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Acabo de leer ¡Cállate Alexa!

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

A día de hoy nadie ignora las consecuencias de comprar en Amazon: empleo precario, emisiones de gases de efecto invernadero, envases y sobre embalajes, concentración de recursos y poder, evasión de impuestos… pero seguimos haciéndolo. Johannes Bröckers se plantea en “¡Cállate Alexa!” si nos hemos vuelto tan vagos que, a pesar de que el 70% de la ciudadanía de la Unión Europea muestra preocupación...

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El Green New Deal Global de Jeremy Rifkin

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Descubrí a Jeremy Rifkin entre artículos del blog de Julen y entrevistas como la que se publicó en aquella revista trimestral de la Fundación Félix Rodríguez de la Fuente “Agenda Viva”. Aquella visión de la capacidad de las energías renovables e Internet para revolucionar nuestra forma de vida me tenía fascinado. “Cuando confluyen las revoluciones en el ámbito de las comunicaciones y de la energía...

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Libros para una vida sin residuos

La creciente preocupación por el impacto de los residuos, lejos de ser una moda pasajera, ha venido para quedarse. El exceso de envases, la contaminación por plásticos, los productos de usar y tirar… necesitamos dar una vuelta a nuestro modelo de consumo y hacerlo más sostenible, empezando por el principio para conseguir reducir la basura que generamos al final. En los últimos años son varios los autores que nos han dejado su experiencia para una compra con menos plástico o una vida sin residuos. En esta entrada recogemos algunas recomendaciones para que tu camino al zero waste sea más llevadero.

Residuo cero: comienza a restar desde casa: el libro de Yve Ramírez, autora del blog La Ecocosmopolita nos invita a superar el devastador «usar y tirar» y a modificar las reglas del juego a través de pequeñas decisiones que nos ayudan a restar residuos y sumar en sostenibilidad. Residuo Cero es un libro escrito desde la vida real, cotidiana y doméstica, tomando en cuenta las diferentes realidades personales de nuestro agitado ritmo vital. Parte de la convicción de que un cambio de actitud y estilo de vida, reflejado en gestos sencillos día a día, puede hacer posibles los grandes cambios.

Vivir sin plástico: Consejos, experiencias e ideas para darle un respiro al planeta: escrito por Patricia y Fernado repasa la historia del plástico y el peligro que su consumo desmesurado supone para el medioambiente. Además, los autores te explicarán, desde su propia experiencia y con mucho humor, maneras muy creativas de evitarlo.

Residuo Cero en casa: Guía doméstica para simplificar nuestra vida. El clásico de Bea Johnson, pionera del movimiento Zero Waste, sigue siendo una referencia imprescindible para quienes quieren conocer una forma de vida más sostenible, con menos residuos y más sencilla.

Mejor sin plástico: Guía para llevar una vida sostenible. Es la propuesta en la que Yurena González desmonta mitos y demuestra que, contrario a lo que se piensa, vivir de manera sostenible no significa dedicar nuestros recursos a intentar salvar el planeta. De hecho, nos permite desapegarnos de las cosas superfluas y simplificar nuestra vida, con el fin de tener más tiempo y dinero para disfrutar de todo aquello que de verdad importa.

La solución residuo cero. Limpiando el planeta de basura comunidad a comunidad. En este libro Paul Connett muestra a activistas, urbanistas y emprendedores cómo reimaginar la gestión de residuos de sus comunidades de forma que en esta se dé un menor consumo, la materia orgánica se transforma en compost, otros materiales de desecho se reciclen o reutilicen, y se exija un diseño de productos que no derroche recursos. También desenmascara el intento de lavado de cara que suponen los renovados esfuerzos por promover las incineradoras como abastecedoras de energías seguras y no contaminantes y explica cómo podemos combatirlo.

Stop basura: La verdad sobre reciclar. En su propuesta Alex Pascual nos introduce en el campo de los residuos y el reciclaje de manera clara y amena. Trata de la basura o los residuos, como quieras llamarlos, pero en él también encontrarás un secuestro, un destructor, éxitos, despilfarros, el mayor vertedero del mundo, la primera incineradora, cuestiones sobre dinero y empleo o acertijos: ¿cuántas veces se puede llenar el Camp Nou con la basura de un año? ¿Cuántos árboles evitamos talar si reciclamos el papel? ¿Cuál es el mejor residuo del mundo? Contenidos multimedia, artículos o vídeos conforman un libro didáctico de lectura, sin duda, entretenida.

