Archivo de la categoría: Economía

¿Por qué no somos renovables 100%?

Probablemente esta sea una de las preguntas más complejas y con más fácil respuesta que podamos encontrar. Algunas de las noticias con las que nos deja el 2016 al respecto son: crecimiento de la industria de las energías renovables, su abaratamiento y el desarrollo de políticas frente al cambio climático, en comparación con fuentes de […]

Puedes leer y comentar el artículo completo en: Exácato.

¿Lata de Coca Cola o botella de sidra?

Durante la entrevista para El Comercio, con motivo de la Jornada “Alternativas a la gestión de residuos del Principado de Asturias”, surgió una idea interesante para ilustrar los intereses que están detrás del modelo de gestión de residuos basado en el contenedor amarillo. El periodista me preguntaba por qué considero que este modelo de recogida selectiva no es sostenible y si podía ilustrar otra forma de gestionar los residuos con menos impacto ambiental, social y económico.

El problema reside en que por mucho que nos intenten argumentar las bondades del reciclaje -con los 470 millones de euros al año en España que el sector del envase de usar y tirar destina a ecoembes y sus estrategias de desinformación– , las cuentas no salen. Los datos sobre reciclaje demuestran que estamos recuperando una cantidad muy pequeña de los residuos mientras que cada vez generamos más envases de usar y tirar: a escala global, en 2013 sólo el 2% de los envases de plástico se volvieron a recuperar como envases de plástico. No podemos olvidar que aumentar el porcentaje de residuos reciclados más despacio de lo que se incrementa el uso de envases de usar y tirar supone más material abandonado o eliminado en vertederos e incineradoras.

Frente a este modelo de envases de usar y tirar tenemos la opción del envase reutilizable. Y en el caso de Asturias está muy bien ilustrado en la botella de sidra retornable: una botella de sidra vuelve a ser una botella de sidra.

Pero, como también refleja la actualidad local, esta bebida compite en el menú del día con otras opciones: por ejemplo la lata de Coca Cola. ¿Podría la multinacional de refrescos azucarados vender sus productos en envases retornables? Sí claro. Y nos ahorraría a todos un coste ambiental importante: el abandono de millones de envases que acaba en las calles, los parques, las cunetas… los ríos y los mares y océanos. ¿Por qué no lo hace? Buena pregunta.

¿Cuántas empresas producen y distribuyen sidra en Asturias? ¿Cuántas fábricas tiene Coca Cola en Asturias? Una de las claves del debate está en que el modelo de gestión de residuos de envases es que condiciona nuestras pautas de producción y consumo. El negocio de las grandes corporaciones de la alimentación se basa en largas y complejas cadenas de suministro donde el retorno de envases es bastante complicado y tiene un alto coste económico. Para un pequeño comercio local es más fácil recuperar el envase y reducir su impacto ambiental. La multinacional prefiere fomentar el contenedor amarillo y trasladar al conjunto de la sociedad el impacto económico y ambiental de los envases que utiliza en su modelo de negocio.

Actualmente, el contenedor amarillo está dedicado a la recogida de “envases ligeros”. Un concepto confuso que en 20 años de funcionamiento no hemos conseguido aclarar, resultando en un modelo muy ineficiente de gestión de residuos urbanos. Esta forma de recoger los residuos responde a los intereses del sector de distribución de productos en envases de usar y tirar, pero genera un modelo de producción y consumo muy insostenible.

Es más, para los consumidores implica un coste mayor. Con envases retornables quien los devuelve al sistema recupera parte del dinero que pagó en concepto de gestión de residuos cuando adquirió los productos envasados. En el modelo del contenedor amarillo todos pagamos cuando compramos envases con el punto verde, pero no recuperamos nada si los depositamos cívicamente. Actualmente tenemos que pagar con nuestros impuestos el coste de la recogida de los envases no se depositan en el contenedor amarillo. Una recogida que suele acabar, por cierto, en eliminación vía vertedero o incineración sin posibilidad de reciclaje–a pesar de que ya habíamos parado su correcta gestión al comprarlos-.

Pero hay otros impactos: económicos y sociales. El modelo de pequeñas empresas familiares reparte mejor la riqueza que un sistema corporativo que supone la concentración del capital en pocas manos. Mientras que las sidrerías pueden satisfacer la economía familiar con un margen de beneficio limitado, las grandes empresas de la distribución de bebidas dedican ingentes cantidades de dinero a engañarnos con su publicidad, así como a influir en los proceso de toma de decisiones y la información que recibimos los ciudadanos sobre sus marcas y productos.

¿Se acuerdan del #CokeLeak? Dejó al descubierto cómo Coca Cola utiliza sus recursos para evitar legislaciones contrarias a sus intereses, tanto en materia de gestión de residuos de envases, como en protección a la salud de los consumidores. ¿Pueden las sidrerías asturianas influir en la elaboración de la legislación europea sobre residuos de envases? Coca Cola sí. Y convencerte de que bebas sus refrescos a diario a pesar de que no sea una buena idea.

