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Envases y modelo de desarrollo.

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Envases y modelo de desarrollo

Una de las claves para avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marcan la agenda hasta 2030 está en nuestro modelo de consumo. Y uno de los elementos que más condicionan el modelo de consumo es el envase. En su triple función de preservar los productos que contiene en su interior, facilitar el transporte y la manipulación de mercancías y ser el reclamo que capta la atención del consumidor.

Con independencia de los materiales que se utilicen en su fabricación, hay un aspecto fundamental que define si un envase es sostenible o no: la posibilidad de ser reutilizado. No es solo el evidente impacto ambiental que generan los envases de usar y tirar, son también los impactos sociales y económicos. Las consecuencias de un modelo de producción y consumo pensado para la reutilización de envases o no. La diferencia entre economía circular y economía lineal.

Los envases de usar y tirar están pensados para ser fabricados en un punto, a ser posible próximo al lugar de llenado, cumplir su función en una cadena de distribución, y ser descartados en un destino donde deben ser suficientemente atractivos como para cumplir el objetivo de ventas. Cerrar el ciclo, recuperar los envases tirados a la basura y convertirlos en materia prima, es costoso. Tanto que a escala global, por ejemplo, la cantidad de envases de plástico nuevos que proviene de envases de plástico reciclado es muy escasa.

Resulta esperanzador que las grandes corporaciones anuncien medidas al respecto. Que se propongan mejorar el diseño de los envases, aumentar la cantidad de material reciclado que emplean… pero siguen ancladas a un modelo insostenible que cada vez consume más materias primas y genera más residuos.

Y es normal, las grandes corporaciones globales existen gracias al envase de usar y tirar. Con ellos han ido barriendo del mapa pequeñas y medianas empresas locales, en muchos casos familiares, que resolvían las necesidades de sus vecinos de una forma más sostenible. El ejemplo más evidente es el de las multinacionales de refrescos. Antes de la incorporación y uso masivo de envases de usar y tirar había pequeñas envasadoras con productos propios que daban lugar a una curiosa variedad regional de refrescos. Hoy esa diversidad ha desaparecido, primero absorbida y finalmente eliminada por las grandes corporaciones.

El proceso es sencillo. En primer lugar, el envase de usar y tirar traslada al conjunto de la sociedad el coste de la devolución y retorno de envases. Si en tu pequeña embotelladora sigues empleando envases retornables de vidrio tienes unos costes de producción, en términos monetarios, mayores que quien utiliza un envase que no tiene que recuperar ni lavar. Qué también es más ligero y ocupa menos espacio, lo que también reduce el coste de transporte. Al problema de los residuos, que podemos resolver legislando la responsabilidad de quien pone en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos, se unen otros que van desde el cierre de pequeños comercios en favor de grandes superficies comerciales a la deslocalización de la producción industrial.

Una cadena corta de producción y distribución, dentro de una misma ciudad o en el radio de hasta poco más de cien kilómetros, permite utilizar y rentabilizar envases reutilizables. Pero cuando los envases recorren centenares o miles de kilómetros, el coste del retorno es importante. Más aún si el producto viene de un lugar donde la mano de obra y las materias primas son especialmente baratas. El precio de mercado, el que el consumidor final está dispuesto a pagar, no es muy diferente, pero sí el margen de beneficio y la distribución de costes.

Quizá, en un blog en el que se habla mucho de residuos, el más evidente es el de la basura: si utilizo envases reutilizables incorporo en mi modelo de negocio la gestión de los envases vacíos, pero si elijo la opción de usar y tirar traslado costes al conjunto de la sociedad a través de sistemas de recogida de contenedores de colores, plantas de clasificación de envases, vertederos… Lo que me ahorro en recuperar y lavar botellas lo puedo emplear en campañas de imagen corporativa.