Simplemente Consciente: Una guía Zero Waste para salvar el mundo. En su libro Ally Vispo explica cómo reducir tus residuos al máximo y a implementar nuevos hábitos más respetuosos con el medioambiente.

Tu consumo puede cambiar el mundo: El poder de tus elecciones responsables, conscientes y críticas, de Brenda Chávez profundiza en la idea de que con cada acto de consumo emitimos un voto de confianza, apoyamos una forma de producción y activamos una cadena de abastecimiento con la que beneficiamos a empresas que tal vez estén contribuyendo al abuso social, medioambiental, económico, laboral, cultural o político.

Si lo que quieres es avanzar un paso más o vienes buscando un enfoque más profesional Reciclaje de residuos industriales es un manual técnico (no apto para todos los públicos) enfocado a quienes quieren aprender sobre los procesos que permiten la gestión de los residuos, tanto los que se generan en la fabricación de productos como de lodos de depuración de aguas y tratamiento de residuos urbanos.

Esta entrada contiene enlaces de afiliado a Amazon, si compras alguna de las referencias citadas en esa plataforma utilizando esos enlaces ayudas al mantenimiento de este blog. Amazon ofrece algunos de los títulos reseñados para lectura gratuita dentro de su programa de préstamo de ebooks Kindle Unlimited.

Entonces ¿dónde se tiran las neveras y las lavadoras?

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Estos días hemos aprendido que las neveras no se tiran al monte. Si lo haces, presumes de ello y te pillan la broma te puede salir cara. Más todavía si trabajas en una empresa de gestión de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos que lleva 10 años haciendo las cosas mal.

Frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, televisores, ordenadores… son aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) que, con su uso, acaban convirtiéndose en residuos (RAEE). Todos ellos sospechosos de obsolescencia programada y, en ocasiones, obsolescencia percibida. Todos ellos con sustancias peligrosas que hay que gestionar adecuadamente y materiales que se pueden recuperar y reciclar para convertirlos en materias primas.

¿Qué tengo que hacer con un electrodoméstico viejo cuando deja de resultarme útil? La legislación establece varias posibilidades. En el caso de que lo estemos sustituyendo por uno nuevo debemos entregar el aparato viejo a quien nos vende el nuevo, tanto en el comercio tradicional -con establecimientos físicos- como en la venta a distancia.

Adicionalmente, «los distribuidores con una zona destinada a la venta de AEE con un mínimo de 400 m², deberán prever la recogida en sus puntos de venta de carácter minorista, o en su proximidad inmediata, de RAEE muy pequeños, de modo gratuito para los usuarios finales, y sin obligación de compra de un AEE de tipo equivalente«. Es decir, en teoría, los establecimientos con una superficie de venta de electrodomésticos de más de 400 metros cuadrados deberían recoger, sin necesidad de que realicemos compra, los aparatos que no tienen ninguna dimensión exterior superior a los veinticinco centímetros.

Si no estás cambiando un aparato por otro nuevo, o tus chatarras electrónicas superan por algún lado los 25 cm, estás en situación de llevar los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos a uno de los puntos de recogida municipal de los previstos en el Real Decreto 110/2015, de 20 de febrero, sobre residuos de aparatos eléctricos y electrónicos.

¿A quién entregamos los electrodomésticos usados?

La normativa establece que los usuarios, cuando sea posible, destinarán los aparatos usados a un segundo uso mediante su entrega a

  • entidades sociales sin ánimo de lucro que puedan dar un segundo uso a los aparatos,
  • los establecimientos dedicados al mercado de segunda mano,
  • a través de otras vías de entrega para su reutilización y alargamiento de la vida útil de los productos.

Si el aparato resulta inutilizable, por falta de componentes esenciales o por daños estructurales difícilmente reparables, entre otras causas, los usuarios de AEE deben entregarlos como RAEE.

¿Hasta dónde eres responsable de tus RAEE?