Y no es sólo un problema ambiental. También es un problema económico: corporaciones que cada vez tienen más recursos para influir y decidir el modelo de desarrollo que nos imponen, desplazando y sacando del mercado los productos y productores locales.Y social: tanto para los afectados de las decisiones corporativas sobre cierre o el traslado de instalaciones de producción, como para todos y cada uno de los que sufrimos la precarización de nuestras condiciones de vida a cuenta de decisiones poco transparentes.

La botella de sidra es el ejemplo de que podemos hacer una mejor gestión de envases y sus residuos. Implica el compromiso de muchos (productores, distribuidores, comerciantes, consumidores…) pero minimiza el impacto ambiental y favorece el desarrollo local. Y es un modelo que funciona pese a lo que nos quieran hacer creer quienes tienen intereses en un modelo insostenible de distribución de refrescos endulzados en envases de usar y tirar que genera costes ambientales, sociales y económicos para el conjunto de la sociedad.

Por cierto, todavía no hemos hablado de las bondades del contenedor. Mientras los envases de plástico, bricks y latas ofrecen dudas sobre la posible contaminación de los alimentos que contienen con sustancias que migran desde los materiales de los recipientes o sus recubrimientos, el vidrio es un material inerte que no reacciona con el contenido: los envases de vidrio son mejores para conservar alimentos. Pero al ser mono material también se reciclaría (en caso de que no se destinase a reutilización) mejor que envases complejos formados de distintos tipos de plásticos o con mezclas de varios materiales diferentes, tal y como es el caso del brick.

Eso sí, las brillantes campañas publicitarias hacen que nos olvidemos de los productos más sostenibles y nos crean la necesidad de comprar compulsivamente aquellos otros que los desplazan del mercado. Cada vez nos ponen más fácil acceder, por ejemplo, a productos que incorporan aceite de palma mientras que buscar alternativas más sostenibles implica un esfuerzo personal que requiere tiempo e información.

Los consumidores tenemos poco margen de actuación, pero todavía podemos elegir qué compramos. ¿Productos de empresas que se presentan como socialmente responsables y respetuosas con el medio ambiente a pesar de que continuamente demuestran que no lo son?. Y dónde compramos: ¿en grandes centros comerciales que se nutren de unos trabajos –dentro y fuera- cada vez más precarios o en establecimientos de proximidad donde nuestros vecinos intentan sobrevivir dignamente?

Y tú, ¿lata de Coca Cola o culín de sidra?



Puedes leer y comentar el artículo completo en: productor de sostenibilidad.

Ecológico: te salva y ayuda al planeta.

Me ha sorprendido el contenido de un artículo publicado en El País sobre el consumo de alimentos ecológicos y su impacto. Personalmente creo que presenta algunos conceptos erróneos y confunde más que ayudar a crear una conciencia real del impacto de nuestras decisiones de consumo. Así que hoy toca recordar que lo ecológico es mejor para tu salud y el medio ambiente, esta vez en respuesta al ataque infundado contra los productos ecológicos.

El titular en El País “Deje de comprar comida ecológica si quiere salvar el planeta” encabeza una argumentación llena de errores. Fallos de bulto colados interesadamente, como los que podíamos encontrar en los estudios sobre el coste del sistema de depósito, devolución y retorno de residuos de envases.

El artículo contra el consumo de productos ecológicos empieza con una generalización interesada que no puede pasar desapercibida ni para un profesional especializado ni para un consumidor responsable: “No pocas etiquetas de productos biológicos”. Suficiente para dejar de leer. En Europa sólo podemos calificar como ecológicos o biológicos los productos adheridos a etiqueta ecológica. A partir de aquí todo lo que dice el artículo se basa en la confusión interesada entre ecológico y esotérico. El periodista o los expertos que dan los argumentos para el pernicioso titular lo podrían haber aclarado, pero… se habían quedado sin un titular tan llamativo.

Un poco más adelante se profundiza en la confusión interesada: “El 36% de los españoles que consumen productos ecológicos (sinónimo de biológicos u orgánicos) lo hacen movidos por motivos medioambientales, según una encuesta de 2014 del Ministerio de Agricultura.” Hay que dejar claro que no: productos ecológicos en España son los que cumplen con el Reglamento (CE) nº 834/2007 del Consejo sobre producción y etiquetado de los productos ecológicos. Sólo con esto un medio serio debería retirar el artículo y publicar una rectificación, pero vamos a seguir leyendo.

Más adelante se entrecomilla esta afirmación: “Está de moda apuntarse a lo ecológico por el atractivo de la palabra, pero nadie tiene idea de cómo se produce” lo único que demuestra es que ni quien la pronuncia y ni quien la reproduce saben qué es la producción ecológica, no han leído el reglamento que la regula (enlazado en el párrafo anterior) o tienen un interés concreto en manipular a los lectores. Así pues, no se dejen manipular, si no tienen ni idea de cómo se produce en ecológico acudan a la fuente para saber qué es la producción agraria ecológica.