Quizá con unas buenas políticas de responsabilidad ampliada del productor, potentes inversiones en instalaciones de reciclaje y mucha educación ambiental consigamos reducir ese coste del envase de usar y tirar. conviene recordar que en un modelo de envases reutilizables pasaría de ser un problema de todos a ser un problema de quienes envasan productos.

Pero la sostenibilidad es algo más que los residuos. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. ¿Necesitamos tener melón o fresas a nuestra disposición los 365 días del año? Seguramente no. Al menos no para estar bien nutridos.

El ejemplo de las frutas y verduras es importante. Durante la mayor parte del tiempo que va desde el inicio del neolítico (esa época en la que nuestra especie dejó una forma de vida nómada de sociedades recolectoras – cazadoras y pasó a asentarse en núcleos estables cuya alimentación depende de la agricultura y la ganadería) hasta nuestros días, las personas nos hemos alimentado, fundamentalmente, de productos locales y de temporada.

Digo fundamentalmente porque tenemos ejemplos de tráfico global de mercancías desde hace mucho tiempo. Quizá como ejemplo, relacionado con alimentos envasados, podríamos destacar la capacidad del Imperio Romano de llevar el olivo a lugares alejados de su óptimo de distribución biológica. Y de trasladar vino y aceite en ánforas de barro desde una punta a otra de lo que para ellos era el mundo conocido. De esta época también tenemos ejemplos del impacto de los envases de usar y tirar. Como el Monte Testaccio, una colina en Roma creada a base de acumular los restos de esas ánforas que llegaban sin parar a la metrópoli (y que debió dejar buenos agujeros en los lugares de procedencia del barro cocido).

Hasta fechas muy recientes el consumo de alimentos era fundamentalmente local, de temporada y proximidad. Sí, la industria de procesado y conservación de alimentos tiene una larga historia, pero la comercialización global de jamón en lonchas es relativamente reciente. Como lo es el empleo de envases mono dosis para la miel. Quizá de la miel aprendimos que grandes cantidades de azúcar permitían conservar alimentos en forma de mermeladas y confituras. Sería digno de estudio averiguar cómo pasamos de la necesidad de disponer de reservas para un aporte rápido de energía al capricho de untar pan con dulces a diario. Quien lo puso fácil, para que pudiésemos hacerlo en cualquier lugar, fue el envase de usar y tirar. En cómodos recipientes con la ración estipulada para cada dosis.

Muy curioso que un producto que tiene una capacidad natural para conservarse en cualquier recipiente de cualquier tamaño se comercialice en envases en dosis unitarias. Porque la miel, por si misma, dura años en un tarro de cristal, sin necesidad de vacío ni tratamientos adicionales. La miel de la alcarria, producida y envasada a menos de 100 kilómetros de una capital de consumo como Madrid.

La competencia feroz, de un mercado que vende sucedáneos adulterados, asfixia a los apicultores de toda Europa. Una actividad imprescindible para mantener procesos ecológicos clave (la polinización de la que depende la producción de alimentos), está desapareciendo de la mano del envase de usar y tirar. Sí, el apicultor local también podría envasar en plástico mono dosis, pero… ¿qué sentido tiene? El producto, cuando es miel natural, se conserva por sí mismo. ¿Comodidad? ¿Higiene? Responsabilidad social corporativa es apostar por esos locos que quieren conservar el oso con la apicultura, no vender como saludable un desayuno plastificado. Quizá esa cadena de hoteles tan molona y saludable podría sustituir los envases individuales de usar y tirar para mermelada y miel con dispensadores de producto a granel, al lado de las jarras del café o de la tostadora, desde los que servirte la dosis justa de dulzura que necesites para esa jornada. Que no es lo mismo desayunar de turista que de auditor ¿no?

El caso es que una de las comarcas con más renombre para la apicultura, con un mercado capaz de asumir toda la producción a la vuelta de la esquina, se queda sin gente que trabaje las colmenas.

Y es que las cadenas globales de distribución viven de marcas globales ¿qué colmenar podría abastecer a todos los establecimientos de un distribuidor mundial? ¿Cuántas abejas hacen falta para poner cientos de quilos a diario en todos y cada uno de los comercios de una cadena de supermercados que opere a nivel internacional?

