cuando vamos al supermercado compramos las naranjas más brillantes (les ponen cera ¡qué gasto de recurso más ilógico!), las de un tamaño medio (no la queremos grande ni pequeña), sin ningún tipo de imperfección,…pero es lo que demandamos los consumidores (las propiedades “viasuales” ante todo porque el reto de propiedades organolépticas nos dan igual). Queremos gastar tomates todo el año (cuando yo era niña sólo había tomates en los meses de verano. El resto del año el tomate era en conserva. Además ahora no queremos “encontrar tropezones” (lo que me cuesta ahora encontrar una sandía con pepitas) y alteramos las variedades agrarias generando auténticas aberraciones. Perdemos diversidad de semillas en el ámbito agrario (hay variedades de semillas de legumbres,…que se están perdiendo, se han hibridado, hay que hacer bancos de semilla,…)

Además, cada vez  tenemos más problemas de salud: cáncer, colesterol, hipertensión…¿Qué está pasando?

Lamentablemente, perdí  a mi suegra hace 15 días por un cáncer. Tras el difícil año que hemos vivido en la familia, estuve leyendo algunos libros sobre alimentación anticáncer. Lo que me sorprendió de estos libros fue pararme a reflexionar sobre la alimentación que actualmente ingerimos. En mi casa no consumo muchas de las cosas que de niña sí comía. Dejamos de lado las verduras de temporada y nos pasamos a lo que queremos todo el año. Precisamente en estos libros se hablaba de que la verdura tiene su máximo de vitaminas en su momento justo, por las condiciones climáticas adecuadas que ha recibido (no por estar bajo un plástico). Entonces ¿estamos aportando a nuestro cuerpo las vitaminas y elementos que realmente son beneficiosos para nuestro cuerpo? Comemos, sí pero ¿lo que comemos es lo que requerimos? Hemos dejado de consumir coliflor, lombarda, repollo, remolacha en los meses de invierno para seguir consumiendo las verduras de verano: calabacín, tomate, pimiento,…Mi madre es amante de recolectar de todo en el campo así que de niña me tocaba comer verduras silvestres (bastante amargas, por cierto). Así, en mi casa tomábamos verdolaga con el ajoblanco, achicorias, espárragos trigueros y otro sin fin de nombres raros que mi madre decía (por su puesto en su jerga extremeña ¿a que nunca habéis oído hablar de azufaifas?). Y no hablemos del pescado…en nuestro tiempo se comía calamar, no pota y nada de fletán o panga.

En Japón la población, desde que está occidentalizando su dieta está aumentando de peso.

No he hablado de pesticidas y fertilizantes y sus consecuencias al medio (y a la salud): empobrecimiento de las cualidades del suelo, agotamiento de minerales, contaminación del propio suelo y del resto de elementos del medio natural (ríos, aguas subterráneas, especies,…). Si pretendemos que una zanahoria esté lista en la mitad de tiempo (o menos) de lo que requiere realmente en tierra, echamos más fertilizantes y esa zanahoria en poco tiempo se adueña de los nutrientes que requiere. Pero es que además volvemos a plantar zanahorias en el mismo sitio, que requiere otra vez los mismos nutrientes y cada vez empobrecemos más al suelo en esos minerales concretos y por tanto tenemos que añadir fertilizantes. Como además hay carencias (de agua, de nutrientes,…) aparecen plagas y “bichitos indeseados” y con ello por supuesto echamos mano de los pesticidas. Se convierte en la pescadilla que se muerde la cola.

Tampoco me olvido del sinsentido de los cultivos actuales. Antiguamente casi ningún cultivo era de regadío, ahora prácticamente todos.
Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA
Se puede entender que estamos ante una situación de cambio climático y que a lo mejor necesitamos agua para cultivar pero ¿por qué no reflexionamos sobre qué cultivos podemos plantar con el menor número de aporte de recursos en un área? Unos ejemplos: el tomate, siendo un producto tan carnoso, entenderéis que requiere agua ¿no? Pues mirad estos datos y fijaros en Andalucía y Extremadura:

Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA

Así que, si como asegura El País en su artículo hay que dejar de comer fruta y verdura ecológica, que me digan cómo pretenden garantizar la estabilidad de los ecosistemas naturales y qué efectos se producirán en la salud de la población si continuamos este despropósito de dejar perder las cosechas en el suelo y seguir aplicando químicos a la tierra para aumentar “la productividad”(en cantidad, que no en calidad) de las cosechas.