El artículo cuestiona la capacidad de la agricultura orgánica para alimentar el mundo. Se cita la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación (FAO) como fuente para dar peso al argumento de la creciente población mundial, pero se obvia que la propia FAO considera que la agricultura orgánica es capaz de garantizar la seguridad alimentaria. Es decir, la máxima autoridad mundial en la materia avala la capacidad de la agricultura ecológica para garantizar las necesidades nutricionales de la creciente población del planeta pero el artículo le da más credibilidad a una persona que lo cuestiona con una burda simplificación que no se soporta en datos ni referencias.

Cabría recordar que gran parte de la producción de alimentos a día de hoy no se consume (al menos un tercio a nivel mundial y cerca de la mitad en nuestro entorno).  Forma parte de un despilfarro global, favorecido por prácticas de agricultura intensiva en las que priman criterios que no tienen que ver con la nutrición humana o la conservación de los ecosistemas.

A continuación viene la parte de la huella ecológica. Se olvida en el artículo mencionar que la agricultura ecológica se basa en la aplicación de criterios científicos para reducir, precisamente, el impacto ambiental sobre los ecosistemas y la salud humana de las prácticas agrícolas. En el artículo se argumentan una serie de situaciones interesantes en relación a prácticas agrícolas más o menos esotéricas, que no tienen por qué tener el amparo del Reglamento de producción y etiquetado ecológico, pero no se nos comparan con el impacto de los métodos de la agricultura convencional, que no tienen en cuenta criterios de impacto sobre ecosistemas. Nuevamente argumentación interesada y sin contrastar.

El artículo critica que la agricultura ecológica es más contaminante porque requiere de más cuidados que la industrializada, cuando lo que ocurre es que la intensificación de la agricultura industrial se consigue reemplazando a las personas y los procesos ecológicos con productos agroquímicos. Un ejemplo sencillo está en la fertilidad del suelo: mientras que en la agricultura ecológica se mantiene y fomenta la fertilidad natural, en la agricultura industrial se consigue a base de productos químicos sintéticos. Sí, quizá el laboreo superficial de la agricultura ecológica requiere labrar más veces, pero la agricultura convencional hace una labor profunda, con potentes subsoladoras que requieren maquinaria más potente que consume más energía. ¿Cuál emite más gases de efecto invernadero? Comparemos el consumo energético con datos, no haciendo simplificaciones que sólo pueden convencer a quien no tiene información suficiente para contrastar los argumentos expresados en el artículo.

Por cierto, mientras que la agricultura industrial elimina materia orgánica del suelo la agricultura ecológica la fija, de modo que el balance en términos de CO2 es más favorable para las prácticas ecológicas, que consiguen hacer del suelo agrícola un sumidero de gases de efecto invernadero frente, por ejemplo, a la ganadería intensiva que es fuente de gases de efecto invernadero.

En cualquier caso, resulta difícil de creer que una práctica agrícola que considera la huella ecológica tenga más huella ecológica que otra que, directamente, la ignora. Creo que con lo apuntado más arriba sería suficiente para dejar en evidencia que las argumentaciones sobre huella ecológica presentadas en el artículo de El País dejan mucho que desear: mezclan conceptos y no tratan la cuestión con la profundidad que requería la descalificación que intenta verter contra los productos ecológicos –que, insisto, sí incorporan consideraciones relativas a la huella ecológica en su proceso productivo-.

Para entenderlo mejor, es como comparar la seguridad de los dos coches, uno que tiene cinturones de seguridad y otro que no los tiene, diciendo que los cinturones de seguridad son muy peligrosos porque te pueden romper las costillas en caso de accidente ¿qué ocurre en el mismo accidente en el coche sin cinturones de seguridad? ¿Invitamos a viajar en coches sin cinturón de seguridad? Eso es lo que hace el artículo de El País.

Y llegamos al asunto de los transgénicos. Porque, en el fondo, el ataque a lo ecológico viene del mundo de los transgénicos. La única forma de consumir productos libres de organismos modificados genéticamente es… sí, han acertado: comprar productos etiquetados como ecológicos según el reglamento europeo. Una creciente demanda de productos ecológicos es una amenaza para los intereses de los que viven de las nóminas y facturas publicitarias pagadas por la industria del transgénico. Podrían ponerse a investigar y a hacer ciencia para salvar el planeta, pero prefieren seguir con su negocio y tratar de engañarnos a todos con argumentos sesgados o faltando a la verdad.

Y qué me dicen del sabor… “Es una idea errónea: si un tomate comprado en una gran superficie no sabe a tomate no es por el tipo de agricultura del que proviene, sino porque, ante una demanda de productos visualmente perfectos (escogemos el tomate por su color y no por su sabor), los productores convencionales priorizan el atractivo de los alimentos sacrificando su sabor”. Menos mal que los que compramos productos ecológicos sabemos que la práctica agraria sí repercute en un producto con mejores propiedades, especialmente el sabor, y no nos dejamos llevar por los intereses de las grandes cadenas.