Un producto homogéneo que se pueda vender con el mismo nombre en todo el mundo solo es posible en un proceso industrial. O muy industrializado. El modelo de negocio es el del refresco, hay que triunfar como la pepsicola. Bueno, como la otra… Agua, edulcorantes, colorantes, conservantes… y envase de usar y tirar. Fabrica y rellena donde sea más barato, que te quede margen para transporte y propaganda.

Lo que con la miel es imposible, con la agricultura y la ganadería se ha conseguido eliminando biodiversidad. Conseguir tomates iguales durante todo el año en cualquier lugar ha sido posible perdiendo variedades locales. Imponiendo en todo el planeta aquellas que son capaces de soportar las cadenas de distribución. De llegar a las estanterías de las grandes superficies con el aspecto que venden las campañas publicitarias de las corporaciones multinacionales. Nos han metido los tomates por los ojos. Un tomate ya no es una cosa jugosa y apetecible con sabor a huerta de pueblo en verano. Es rojo, redondo, liso… salvo que sea verdoso y arrugado que entonces ya no es tomate, es… una marca registrada por una corporación multinacional que me ahorraré de nombrar sin permiso expreso, por lo que pueda pasar…

Sí, claro que quedan huertas en el pueblo. Pero lo que ahora es una producción de ocio, o un pequeño complemento, hace unas décadas era la base económica y social de muchos municipios, hoy en proceso de abandono, que abastecían al comercio de ciudades próximas. Un entramado de relaciones entre el campo y la ciudad que se ha ido adelgazando progresivamente. En el mejor de los casos enterrando los suelos más fértiles para la ubicación de centros logísticos e infraestructuras de transporte, bajo vertederos o, con un poco de suerte, alguna planta de clasificación de residuos.

El comercio ha quedado en la mano de intermediarios que compran tomates si son iguales que los del anuncio. O pasas por el embudo o te quedas fuera. Y tienes que competir contra una explotación industrializada que quema la tierra con agroquímicos y explota personas que “vienen a llevarse lo nuestro”. No sólo eso, también envasa y etiqueta a pie de mata los tomates que dan la talla. Listos para cargar y llevar a miles de kilómetros de allí. No saben a nada, pero, si es necesario, aguantarán almacenados hasta que llegue el momento más adecuado para sacarlos al mercado.

¿Melón en plástico? ¿Plátano pelado, troceado y retractilado? Claro, el envase evita que se rocen y golpeen durante el transporte. No es lo mismo llegar de Villaconejos a Mercamadrid que de Chile a Barcelona. Mira qué bonitos y brillantes lucen en sus bandejas de poliestireno esos gajos de naranja. Mientras, la frutería de tu vecino, que sigue apostando por producto local y de proximidad se las ve y se las desea para seguir abierta. No puede, o no quiere, acceder a las condiciones del intermediario de la gran superficie. Apuesta por esas frutas y verduras de temporada. Mantiene vivo un mundo rural que cada vez tiene más difícil generar oportunidades para quienes no quieren vivir hacinados en la gran ciudad.

Y tu cada vez tienes más difícil hacer la compra en una tienda de barrio. Porque las que había van cerrando o porque en tu barrio, diseñado alrededor de un gran centro comercial, ni siquiera llegó a haberlas. Porque vives en un mundo globalizado donde tu horario y tus hábitos de consumo te vienen dados por las corporaciones para las que trabajas y a las que pagas tus deudas. Una economía que se basa en flujos lineales de recursos, materias primas extraídas en una punta del planeta, procesadas en otra, consumidas en otra y enterradas como residuos a miles de kilómetros de donde se extrajeron de la tierra.