En conclusión, tal vez deberíamos plantearnos campañas de sensibilización al consumidor para que dejemos de comprar “la fruta perfecta” según los cánones que nos han marcado, informar acerca de la mejor época para adquirir los productos, etc. Tal vez deberíamos pararnos a reflexionar sobre lo que comemos.

Por cierto, que ya que hablamos de recursos, me pone mala la moda de todo embandejado y me voy a la frutería para comprar al peso, de modo que todo me lo pongan en la misma bolsa (patatas, cebollas, fruta…).

Y con todo esto, espero haber hecho reflexionar a más de uno. Sé que este artículo tendrá muchos detractores pero también mucha gente que opina como yo. He pretendido exponer argumentos que yo misma he visto con mis ojos, tratando en todo momento de respetar la opinión de todos.


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El Informe PISA y el Medio Ambiente

OLYMPUS DIGITAL CAMERAPues hace mucho del último post, pero hace un rato el hagstag #PISA en Twitter con 55,2K tweets en ese momento, me ha llamado poderosamente la atención, hasta el punto de empezar a indagar con la siguiente pregunta como objetivo: ¿Evalúa el informe PISA la Educación Medio Ambiental en alguna de las competencias que contempla?

Pues resulta que sí; por lo que procedo a realizar un boceto rápido y os dejo referencias para que podáis profundizar aquellos que lo deséis y sacar conclusiones del informe en un tema tan trascendental como es la Educación Ambiental.

El informe evalúa tres competencias: lectura, matemáticas y ciencias.

Las pruebas del informe se realizan cada tres años; se realizó una primera fase en los años 2000 (lectura), 2003 (matemáticas) y 2006 (ciencias). Ha desarrollado una segunda fase en los años 2009 (lectura), 2012 (matemáticas) y 2015 (ciencias).

Nos centraremos en la competencia científica que evalúa tres subcompetencias:

    • Identificar asuntos o temas científicos

    • Explicar científicamente los fenómenos

    • Interpretar los datos y la evidencia científica

La evaluación se realiza teniendo en cuenta cuatro aspectos interrelacionados: contexto, conocimiento, competencias y actitudes.

Para ello se centra en la resolución de problemas con contenidos de Física, Química, Ciencias Biológicas, Ciencias de la tierra y el espacio.

Respecto a la aplicación práctica de éstas competencias científicas, contempla cinco áreas a trabajar en los contextos de lo personal, local / nacional y global:

    • Vida y salud

    • Recursos Naturales

    • Calidad del medio ambiente

    • Amenazas

    • Fronteras de la ciencia y la tecnología

El informe señala también que uno de los objetivos del mismo, es el desarrollo de actitudes, de modo que en la parte correspondiente a la competencia científica incluye preguntas concretas sobre la actitud de los alumnos hacia:

    • El interés en la ciencia y en la tecnología

    • La valoración de los enfoques científicos en la investigación

    • Percepción y toma de conciencia sobre aspectos medio ambientales

Os animo a leer con tranquilidad el texto del Marco Teórico PISA 2015 sobre la evaluación de las competencias en ciencias:

http://www.oecd.org/pisa/pisaproducts/Draft%20PISA%202015%20Science%20Framework%20.pdf

En el mismo se menciona la palabra medio ambiente nada menos que en 36 ocasiones, lo cual no es de extrañar comprobando que en la bibliografía el término Educación Ambiental aparece en cuatro referencias.

Podéis ampliar la información de los contenidos que he mencionado también en:

http://educalab.es/inee/evaluaciones-internacionales/pisa/pisa-2015

http://www.oecd.org/pisa/

Dejando a un lado las controversias que suscita este informe, espero haber despertado el interés hacia el mismo respecto a las cuestiones medio ambientales que evalúa.