Luego están las declaraciones sobre el etiquetado. En vez de explicar, de forma más o menos clara, qué implica el etiquetado ecológico de alimentos se hace una serie de afirmaciones que pueden llevarnos a dudar sobre el rigor de la Etiqueta Ecológica. Conviene recordar en este punto que el Reglamento de producción ecológica se establece por la Unión Europea precisamente para que los consumidores tengan claro qué implica el etiquetado ecológico de los alimentos que van a consumir.

Por suerte los que estamos a favor de los productos ecológicos también tenemos a la ciencia de nuestro lado y podemos desmontar cualquiera de las argumentaciones interesadas que se plantean en el artículo. Empezando, precisamente por los conflictos de intereses en las investigaciones publicadas sobre cultivos modificados genéticamente. Hasta el extremo de que el ecologismo se permite cuestionar, con datos de rendimiento de los últimos 20 años, las supuestas bondades de la agricultura transgénica.

También la ciencia ha dado respuesta en numerosos artículos a la necesidad de reducir la huella ecológica de la agricultura manteniendo su capacidad para alimentar a una población creciente. Y la Unión Europea, con la participación de investigadores, la industria y el conjunto de la sociedad, ha recogido el reto en un Reglamento (enlazado más arriba) que establece las reglas de la producción ecológica de modo que sean justas y claras para productores y consumidores, así como para los periodistas e investigadores que tengan interés en informar a la población sobre las consecuencias de sus decisiones de consumo.

Así pues, diga lo que diga la agricultura industrial en las páginas de El País, puedes seguir comprando (o empezar a comprar) productos ecológicos con la conciencia tranquila. ¿Por qué lo dijo yo en mi blog? No. Porque antes de creerte lo que dicen los demás sin aportar pruebas y sólo con comentarios más o menos fundados, puedes acudir a fuentes fiables y encontrar datos contrastados y argumentos sólidos que abalan la práctica de la agricultura y la ganadería ecológicas.

Y sí. te recomiendo que consumas ecológico: ayudarás a mejorar la conservación de los ecosistemas de todo el planeta, especialmente los dedicados a producción agrícola, y estarás comiendo productos mejores para tu salud y la de los que te rodean.

Mi duda final es ¿le das credibilidad a un artículo como el publicado en El País por salir en este medio o eres consciente de que es un contenido que contribuye a la infoxicación que perpetúa un modelo de consumo insostenible?

Las imágenes e infografías salen de la web de la Comisión Europea sobre Agricultura Ecológica, donde hay mucho material interesante para informar, formar y divulgar sobre producción y alimentación ecológica.



Puedes leer y comentar el artículo completo en: productor de sostenibilidad.

¿Dejamos de comprar la Fruta perfecta para evitar cosechas "a terra"?

Tras abrir twitter esta mañana, me ha sorprendido un tweet de  @cintallano en referencia a otro de @Roberto_R_R




En este caso se hace crítica a un artículo del periódico El País. Está claro que el tweet de @el_país crispa a aquellos que nos hemos desarrollado formativa y profesionalmente en el ámbito ambiental.

Desde mi mayor respeto a la opinión de otras personas, he decidido escribir este artículo aportando mi visión personal y profesional al respecto, siempre desde mi experiencia.

Lo que más me ha sorprendido del artículo ha sido la mención únicamente de personas del ámbito de la explotación de recursos. Este fue mi argumento principal para estudiar Ciencias Ambientales y no Ingeniería de Montes o Agrónomos. Hace 16 años, en estas facultades aún se incluía profesorado “de la vieja escuela”, donde lo fundamental era valorar qué especies arbóreas/arbustivas podían generar un crecimiento más rápido para establecer antes unos beneficios económicos sin tener en cuenta la realidad paisajística, ecológica y ambiental. Por suerte estos planteamientos cada vez se han ido reduciendo y ahora los equipos de trabajo del ámbito ambiental son mucho más multidisciplinares, integrando visiones más enriquecedoras.

Con todo este preámbulo, pensemos en la realidad alimenticia actual. Es cierto que cada vez existen más habitantes en nuestro planeta (indiscutible) y que eso nos lleva a requerir más recursos (incuestionable). Pero lo más importante es pararse a pensar y plantearnos cómo estamos empleando los recursos disponibles los países desarrollados.

Como muchos sabéis, he tenido el placer de vivir en el medio rural y en diferentes comunidades autónomas. Hablaré de los casos que conozco pero estoy convencida que lo que voy a contar ocurre en el resto de España y de países desarrollados.

Desde mi ventana el año pasado veía un gran campo de melocotoneros. Salía a pasear cada día con mi perro por el “ager” y veía transcurrir las estaciones y las cosechas con el paso de los días). No podéis haceros una idea de la cantidad de kilogramos de naranjas, mandarinas, almendras, pimientos, alcachofas, sandías, calabazas, melones, melocotones, tomates, uvas, pepinos, higos…que he visto descomponerse en la tierra día tras día.