Una economía que deja fuera al pequeño comercio, el que vive de productos diferentes, no normalizados. Productos sin marca que no aparecen en los anuncios de televisión, ni en la web de Amazon. O sí, pero que están en un espacio atendido por personas para personas. Establecimientos que necesitan que tú vuelvas cada semana, si la excusa es devolver un envase retornable o rellenar uno reutilizable, buena es. Establecimientos que no tienen tarjeta de puntos que puedes cambiar en la gasolinera o la agencia de datos porque les dan igual tus datos. Lo que les importa es tu persona, la que vive cerca y pude ir cada semana a hacer una pequeña compra.

Sí, afortunadamente a alguien se le ha ocurrido la economía circular. Una utopía para avanzar a un modelo más sostenible. Pero si nos centramos en la parte de convertir residuos en materias primas nos quedamos muy cortos. Porque la cosa va de resolver necesidades permitiendo a otros (que conviven actualmente en el planeta con nosotros, o que vendrán más adelante), resolver las suyas. Y, por muy reciclable que sea el envase, las galletas fabricadas con aceite de palma, deforestando países lejanos y esclavizando a sus habitantes para recolectar cantidades ingentes de algo que no les permite satisfacer sus necesidades, sigue siendo bastante insostenible.

Insostenible es crear la necesidad de consumo al público infantil forrando esas galletas con personajes de dibujos. Tanto como que cierra las tahonas de los pueblos donde la bollería artesana (esa que no puede almacenarse durante meses ni recorrer miles de kilómetros porque sus ingredientes naturales dejan plazos de conservación mucho más cortos), se ve desplazada por el reclamo publicitario. Enlazarlo con la presión social y el acoso escolar igual es alargarlo mucho, vamos a dejarlo en ¿quién quiere unas sabrosas magdalenas hechas con aceite de oliva cuando la tendencia son unas insulsas galletas cuya lista de ingredientes incluye sospechosos habituales de causar enfermedades varias? ¿quién quiere el sabor y la textura de la receta de la abuela cuando puede exponerse al riesgo de padecer desde alteraciones endocrinas hasta cáncer?

Sí, claro que me pongo melodramático. Pero como consumidor la sustitución de un aceite por otro no me aporta nada. Es más, refiero el sabor y la textura de las magdalenas con aceite de oliva. Pero a la industria sí le aporta mucho. Vendidas al mismo precio un margen de beneficio increíblemente mayor. Y, sobre todo, la oportunidad de acceder a un mercado global al que no se llega con productos que se estropean en un par de semanas.

La generalización del uso del aceite de palma está en que alarga la duración de los productos permitiendo su almacenamiento, transporte… y envasado individual. ¿Qué sentido tiene vender cada magdalena en su bolsita de plástico? Cuando te las tienes que comer en la misma semana, poco, porque vas a comprar las justas para que no se te estropeen. Pero cuando duran meses dando vueltas por los armarios… Nuevamente el envase de usar y tirar como aliado del consumo insostenible.

En vez de subir media docena de magdalenas de la panadería, cargas un paquete de dos docenas en el supermercado… por si acaso. En este caso el problema, más allá de los ingredientes y su impacto en la salud de los tuyos, es el residuo: esos plásticos de usar y tirar que se puede permitir el proceso industrializado y que no tienen sentido en el escaso margen del proceso tradicional. ¿Qué pasaría si la corporación que vende las magdalenas envueltas una a una tuviese que recoger cada plastiquito en las tiendas donde se comercializa su producto? Por mucho que fuesen reciclables, las bolsitas individuales sólo tienen sentido en un proceso lineal: extrae materias primas muy baratas (aceite de palma) en lugares remotos y genera unos residuos (cajas de cartón con figuras de dibujos animados y envases unitarios) que no se volverán a destinar al mismo uso para el que fueron concebidos originalmente.

Por supuesto no se trata de volver al paleolítico, ni creo en el mito del buen salvaje. No hablo de descartar los avances que nos trajo la revolución verde. Creo que somos seres racionales, capaces de tomar decisiones y darnos cuenta de los impactos que generamos. De entender dónde hay problemas de escasez o dónde hay problemas de reparto o acceso a los recursos disponibles.