Cuando termino de escribir, #PISA figura en primer lugar con 126K tweets.


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Papel para reciclar, datos personales y colegios

papel datos colegios

El papel de los colegios es importante: los centros educativos inciden decisivamente sobre la formación y concienciación de sus alumnos en cualquier aspecto de la vida, en particular sobre cuestiones ambientales. Y, por su actividad, generan grandes cantidades de papel y cartón. La combinación estos dos factores puede ser clave para conseguir alumnos responsables con su impacto en el entorno, o resultar en un nefasto indicador de falta de control y mala gestión.

El programa “En el punto de mira” puso el foco en el problema de la recogida informal de papel y cartón en ciudades como Madrid. En poco más de 30 minutos toco varios elementos sensibles en relación a la gestión de un residuo, en particular las implicaciones sociales y económicas del saqueo que sufren los contenedores de la capital. Lo que más me gustó del reportaje es que ilustra claramente que el problema de los residuos no es exclusivamente ambiental, abordando tres cuestiones importantes:

  • el reciclaje del papel,
  • el cuidado de los datos personales,
  • la economía sumergida.

En concreto muestra como la falta de conciencia sobre el valor de lo que tiramos alegremente que nos puede poner en más de un aprieto. En este caso a tres colegios de la Comunidad de Madrid que aparecen retratados como bastante poco cuidadosos en lo que se refiere a la custodia de información sensible sobre sus alumnos.

Se puede ver que todo tipo de información confidencial (listados, fotografías, direcciones, teléfonos, datos médicos…) de alumnos de varios centros escolares acaba siendo transportada ilegalmente, camino de la Cañada Real, por un cartonero que, entre otras cosas, da positivo al consumo de varias sustancias estupefacientes.

Por mucho que parezca una cuestión reservada a las personas con una alta conciencia ambiental y se nos muestre como algo accesorio, los residuos que genera una actividad son uno de los indicadores más claros de su estado de salud. Sólo las organizaciones bien gestionadas pueden ser sostenibles. Y es que la gestión ambiental es algo más que gestos bonitos para hacerse propaganda: tenemos que enfocarla a cuestiones más prácticas y inmediatas que una falsa pretensión de salvar el planeta.

¿Qué podrían hacer los colegios con sus datos en papel?

Está muy bien que los centros escolares se preocupen del reciclaje. Debería ser algo que estuviese en los programas educativos, pero también en la práctica cotidiana de nuestras escuelas. Un paso importante es poner esas cajas de cartón a disposición de todos, contenedores en el patio, o lo que buenamente pueda cada uno para recoger el papel y cartón de manera separada del resto de los residuos: ayuda a ahorrar energía, reducir el consumo de materias primas…

Pero no basta el gesto, hay que preguntarse cosas ¿de dónde viene ese papel? ¿por qué lo recogemos? ¿dónde terminará? ¿hasta dónde llega mi responsabilidad? El director no puede estar revisando qué tira cada alumno, cada profesor, cada administrativo o cada progenitor en todas y cada una de las papeleras del centro. Pero sí tiene que conseguir que cada uno sea consciente de que el papel que va a tirar ha sido, y sigue siendo, soporte de información. Y que hay determinada información, mucha en el caso de un centro de formación, que está acogida a legislación sobre protección de datos de carácter personal. Quizá hemos hecho un importante esfuerzo administrativo en la parte digital, registrando bases de datos y creando sistemas de permisos para acceder a la información contenida en las aplicaciones informáticas, pero ¿hemos concienciado a cada usuario sobre sus responsabilidades?

tidyman

En la mayoría de las organizaciones se dan por supuestas muchas cosas que deberían estar recogidas en un manual de puesto de trabajo y ser explicadas en un proceso de acogida de nuevos trabajadores. En un centro escolar en el que se suelta al profesor con los alumnos a su suerte, especialmente si es un funcionario al que después de superar una oposición se le suponen muchas cosas, la situación se agrava: ¿hay alguna asignatura obligatoria en magisterio o en el temario de la oposición relacionado con protección de datos de carácter personal?