La culpa de todo esto la tenemos lamentablemente todos los consumidores. Tenía la suerte de poder hablar de estas cosas con mi vecino (agricultor de más de 60 años) para que él me explicara. Aquí se trabaja por cooperativas agrarias (la forma de asegurarte que te compren tu fruta). En el caso del melocotón o la naranja (porque es de lo que más hablábamos) mayoritariamente se exporta a Alemania y países similares. El kilogramo de esta fruta se pagaba baratísimo al agricultor. Antes de cosechar tenían que medir la cantidad de azúcar en el interior de la fruta y cuando estaba “en su punto” pedir permiso a la cooperativa para llevarlo (“coger turno”). La parte de la cosecha que estaba madura en ese turno es la que entraba en cooperativa. Las unidades que iban más adelantadas o tardías “a terra”. No compensaba volver en varios días para ir retirando progresivamente la fruta (más jornales) porque si no cumplías ese estándar no te lo compraban o asumías precios irrisorios. Evidentemente sólo valían aquellas unidades que tenían un diámetro específico y sin ninguna mota de imperfección en la cáscara. El resto “a terra” (por cierto, mi vecino se reía mucho cuando en pleno agosto le hacía espuma de melocotón con la Thermomix. Yo había congelado melocotón en trocitos y los descongelaba para estas recetas. También hacía mi mermelada).

Cuando vamos al supermercado compramos las naranjas más brillantes (les ponen cera ¡qué gasto de recurso más ilógico!), las de un tamaño medio (no la queremos grande ni pequeña), sin ningún tipo de imperfección,…pero es lo que demandamos los consumidores (las propiedades “viasuales” ante todo porque el reto de propiedades organolépticas nos dan igual). Queremos gastar tomates todo el año (cuando yo era niña sólo había tomates en los meses de verano. El resto del año el tomate era en conserva. Además ahora no queremos “encontrar tropezones” (lo que me cuesta ahora encontrar una sandía con pepitas) y alteramos las variedades agrarias generando auténticas aberraciones. Perdemos diversidad de semillas en el ámbito agrario (hay variedades de semillas de legumbres,…que se están perdiendo, se han hibridado, hay que hacer bancos de semilla,…)

Además, cada vez  tenemos más problemas de salud: cáncer, colesterol, hipertensión…¿Qué está pasando?

Lamentablemente, perdí  a mi suegra hace 15 días por un cáncer. Tras el difícil año que hemos vivido en la familia, estuve leyendo algunos libros sobre alimentación anticáncer. Lo que me sorprendió de estos libros fue pararme a reflexionar sobre la alimentación que actualmente ingerimos. En mi casa no consumo muchas de las cosas que de niña sí comía. Dejamos de lado las verduras de temporada y nos pasamos a lo que queremos todo el año. Precisamente en estos libros se hablaba de que la verdura tiene su máximo de vitaminas en su momento justo, por las condiciones climáticas adecuadas que ha recibido (no por estar bajo un plástico). Entonces ¿estamos aportando a nuestro cuerpo las vitaminas y elementos que realmente son beneficiosos para nuestro cuerpo? Comemos, sí pero ¿lo que comemos es lo que requerimos? Hemos dejado de consumir coliflor, lombarda, repollo, remolacha en los meses de invierno para seguir consumiendo las verduras de verano: calabacín, tomate, pimiento,…Mi madre es amante de recolectar de todo en el campo así que de niña me tocaba comer verduras silvestres (bastante amargas, por cierto). Así, en mi casa tomábamos verdolaga con el ajoblanco, achicorias, espárragos trigueros y otro sin fin de nombres raros que mi madre decía (por su puesto en su jerga extremeña ¿a que nunca habéis oído hablar de azufaifas?). Y no hablemos del pescado…en nuestro tiempo se comía calamar, no pota y nada de fletán o panga.

En Japón la población, desde que está occidentalizando su dieta está aumentando de peso.

No he hablado de pesticidas y fertilizantes y sus consecuencias al medio (y a la salud): empobrecimiento de las cualidades del suelo, agotamiento de minerales, contaminación del propio suelo y del resto de elementos del medio natural (ríos, aguas subterráneas, especies,…). Si pretendemos que una zanahoria esté lista en la mitad de tiempo (o menos) de lo que requiere realmente en tierra, echamos más fertilizantes y esa zanahoria en poco tiempo se adueña de los nutrientes que requiere. Pero es que además volvemos a plantar zanahorias en el mismo sitio, que requiere otra vez los mismos nutrientes y cada vez empobrecemos más al suelo en esos minerales concretos y por tanto tenemos que añadir fertilizantes. Como además hay carencias (de agua, de nutrientes,…) aparecen plagas y “bichitos indeseados” y con ello por supuesto echamos mano de los pesticidas. Se convierte en la pescadilla que se muerde la cola.