Según la legislación vigente, los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos -como cualquier otro residuo- tienen siempre un responsable del cumplimiento de las obligaciones que derivan de su producción y gestión.

En este caso, el usuario del aparato usado puede destinarlo a su reutilización o desecharlo como residuo, adquiriendo la consideración de productor del RAEE. Su responsabilidad concluye con la entrega del RAEE en las instalaciones o puntos de recogida de las Entidades Locales, de los distribuidores, de los gestores de residuos o con su entrega en las redes de recogida de los productores de AEE. La normativa contempla que el usuario puede exigir acreditación documental de la entrega.

Por su parte, los costes de la recogida separada, el transporte y el tratamiento respetuoso con el medio ambiente de los RAEE es responsabilidad de quienes los ponen en el mercado.

El reciclaje de los residuos ocurre en distintos tipos de instalaciones, a las que tienen que llegar los electrodomésticos en condiciones adecuadas para que se les retiren componentes peligrosos, se separen piezas reutilizables o se recuperen materiales que puedan volver a convertirse en materias primas. Entregarlos correctamente es sólo un primer paso.

En cualquier caso, los RAEE no pueden ser abandonados en la vía pública o entregados a operadores o gestores no registrados. La legislación contempla sanciones para este tipo de conductas que dificultan la correcta gestión de los residuos.

Pero ¿qué son los aparatos eléctricos y electrónicos?

Las cuestiones anteriores se aplican a aparatos eléctricos y electrónicos (AEE), cuya definición es: todos los aparatos que para funcionar debidamente necesitan corriente eléctrica o campos electromagnéticos, y los aparatos necesarios para generar, transmitir y medir tales corrientes y campos, que están destinados a utilizarse con una tensión nominal no superior a 1.000 voltios en corriente alterna y 1.500 voltios en corriente continua. A modo de ejemplo, se dividen en las siguientes categorías:

  • Aparatos de intercambio de temperatura: frigoríficos, congeladores, aparatos que suministran automáticamente productos fríos, aparatos de aire acondicionado, equipos de deshumidificación, bombas de calor, radiadores de aceite y otros aparatos de intercambio de temperatura que utilicen otros fluidos que no sean el agua.
  • Monitores, pantallas, y aparatos con pantallas de superficie superior a los 100 cm2: pantallas, televisores, marcos digitales para fotos con tecnología LCD, monitores, ordenadores portátiles, incluidos los de tipo «notebook».
  • Lámparas: lámparas fluorescentes rectas, lámparas fluorescentes compactas, lámparas fluorescentes, lámparas de descarga de alta intensidad, incluidas las lámparas de sodio de presión y las lámparas de haluros metálicos, lámparas de sodio de baja presión y lámparas LED.
  • Grandes aparatos (con una dimensión exterior superior a 50 cm): lavadoras, secadoras, lavavajillas, cocinas, cocinas y hornos eléctricos, hornillos eléctricos, placas de calor eléctricas, luminarias; aparatos de reproducción de sonido o imagen, equipos de música (excepto los órganos de tubo instalados en iglesias), máquinas de hacer punto y tejer, grandes ordenadores, grandes impresoras, copiadoras, grandes máquinas tragaperras, productos sanitarios de grandes dimensiones, grandes instrumentos de vigilancia y control, grandes aparatos que suministran productos y dinero automáticamente.
  • Pequeños aparatos (sin ninguna dimensión exterior superior a 50 cm): aspiradoras, limpiamoquetas, máquinas de coser, luminarias, hornos microondas, aparatos de ventilación, planchas, tostadoras, cuchillos eléctricos, hervidores eléctricos, relojes, maquinillas de afeitar eléctricas, básculas, aparatos para el cuidado del pelo y el cuerpo, calculadoras, aparatos de radio, videocámaras, aparatos de grabación de vídeo, cadenas de alta fidelidad, instrumentos musicales, aparatos de reproducción de sonido o imagen, juguetes eléctricos y electrónicos, artículos deportivos, ordenadores para practicar ciclismo, submarinismo, carreras, remo, etc., detectores de humo, reguladores de calefacción, termostatos, pequeñas herramientas eléctricas y electrónicas, pequeños productos sanitarios, pequeños instrumentos de vigilancia y control, pequeños aparatos que suministran productos automáticamente, pequeños aparatos con paneles fotovoltaicos integrados.
  • Aparatos de informática y de telecomunicaciones pequeños (sin ninguna dimensión exterior superior a los 50 cm): teléfonos móviles, GPS, calculadoras de bolsillo, ordenadores personales, impresoras, teléfonos.
  • Paneles fotovoltaicos grandes