Después de volver locos a los padres o tutores legales firmando consentimientos sobre el posible uso de los datos recopilados a lo largo de la vida académica de sus hijos, qué menos que disponer de una destructora de documentos e informar sistemáticamente que todos los papeles que se utilicen en el centro tienen que pasar por ella antes de salir a la calle (me consta que es algo que existe y se utiliza en muchos centros escolares, todo sea dicho de paso).

Supongo que algunos papeles, como exámenes y similar, deberán pasar un tiempo almacenados a la espera de que acaben plazos de reclamaciones y demás. Pero después, antes de ir a la caja de cartón, al contenedor del patio, al camión de recogida municipal o a la furgoneta del yonqui que vende papel al peso, todo debería pasar por las cuchillas que convierten expedientes académicos en finas tiras del mismo tamaño. Listas para empaparlas en engrudo y hacer manualidades si es preciso. ¿Garantizan las destructoras de papel la confidencialidad? Pues igual no, pero quien quisiera juntar la foto, dirección, teléfono, resultados académicos y calendario de vacunas de los alumnos se lo tendría que currar un poco.

Algo similar habría que prever para los medios digitales… gracias al método Bárcenas estamos más sensibilizados con la destrucción de la información en este tipo de soportes. En cualquier caso, vistos casos como el de Dropbox o el de Yahoo, “la nube” está para que quien quiera pueda servirse gratis.

La gestión de residuos en actividades que implican el uso de datos de carácter personal tiene una complejidad añadida, por eso es necesario que todas las partes implicadas sean conscientes de los riesgos y participen activamente en la correcta gestión de datos, soportes y sus residuos. Con menores de por medio la cosa es todavía más delicada.

diskettesAsí pues, asumamos lo que nos traemos entre manos, completemos los formalismos administrativos con procedimientos prácticos y aplicables que ayuden a cumplir las obligaciones derivadas del uso de datos de carácter personal y, sobre todo, asegurémonos de que todo el papel del centro acaba donde tiene que hacerlo: en la trituradora. Es la mejor forma de que no se escape una lista, un examen o un cuaderno en el que alguien anotó sus impresiones, más o menos políticamente correctas, de cada reunión con padres y madres.

Podría haberla tomado con los de recursos humanos, que también nos han dejado ejemplos gloriosos, o con los consultores de gestión ambiental, pero el reportaje que inspira estas palabras sacó a relucir las miserias de unos colegios, ustedes me disculpen.

Lo trituramos y después ¿qué?

Lo primero que habría que hacer es dimensionar el problema. ¿Cuánto papel se tira en el centro al cabo de un curso escolar? Si la tonelada de papel y cartón para reciclar va a 100 euros, podemos hacernos una idea del tesoro o la ruina que tenemos entre manos. ¿Supondría una fuente de ingresos para esos centros que no tienen para pagar la calefacción? ¿Nos puede servir para dotar a estudiantes sin recursos con el material mínimo? El reciclaje bien llevado debe ilustrar la parte social y económica de la sostenibilidad.

Quizá una opción, si el centro tiene espacio para guardar cantidades importantes, sea ponerse en contacto con un gestor que esté dispuesto a recoger el papel pagando por él o, al menos, sin coste -quizá cuando venga a por otros residuos (productos de laboratorio, fluorescentes, cartuchos de impresión,…) por los que tal vez ya se esté pagando una retirada periódica-.

Consultar al Ayuntamiento si puede depositarse el papel en los contenedores municipales es otra opción, posiblemente contemplada en las propias ordenanzas sobre gestión de residuos. Cabe decir que una vez depositado en el contenedor el papel es propiedad y responsabilidad de la autoridad municipal, si nos encargamos de que los datos que había en el soporte no sean recuperables,… fin de la historia.