Tampoco me olvido del sinsentido de los cultivos actuales. Antiguamente casi ningún cultivo era de regadío, ahora prácticamente todos.
Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA
Se puede entender que estamos ante una situación de cambio climático y que a lo mejor necesitamos agua para cultivar pero ¿por qué no reflexionamos sobre qué cultivos podemos plantar con el menor número de aporte de recursos en un área? Unos ejemplos: el tomate, siendo un producto tan carnoso, entenderéis que requiere agua ¿no? Pues mirad estos datos y fijaros en Andalucía y Extremadura:

Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA

Así que, si como asegura El País en su artículo hay que dejar de comer fruta y verdura ecológica, que me digan cómo pretenden garantizar la estabilidad de los ecosistemas naturales y qué efectos se producirán en la salud de la población si continuamos este despropósito de dejar perder las cosechas en el suelo y seguir aplicando químicos a la tierra para aumentar “la productividad”(en cantidad, que no en calidad) de las cosechas.

En conclusión, tal vez deberíamos plantearnos campañas de sensibilización al consumidor para que dejemos de comprar “la fruta perfecta” según los cánones que nos han marcado, informar acerca de la mejor época para adquirir los productos, etc. Tal vez deberíamos pararnos a reflexionar sobre lo que comemos.

Por cierto, que ya que hablamos de recursos, me pone mala la moda de todo embandejado y me voy a la frutería para comprar al peso, de modo que todo me lo pongan en la misma bolsa (patatas, cebollas, fruta…).

Y con todo esto, espero haber hecho reflexionar a más de uno. Sé que este artículo tendrá muchos detractores pero también mucha gente que opina como yo. He pretendido exponer argumentos que yo misma he visto con mis ojos, tratando en todo momento de respetar la opinión de todos.


Puedes leer y comentar el artículo completo en: Gestión Ambiental Municipal.

¿Dejamos de comprar la Fruta perfecta para evitar cosechas "a terra"?

Tras abrir twitter esta mañana, me ha sorprendido un tweet de  @cintallano en referencia a otro de @Roberto_R_R




En este caso se hace crítica a un artículo del periódico El País. Está claro que el tweet de @el_país crispa a aquellos que nos hemos desarrollado formativa y profesionalmente en el ámbito ambiental.

Desde mi mayor respeto a la opinión de otras personas, he decidido escribir este artículo aportando mi visión personal y profesional al respecto, siempre desde mi experiencia.

Lo que más me ha sorprendido del artículo ha sido la mención únicamente de personas del ámbito de la explotación de recursos. Este fue mi argumento principal para estudiar Ciencias Ambientales y no Ingeniería de Montes o Agrónomos. Hace 16 años, en estas facultades aún se incluía profesorado “de la vieja escuela”, donde lo fundamental era valorar qué especies arbóreas/arbustivas podían generar un crecimiento más rápido para establecer antes unos beneficios económicos sin tener en cuenta la realidad paisajística, ecológica y ambiental. Por suerte estos planteamientos cada vez se han ido reduciendo y ahora los equipos de trabajo del ámbito ambiental son mucho más multidisciplinares, integrando visiones más enriquecedoras.

Con todo este preámbulo, pensemos en la realidad alimenticia actual. Es cierto que cada vez existen más habitantes en nuestro planeta (indiscutible) y que eso nos lleva a requerir más recursos (incuestionable). Pero lo más importante es pararse a pensar y plantearnos cómo estamos empleando los recursos disponibles los países desarrollados.

Como muchos sabéis, he tenido el placer de vivir en el medio rural y en diferentes comunidades autónomas. Hablaré de los casos que conozco pero estoy convencida que lo que voy a contar ocurre en el resto de España y de países desarrollados.

Desde mi ventana el año pasado veía un gran campo de melocotoneros. Salía a pasear cada día con mi perro por el “ager” y veía transcurrir las estaciones y las cosechas con el paso de los días). No podéis haceros una idea de la cantidad de kilogramos de naranjas, mandarinas, almendras, pimientos, alcachofas, sandías, calabazas, melones, melocotones, tomates, uvas, pepinos, higos…que he visto descomponerse en la tierra día tras día.






La culpa de todo esto la tenemos lamentablemente todos los consumidores. Tenía la suerte de poder hablar de estas cosas con mi vecino (agricultor de más de 60 años) para que él me explicara. Aquí se trabaja por cooperativas agrarias (la forma de asegurarte que te compren tu fruta). En el caso del melocotón o la naranja (porque es de lo que más hablábamos) mayoritariamente se exporta a Alemania y países similares. El kilogramo de esta fruta se pagaba baratísimo al agricultor. Antes de cosechar tenían que medir la cantidad de azúcar en el interior de la fruta y cuando estaba “en su punto” pedir permiso a la cooperativa para llevarlo (“coger turno”). La parte de la cosecha que estaba madura en ese turno es la que entraba en cooperativa. Las unidades que iban más adelantadas o tardías “a terra”. No compensaba volver en varios días para ir retirando progresivamente la fruta (más jornales) porque si no cumplías ese estándar no te lo compraban o asumías precios irrisorios. Evidentemente sólo valían aquellas unidades que tenían un diámetro específico y sin ninguna mota de imperfección en la cáscara. El resto “a terra” (por cierto, mi vecino se reía mucho cuando en pleno agosto le hacía espuma de melocotón con la Thermomix. Yo había congelado melocotón en trocitos y los descongelaba para estas recetas. También hacía mi mermelada).