Espero que esta entrada te aclare algo sobre el destino que deberías dar a los residuos electrónicos que generas en tu día a día. El reto es que la aplicación de la normativa incentive la fabricación de quipos más duraderos y reparables, así como que se reutilicen aparatos y componentes.

Para hacerlo posible es necesaria la participación de todos los agentes involucrados, desde los consumidores responsables y conscientes del marco legal aplicable a la producción y gestión de residuos, a fabricantes y distribuidores que, en este caso, juegan un papel clave para la recogida y adecuado tratamiento de los residuos.

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Boicot al plástico

Publicado en: La Hipótesis Gaia por isa. Texto original

Seguro que a estas alturas ya has oido hablar de esta campaña, pero si no es el caso te voy a resumir en qué consiste y cómo  puedes participar dependiendo de tu situación.

¿En qué consiste Boicot al plástico?

Tal y como cuenta el título, te puedes hacer una idea de por dónde van los tiros, pero concretemos: esta campaña, de Zero Waste España, se centra en evitar cualquier tipo de plástico que envuelva productos. Y lo hace, precisamente, en la semana en la que nos encontramos, es decir, del 3 al 9 de junio. Por lo tanto, al ser tan pocos días, incluso las personas a las que les cuesta más evitar el plástico pueden participar.


Puedes colaborar en el #BoicotAlPlástico sea cual sea tu situación.
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Si te parece imposible no comprar alimentos en plástico

Si eres de los que crees que comprar alimentos sin plástico es imposible, te diré que imposible no, pero sí que puede ser complicado. Una de las razones es que las grandes superficies, donde suele comprar mucha gente, no tienen alternativas sin plástico. Puede que algo tan simple como vender la fruta o legumbres a granel cambiase las cosas. Sería solo un pequeño paso en todo el mar de plástico que hay en los supermercados, pero sería una forma de acercar un tipo de consumo sostenible a muchos consumidores.

Si estás en esta situación, esta es tu oportunidad para lanzarte al reto. Prueba a ver cómo puedes cambiar tu forma de consumir. Algunas buenas ideas pueden ser:

  • Buscar tiendas a granel cerca de tu casa.
  • Hacerte con bolsas que puedas reutilizar, deja las bolsas de plástico en el supermercado.
  • También puede ser una buena idea buscar bolsas para comprar a granel distintos productos. (También puede que necesites algún bote).
  • Analiza qué productos has dejado de comprar. ¿Puedes prescindir de ellos? ¿Puedes hacerlos en casa? ¿Son sanos? Puede que incluso sea mejor vivir sin ellos.

Y si ya no compro en plástico

Si ya no compras en plástico, lo primero, enhorabuena. Pero también puedes participar, a través de las redes sociales usa la etiqueta #BoicotAlPlástico para compartir tus consejos sobre cómo comprar productos de alimentación sin plástico. De esta manera estarás usando tu experiencia para ayudar a otras personas.

Imagen: Zero Waste España

Qué se puede lograr

Una semana puede dar para mucho. Este tipo de retos o boicots puede hacer que muchas personas reflexionen sobre su consumo.

Por otra parte, puede ser un buen momento para mostrar a los supermercados que los consumidores están cambiando, que sus valores a la hora de elegir productos son diferentes y que el factor de la sostenibilidad es importante a la hora de tomar la decisión sobre qué producto elegir.

¿Te animas a participar? Seguro que de alguna manera puedes ayudar a ir eliminando de manera progresiva los plásticos de un solo uso.

 

La entrada Boicot al plástico aparece primero en La Hipótesis Gaia.

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Envases y modelo de desarrollo.