En último caso tocaría pagar las recogidas por parte de un gestor que se encargue de dar una salida correcta al residuos. La legislación es clara al respecto: establece que quien produce los residuos tiene que pagar los costes de su gestión… y si no conseguimos presentar el papel de una forma en la que alguien esté dispuesto a pagar por él… nos toca contratar a alguien que se lo lleve. En 100 euros la tonelada no es fácil cubrir el coste del desplazamiento, pero tampoco imposible: quizá se puedan organizar rutas con otros centros y negocios cercanos que garanticen la cantidad que rentabilice el combustible.

Alternativamente tendríamos que prevenir la generación, con limitaciones claras al uso de papel como soporte y alternativas como ordenadores en las aulas o tabletas ecológicas para que el personal docente y de administración gestione la información del día a día.

Y, para aquel papel que no podamos evitar generar, plantear opciones de valorización en el propio centro. Complementar las clases de tecnología con manualidades a partir de las tiras que salen de la destructora de papel: recuperar las fibras de celulosa para darles forma de castillos, células… y otros proyectos que podrían juntar creatividad y contendidos quizá atrayendo la atención de los alumnos y familiarizándoles con los recursos materiales y las opciones de recuperación de los residuos más allá de su depósito en el contenedor.

planta de reciclaje

Economía sumergida

El drama social que vivimos en España también queda reflejado en el reportaje. De algún modo, se retrata a las personas que viven en la calle empujando un carrito en el que van recogiendo todo aquello por lo que creen que sacarán unas monedas con las que mantenerse.

Las empresas que dejan sus residuos en manos de cartoneros informales tienen un grave problema de gestión (no sólo en lo ambiental). Tanto el papel como los dispositivos electrónicos cuando dejan de sernos útiles se convierten en residuos. Y hay que gestionarlos de la manera más sostenible posible: con el menor coste ambiental, económico y social. No vale entregarlo alegremente al primero que pase por nuestra puerta: la responsabilidad del productor sólo termina cuando entrega el residuo, en las condiciones establecidas en la normativa, a alguien que pueda garantizar que se siguen cumpliendo las obligaciones en el resto de la cadena de gestión del residuo. La recogida informal, por barata que se nos antoje, ocasiona al conjunto de la sociedad los costes propios de cualquier forma de economía sumergida.

¿Qué pasa si el indigente que los vende al peso se le ocurriese tomase la molestia de organizar su mercancía y comerciar los datos que tiramos alegremente a la basura? ¿Qué pasaría si a alguien le diese por hacer prácticas de informática forense con los equipos que abandonamos al lado del contenedor de basura?

Desgraciadamente estamos en España y no es la primera ni la última vez que vemos en televisión algo así sin inmutarnos, pero en otro lugar del mundo esto sería un escándalo de primer orden y, posiblemente, se pondrían medidas para que no volviese a ocurrir.

Aquí la inspección y vigilancia (protección de datos, laboral, fiscal, ambiental…) podrían hacer mucho por mejorar las condiciones de vida de esas personas que están en la calle sacando el papel de los contenedores, recogiendo metales de las papeleras… para malvivir. Personas que podrían estar integradas como trabajadores en un sector de actividad clave en nuestro modelo de consumo de usar y tirar. Pero cada parte implicada prefiere mirar a otro lado. ¿Qué tal si empezamos a explorar los espacios comunes?

Por otro lado, sólo haría falta que cada empresa se ocupase de presentar sus residuos de forma que pudiesen transformarse en un recurso valioso. De poner a disposición de empleados, clientes… los medios para que ese recurso no se pierda. Quizá todo empieza en el colegio: formando personas conscientes del valor de la información, la importancia de los soportes en los que guardamos nuestros datos y la sostenibilidad. No entendida como un capricho ecologista trasnochado, si no como la clave para conseguir un desarrollo económica, social y ambientalmente posibles a medio y largo plazo.

El papel de los colegios es importante. No solo por su valor de reciclaje o por los datos que contienen. La actitud hacia problemas ambientales y sociales o la forma en la que se responde a cuestiones económicas puede resultar motivadora para el profesorado e inspiradora para los alumnos. El futuro, el modelo de desarrollo que dejaremos a la siguiente generación, depende de que los coles enseñen a nuestras niñas y niños a dar soluciones sostenibles a los desafíos del día a día.



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