Cuando vamos al supermercado compramos las naranjas más brillantes (les ponen cera ¡qué gasto de recurso más ilógico!), las de un tamaño medio (no la queremos grande ni pequeña), sin ningún tipo de imperfección,…pero es lo que demandamos los consumidores (las propiedades “viasuales” ante todo porque el reto de propiedades organolépticas nos dan igual). Queremos gastar tomates todo el año (cuando yo era niña sólo había tomates en los meses de verano. El resto del año el tomate era en conserva. Además ahora no queremos “encontrar tropezones” (lo que me cuesta ahora encontrar una sandía con pepitas) y alteramos las variedades agrarias generando auténticas aberraciones. Perdemos diversidad de semillas en el ámbito agrario (hay variedades de semillas de legumbres,…que se están perdiendo, se han hibridado, hay que hacer bancos de semilla,…)

Además, cada vez  tenemos más problemas de salud: cáncer, colesterol, hipertensión…¿Qué está pasando?

Lamentablemente, perdí  a mi suegra hace 15 días por un cáncer. Tras el difícil año que hemos vivido en la familia, estuve leyendo algunos libros sobre alimentación anticáncer. Lo que me sorprendió de estos libros fue pararme a reflexionar sobre la alimentación que actualmente ingerimos. En mi casa no consumo muchas de las cosas que de niña sí comía. Dejamos de lado las verduras de temporada y nos pasamos a lo que queremos todo el año. Precisamente en estos libros se hablaba de que la verdura tiene su máximo de vitaminas en su momento justo, por las condiciones climáticas adecuadas que ha recibido (no por estar bajo un plástico). Entonces ¿estamos aportando a nuestro cuerpo las vitaminas y elementos que realmente son beneficiosos para nuestro cuerpo? Comemos, sí pero ¿lo que comemos es lo que requerimos? Hemos dejado de consumir coliflor, lombarda, repollo, remolacha en los meses de invierno para seguir consumiendo las verduras de verano: calabacín, tomate, pimiento,…Mi madre es amante de recolectar de todo en el campo así que de niña me tocaba comer verduras silvestres (bastante amargas, por cierto). Así, en mi casa tomábamos verdolaga con el ajoblanco, achicorias, espárragos trigueros y otro sin fin de nombres raros que mi madre decía (por su puesto en su jerga extremeña ¿a que nunca habéis oído hablar de azufaifas?). Y no hablemos del pescado…en nuestro tiempo se comía calamar, no pota y nada de fletán o panga.

En Japón la población, desde que está occidentalizando su dieta está aumentando de peso.

No he hablado de pesticidas y fertilizantes y sus consecuencias al medio (y a la salud): empobrecimiento de las cualidades del suelo, agotamiento de minerales, contaminación del propio suelo y del resto de elementos del medio natural (ríos, aguas subterráneas, especies,…). Si pretendemos que una zanahoria esté lista en la mitad de tiempo (o menos) de lo que requiere realmente en tierra, echamos más fertilizantes y esa zanahoria en poco tiempo se adueña de los nutrientes que requiere. Pero es que además volvemos a plantar zanahorias en el mismo sitio, que requiere otra vez los mismos nutrientes y cada vez empobrecemos más al suelo en esos minerales concretos y por tanto tenemos que añadir fertilizantes. Como además hay carencias (de agua, de nutrientes,…) aparecen plagas y “bichitos indeseados” y con ello por supuesto echamos mano de los pesticidas. Se convierte en la pescadilla que se muerde la cola.

Tampoco me olvido del sinsentido de los cultivos actuales. Antiguamente casi ningún cultivo era de regadío, ahora prácticamente todos.
Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA
Se puede entender que estamos ante una situación de cambio climático y que a lo mejor necesitamos agua para cultivar pero ¿por qué no reflexionamos sobre qué cultivos podemos plantar con el menor número de aporte de recursos en un área? Unos ejemplos: el tomate, siendo un producto tan carnoso, entenderéis que requiere agua ¿no? Pues mirad estos datos y fijaros en Andalucía y Extremadura:

Fuente: Anuario de Estadística Avance 2014 MAGRAMA

Así que, si como asegura El País en su artículo hay que dejar de comer fruta y verdura ecológica, que me digan cómo pretenden garantizar la estabilidad de los ecosistemas naturales y qué efectos se producirán en la salud de la población si continuamos este despropósito de dejar perder las cosechas en el suelo y seguir aplicando químicos a la tierra para aumentar “la productividad”(en cantidad, que no en calidad) de las cosechas.