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Envases y modelo de desarrollo

Una de las claves para avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marcan la agenda hasta 2030 está en nuestro modelo de consumo. Y uno de los elementos que más condicionan el modelo de consumo es el envase. En su triple función de preservar los productos que contiene en su interior, facilitar el transporte y la manipulación de mercancías y ser el reclamo que capta la atención del consumidor.

Con independencia de los materiales que se utilicen en su fabricación, hay un aspecto fundamental que define si un envase es sostenible o no: la posibilidad de ser reutilizado. No es solo el evidente impacto ambiental que generan los envases de usar y tirar, son también los impactos sociales y económicos. Las consecuencias de un modelo de producción y consumo pensado para la reutilización de envases o no. La diferencia entre economía circular y economía lineal.

Los envases de usar y tirar están pensados para ser fabricados en un punto, a ser posible próximo al lugar de llenado, cumplir su función en una cadena de distribución, y ser descartados en un destino donde deben ser suficientemente atractivos como para cumplir el objetivo de ventas. Cerrar el ciclo, recuperar los envases tirados a la basura y convertirlos en materia prima, es costoso. Tanto que a escala global, por ejemplo, la cantidad de envases de plástico nuevos que proviene de envases de plástico reciclado es muy escasa.

Resulta esperanzador que las grandes corporaciones anuncien medidas al respecto. Que se propongan mejorar el diseño de los envases, aumentar la cantidad de material reciclado que emplean… pero siguen ancladas a un modelo insostenible que cada vez consume más materias primas y genera más residuos.

Y es normal, las grandes corporaciones globales existen gracias al envase de usar y tirar. Con ellos han ido barriendo del mapa pequeñas y medianas empresas locales, en muchos casos familiares, que resolvían las necesidades de sus vecinos de una forma más sostenible. El ejemplo más evidente es el de las multinacionales de refrescos. Antes de la incorporación y uso masivo de envases de usar y tirar había pequeñas envasadoras con productos propios que daban lugar a una curiosa variedad regional de refrescos. Hoy esa diversidad ha desaparecido, primero absorbida y finalmente eliminada por las grandes corporaciones.

El proceso es sencillo. En primer lugar, el envase de usar y tirar traslada al conjunto de la sociedad el coste de la devolución y retorno de envases. Si en tu pequeña embotelladora sigues empleando envases retornables de vidrio tienes unos costes de producción, en términos monetarios, mayores que quien utiliza un envase que no tiene que recuperar ni lavar. Qué también es más ligero y ocupa menos espacio, lo que también reduce el coste de transporte. Al problema de los residuos, que podemos resolver legislando la responsabilidad de quien pone en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos, se unen otros que van desde el cierre de pequeños comercios en favor de grandes superficies comerciales a la deslocalización de la producción industrial.

Una cadena corta de producción y distribución, dentro de una misma ciudad o en el radio de hasta poco más de cien kilómetros, permite utilizar y rentabilizar envases reutilizables. Pero cuando los envases recorren centenares o miles de kilómetros, el coste del retorno es importante. Más aún si el producto viene de un lugar donde la mano de obra y las materias primas son especialmente baratas. El precio de mercado, el que el consumidor final está dispuesto a pagar, no es muy diferente, pero sí el margen de beneficio y la distribución de costes.

Quizá, en un blog en el que se habla mucho de residuos, el más evidente es el de la basura: si utilizo envases reutilizables incorporo en mi modelo de negocio la gestión de los envases vacíos, pero si elijo la opción de usar y tirar traslado costes al conjunto de la sociedad a través de sistemas de recogida de contenedores de colores, plantas de clasificación de envases, vertederos… Lo que me ahorro en recuperar y lavar botellas lo puedo emplear en campañas de imagen corporativa.

Quizá con unas buenas políticas de responsabilidad ampliada del productor, potentes inversiones en instalaciones de reciclaje y mucha educación ambiental consigamos reducir ese coste del envase de usar y tirar. conviene recordar que en un modelo de envases reutilizables pasaría de ser un problema de todos a ser un problema de quienes envasan productos.

Pero la sostenibilidad es algo más que los residuos. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. ¿Necesitamos tener melón o fresas a nuestra disposición los 365 días del año? Seguramente no. Al menos no para estar bien nutridos.

El ejemplo de las frutas y verduras es importante. Durante la mayor parte del tiempo que va desde el inicio del neolítico (esa época en la que nuestra especie dejó una forma de vida nómada de sociedades recolectoras – cazadoras y pasó a asentarse en núcleos estables cuya alimentación depende de la agricultura y la ganadería) hasta nuestros días, las personas nos hemos alimentado, fundamentalmente, de productos locales y de temporada.

Digo fundamentalmente porque tenemos ejemplos de tráfico global de mercancías desde hace mucho tiempo. Quizá como ejemplo, relacionado con alimentos envasados, podríamos destacar la capacidad del Imperio Romano de llevar el olivo a lugares alejados de su óptimo de distribución biológica. Y de trasladar vino y aceite en ánforas de barro desde una punta a otra de lo que para ellos era el mundo conocido. De esta época también tenemos ejemplos del impacto de los envases de usar y tirar. Como el Monte Testaccio, una colina en Roma creada a base de acumular los restos de esas ánforas que llegaban sin parar a la metrópoli (y que debió dejar buenos agujeros en los lugares de procedencia del barro cocido).

Hasta fechas muy recientes el consumo de alimentos era fundamentalmente local, de temporada y proximidad. Sí, la industria de procesado y conservación de alimentos tiene una larga historia, pero la comercialización global de jamón en lonchas es relativamente reciente. Como lo es el empleo de envases mono dosis para la miel. Quizá de la miel aprendimos que grandes cantidades de azúcar permitían conservar alimentos en forma de mermeladas y confituras. Sería digno de estudio averiguar cómo pasamos de la necesidad de disponer de reservas para un aporte rápido de energía al capricho de untar pan con dulces a diario. Quien lo puso fácil, para que pudiésemos hacerlo en cualquier lugar, fue el envase de usar y tirar. En cómodos recipientes con la ración estipulada para cada dosis.

Muy curioso que un producto que tiene una capacidad natural para conservarse en cualquier recipiente de cualquier tamaño se comercialice en envases en dosis unitarias. Porque la miel, por si misma, dura años en un tarro de cristal, sin necesidad de vacío ni tratamientos adicionales. La miel de la alcarria, producida y envasada a menos de 100 kilómetros de una capital de consumo como Madrid.

La competencia feroz, de un mercado que vende sucedáneos adulterados, asfixia a los apicultores de toda Europa. Una actividad imprescindible para mantener procesos ecológicos clave (la polinización de la que depende la producción de alimentos), está desapareciendo de la mano del envase de usar y tirar. Sí, el apicultor local también podría envasar en plástico mono dosis, pero… ¿qué sentido tiene? El producto, cuando es miel natural, se conserva por sí mismo. ¿Comodidad? ¿Higiene? Responsabilidad social corporativa es apostar por esos locos que quieren conservar el oso con la apicultura, no vender como saludable un desayuno plastificado. Quizá esa cadena de hoteles tan molona y saludable podría sustituir los envases individuales de usar y tirar para mermelada y miel con dispensadores de producto a granel, al lado de las jarras del café o de la tostadora, desde los que servirte la dosis justa de dulzura que necesites para esa jornada. Que no es lo mismo desayunar de turista que de auditor ¿no?

El caso es que una de las comarcas con más renombre para la apicultura, con un mercado capaz de asumir toda la producción a la vuelta de la esquina, se queda sin gente que trabaje las colmenas.

Y es que las cadenas globales de distribución viven de marcas globales ¿qué colmenar podría abastecer a todos los establecimientos de un distribuidor mundial? ¿Cuántas abejas hacen falta para poner cientos de quilos a diario en todos y cada uno de los comercios de una cadena de supermercados que opere a nivel internacional?

Un producto homogéneo que se pueda vender con el mismo nombre en todo el mundo solo es posible en un proceso industrial. O muy industrializado. El modelo de negocio es el del refresco, hay que triunfar como la pepsicola. Bueno, como la otra… Agua, edulcorantes, colorantes, conservantes… y envase de usar y tirar. Fabrica y rellena donde sea más barato, que te quede margen para transporte y propaganda.