En conclusión, tal vez deberíamos plantearnos campañas de sensibilización al consumidor para que dejemos de comprar “la fruta perfecta” según los cánones que nos han marcado, informar acerca de la mejor época para adquirir los productos, etc. Tal vez deberíamos pararnos a reflexionar sobre lo que comemos.

Por cierto, que ya que hablamos de recursos, me pone mala la moda de todo embandejado y me voy a la frutería para comprar al peso, de modo que todo me lo pongan en la misma bolsa (patatas, cebollas, fruta…).

Y con todo esto, espero haber hecho reflexionar a más de uno. Sé que este artículo tendrá muchos detractores pero también mucha gente que opina como yo. He pretendido exponer argumentos que yo misma he visto con mis ojos, tratando en todo momento de respetar la opinión de todos.


Puedes leer y comentar el artículo completo en: Gestión Ambiental Municipal.

Comprar, comer, optar

Cuando Juan Salvador Torres explicó hace unas semanas a Jordi Évole que la superoferta de naranjas a 50 céntimos el kilo de Mercadona provoca el abandono del campo porque los agricultores pierden dinero, lo que nos estaba diciendo es que para que el consumidor compre barato, no todo vale.

Ir a la compra y, en esencia, comer tienen una larguísima cadena de consecuencias en el medio ambiente, en la salud, en la economía y en el modelo de sociedad actual que casi no podemos imaginar. Como tampoco podemos imaginar que alimentarnos de manera diferente pueda ser tan beneficioso para tantos.

Esto es lo que explica el libro Grupos de consumo. Una cultura agroalimentaria sostenible, una guía práctica sobre un fenómeno en alza en nuestro país y fuera de él, los grupos de consumo agroecológicos. Consumidores concienciados que se organizan para comprar alimentos ecológicos directamente a agricultores y ganaderos de la región. A precios justos con los que éstos puedan vivir sin tener que abandonar el campo, como los productores de naranjas de los que hablaba Juan Salvador Torres. Eso significa nada menos que apostar no sólo por el medio ambiente y la salud, sino también por un modelo socioeconómico sostenible.

Editado por la editorial de Ecologistas en Acción, Grupos de consumo. Una cultura agroalimentaria sostenible está escrito en forma de manual para todo aquél que quiera saber en qué consiste formar parte de un grupo de estas características. Ofrece todas las claves y herramientas necesarias para poder crear uno, ya sea autogestionado, como asociación o cooperativa, con cesta abierta o cerrada o pedido a la carta. También detalla los recursos humanos y materiales necesarios para su funcionamiento, los criterios para seleccionar a los productores, los problemas más comunes que pueden surgir, la “incomodidad” que supone formar parte de un grupo de consumo -frente a hacer la compra en el súper de debajo de casa-, y los beneficios y el cambio de rutinas que le esperan al nuevo miembro.

Escrito por integrantes de diferentes grupos de consumo conocedores de esta realidad desde dentro, el libro nos cuenta además cómo son varios colectivos muy diferentes que hoy existen en distintos puntos del país.

Pero no sólo eso: Grupos de consumo… ofrece también un panorama muy completo y esclarecedor sobre las consecuencias que tiene el modelo actual de producción y consumo de alimentos en el medio ambiente, en la salud y en la economía y la sociedad actuales a nivel mundial.

Etiqueta de una caja de mandarinas en un supermercado donde se indican los productos químicos postcosecha con los que las tratan para que duren más.

Y además nos aclara conceptos que a menudo se confunden: no es lo mismo la agricultura ecológica que la agroecología, y la soberanía alimentaria va aún más lejos.

De ir más lejos trata este libro, ya que formar parte de un grupo de consumo implica no sólo consumir alimentos cultivados de forma ecológica que sean más sanos para la salud y para el medio ambiente. También supone reducir el daño ambiental que provocan la distribución y el consumo apostando por una producción cercana al consumidor -con menos kilómetros de transporte, reduciendo así su impacto contaminador-, y una compra con la menor cantidad posible de bolsas, plásticos o empaquetados. Y posibilita el pago directo a los productores de un precio que les permita vivir dignamente y seguir cultivando el campo.

Es decir, significa apostar por un modelo de consumo más respetuoso con el medio ambiente, pero con una visión integradora que contempla no solamente al planeta, sino también a las personas.

Ficha del libro

Grupos de consumo. Una cultura agroalimentaria sostenible, Autores: Andrés Couceiro, Yago Martínez, Juan Alonso, Pablo Saralegui, Eva Ortega y Elisa Santafé. Ilustrado por Daniel Montero. Ed. Libros en Acción, 80 páginas, 7 euros. Adquirible en la tienda online de Ecologistas en Acción (https://www.ecologistasenaccion.org/tienda/editorial/1695-libro-grupos-de-consumio.html)



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