Lo que con la miel es imposible, con la agricultura y la ganadería se ha conseguido eliminando biodiversidad. Conseguir tomates iguales durante todo el año en cualquier lugar ha sido posible perdiendo variedades locales. Imponiendo en todo el planeta aquellas que son capaces de soportar las cadenas de distribución. De llegar a las estanterías de las grandes superficies con el aspecto que venden las campañas publicitarias de las corporaciones multinacionales. Nos han metido los tomates por los ojos. Un tomate ya no es una cosa jugosa y apetecible con sabor a huerta de pueblo en verano. Es rojo, redondo, liso… salvo que sea verdoso y arrugado que entonces ya no es tomate, es… una marca registrada por una corporación multinacional que me ahorraré de nombrar sin permiso expreso, por lo que pueda pasar…

Sí, claro que quedan huertas en el pueblo. Pero lo que ahora es una producción de ocio, o un pequeño complemento, hace unas décadas era la base económica y social de muchos municipios, hoy en proceso de abandono, que abastecían al comercio de ciudades próximas. Un entramado de relaciones entre el campo y la ciudad que se ha ido adelgazando progresivamente. En el mejor de los casos enterrando los suelos más fértiles para la ubicación de centros logísticos e infraestructuras de transporte, bajo vertederos o, con un poco de suerte, alguna planta de clasificación de residuos.

El comercio ha quedado en la mano de intermediarios que compran tomates si son iguales que los del anuncio. O pasas por el embudo o te quedas fuera. Y tienes que competir contra una explotación industrializada que quema la tierra con agroquímicos y explota personas que “vienen a llevarse lo nuestro”. No sólo eso, también envasa y etiqueta a pie de mata los tomates que dan la talla. Listos para cargar y llevar a miles de kilómetros de allí. No saben a nada, pero, si es necesario, aguantarán almacenados hasta que llegue el momento más adecuado para sacarlos al mercado.

¿Melón en plástico? ¿Plátano pelado, troceado y retractilado? Claro, el envase evita que se rocen y golpeen durante el transporte. No es lo mismo llegar de Villaconejos a Mercamadrid que de Chile a Barcelona. Mira qué bonitos y brillantes lucen en sus bandejas de poliestireno esos gajos de naranja. Mientras, la frutería de tu vecino, que sigue apostando por producto local y de proximidad se las ve y se las desea para seguir abierta. No puede, o no quiere, acceder a las condiciones del intermediario de la gran superficie. Apuesta por esas frutas y verduras de temporada. Mantiene vivo un mundo rural que cada vez tiene más difícil generar oportunidades para quienes no quieren vivir hacinados en la gran ciudad.

Y tu cada vez tienes más difícil hacer la compra en una tienda de barrio. Porque las que había van cerrando o porque en tu barrio, diseñado alrededor de un gran centro comercial, ni siquiera llegó a haberlas. Porque vives en un mundo globalizado donde tu horario y tus hábitos de consumo te vienen dados por las corporaciones para las que trabajas y a las que pagas tus deudas. Una economía que se basa en flujos lineales de recursos, materias primas extraídas en una punta del planeta, procesadas en otra, consumidas en otra y enterradas como residuos a miles de kilómetros de donde se extrajeron de la tierra.

Una economía que deja fuera al pequeño comercio, el que vive de productos diferentes, no normalizados. Productos sin marca que no aparecen en los anuncios de televisión, ni en la web de Amazon. O sí, pero que están en un espacio atendido por personas para personas. Establecimientos que necesitan que tú vuelvas cada semana, si la excusa es devolver un envase retornable o rellenar uno reutilizable, buena es. Establecimientos que no tienen tarjeta de puntos que puedes cambiar en la gasolinera o la agencia de datos porque les dan igual tus datos. Lo que les importa es tu persona, la que vive cerca y pude ir cada semana a hacer una pequeña compra.

Sí, afortunadamente a alguien se le ha ocurrido la economía circular. Una utopía para avanzar a un modelo más sostenible. Pero si nos centramos en la parte de convertir residuos en materias primas nos quedamos muy cortos. Porque la cosa va de resolver necesidades permitiendo a otros (que conviven actualmente en el planeta con nosotros, o que vendrán más adelante), resolver las suyas. Y, por muy reciclable que sea el envase, las galletas fabricadas con aceite de palma, deforestando países lejanos y esclavizando a sus habitantes para recolectar cantidades ingentes de algo que no les permite satisfacer sus necesidades, sigue siendo bastante insostenible.

Insostenible es crear la necesidad de consumo al público infantil forrando esas galletas con personajes de dibujos. Tanto como que cierra las tahonas de los pueblos donde la bollería artesana (esa que no puede almacenarse durante meses ni recorrer miles de kilómetros porque sus ingredientes naturales dejan plazos de conservación mucho más cortos), se ve desplazada por el reclamo publicitario. Enlazarlo con la presión social y el acoso escolar igual es alargarlo mucho, vamos a dejarlo en ¿quién quiere unas sabrosas magdalenas hechas con aceite de oliva cuando la tendencia son unas insulsas galletas cuya lista de ingredientes incluye sospechosos habituales de causar enfermedades varias? ¿quién quiere el sabor y la textura de la receta de la abuela cuando puede exponerse al riesgo de padecer desde alteraciones endocrinas hasta cáncer?

Sí, claro que me pongo melodramático. Pero como consumidor la sustitución de un aceite por otro no me aporta nada. Es más, refiero el sabor y la textura de las magdalenas con aceite de oliva. Pero a la industria sí le aporta mucho. Vendidas al mismo precio un margen de beneficio increíblemente mayor. Y, sobre todo, la oportunidad de acceder a un mercado global al que no se llega con productos que se estropean en un par de semanas.

La generalización del uso del aceite de palma está en que alarga la duración de los productos permitiendo su almacenamiento, transporte… y envasado individual. ¿Qué sentido tiene vender cada magdalena en su bolsita de plástico? Cuando te las tienes que comer en la misma semana, poco, porque vas a comprar las justas para que no se te estropeen. Pero cuando duran meses dando vueltas por los armarios… Nuevamente el envase de usar y tirar como aliado del consumo insostenible.

En vez de subir media docena de magdalenas de la panadería, cargas un paquete de dos docenas en el supermercado… por si acaso. En este caso el problema, más allá de los ingredientes y su impacto en la salud de los tuyos, es el residuo: esos plásticos de usar y tirar que se puede permitir el proceso industrializado y que no tienen sentido en el escaso margen del proceso tradicional. ¿Qué pasaría si la corporación que vende las magdalenas envueltas una a una tuviese que recoger cada plastiquito en las tiendas donde se comercializa su producto? Por mucho que fuesen reciclables, las bolsitas individuales sólo tienen sentido en un proceso lineal: extrae materias primas muy baratas (aceite de palma) en lugares remotos y genera unos residuos (cajas de cartón con figuras de dibujos animados y envases unitarios) que no se volverán a destinar al mismo uso para el que fueron concebidos originalmente.

Por supuesto no se trata de volver al paleolítico, ni creo en el mito del buen salvaje. No hablo de descartar los avances que nos trajo la revolución verde. Creo que somos seres racionales, capaces de tomar decisiones y darnos cuenta de los impactos que generamos. De entender dónde hay problemas de escasez o dónde hay problemas de reparto o acceso a los recursos disponibles.

De ser conscientes de que el modelo de producción y consumo tiene elementos que favorecen esquemas más o menos sostenibles. Y de cuáles son las patas que sostienen esa sostenibilidad que nos proponemos alcanzar. De ver que tenemos recursos suficientes para hacer políticas sostenibles. De saber que los Objetivos de Desarrollo Sostenible son algo más que depositar residuos en contenedores de colores o que la economía circular va mucho más allá del mero reciclaje de envases de usar y tirar. Más circular es la reutilización y más sostenible es cuando se hace local y de proximidad.

Ni siquiera hablo de envases sí o envases no. Los envases son imprescindibles mientras siguen cumpliendo las tres funciones con las que abría este texto. Pero pueden hacerlo de una forma más o menos responsable y sostenible. Y la diferencia, sean de plástico, de vidrio, de metal o de barro cocido, es si son pensados para acumularse formando montañas de basura que legamos a las generaciones siguientes o si realmente pueden cerrar el círculo y volver al origen para seguir siendo envases. Quiero pensar que 2.000 años después hemos superado algo más que el arado romano.

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