De ser conscientes de que el modelo de producción y consumo tiene elementos que favorecen esquemas más o menos sostenibles. Y de cuáles son las patas que sostienen esa sostenibilidad que nos proponemos alcanzar. De ver que tenemos recursos suficientes para hacer políticas sostenibles. De saber que los Objetivos de Desarrollo Sostenible son algo más que depositar residuos en contenedores de colores o que la economía circular va mucho más allá del mero reciclaje de envases de usar y tirar. Más circular es la reutilización y más sostenible es cuando se hace local y de proximidad.

Ni siquiera hablo de envases sí o envases no. Los envases son imprescindibles mientras siguen cumpliendo las tres funciones con las que abría este texto. Pero pueden hacerlo de una forma más o menos responsable y sostenible. Y la diferencia, sean de plástico, de vidrio, de metal o de barro cocido, es si son pensados para acumularse formando montañas de basura que legamos a las generaciones siguientes o si realmente pueden cerrar el círculo y volver al origen para seguir siendo envases. Quiero pensar que 2.000 años después hemos superado algo más que el arado romano.

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#EA26Con_ConsumeHastaMor, 13 diciembre 2018 de 18 a 19h.

Publicado en: #EA26 Educación Ambiental por Daniel Rodrigo. Texto original

Dicen en Consume hasta Morir que lejos de encontrarnos ante el consumidor históricamente más preparado, hoy estamos más que nunca faltos de utensilios que nos permitan delimitar entre tanto estímulo y tan abrumadora densidad informativa. Han crecido de forma espectacular los discursos, los eslóganes y las proclamas, pero seguimos adoleciendo de un vocabulario, como decía Baudrillard, que nos permita movernos entre una cadena incesante de objetos de consumo programados para dejar de funcionar; y sobre todo, seguimos apresados en la lógica de ese “progreso” tan irreal como el consumo infinito o las materias primas inagotables, a expensas de la explotación de buena parte de la humanidad y tras comprobar que nuestra felicidad depende de otras cosas. En este escenario, romper el monólogo del consumismo y cambiar los eslóganes por preguntas bien dirigidas (¿En qué condiciones se ha hecho ese producto? ¿Qué beneficios aporta su consumo?…) supone un ejercicio indispensable para un consumo mínimamente crítico y responsable: ¿hasta qué punto se Consume Hasta Morir?
Este es el punto de encuentro que queremos mantener desde la Educación Ambiental el próximo día 13 de diciembre de 18 a 19h en HastaMorir

Puedes leer y comentar el artículo completo en #EA26 Educación Ambiental

¿Moda sostenible? Ropa retornable.

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Tenemos un problema con nuestras prendas de vestir. La ropa que utilizamos está llenando los mares de microplásticos. En cada lavado se desprenden fibras de tamaño microscópico, tan pequeñas que no pueden ser retenidas en las depuradoras de aguas residuales, que pasan a la dieta de los animales acuáticos. Y acaban en nuestra mesa en forma de marisco, pescado… Con todo, y a pesar de que hay indicios de que todas las personas defecamos plástico, no es lo peor, ni lo único que se puede decir al respecto.

Cada año, más de 900.000 toneladas de residuos textiles acaban en los vertederos en España. El dato, comparado con los 22 millones de toneladas de residuos que generan los hogares españoles, es anecdótico. Pero si nos paramos a pensar en la huella ecológica que tiene transportar la ropa desde los países donde se fabrica o la ingente cantidad de agua que se necesita para hacer unos pantalones vaqueros, desde el cultivo del algodón hasta el tintado de las telas… la cosa cambia.

Gran parte del problema reside en que vivimos en un modelo de producción y consumo basado en productos de usar y tirar. Y la ropa no es ajena. Lo que no consigue la obsolescencia percibida (funciona muy bien con las víctimas de la moda, pero no tanto con quienes vivimos poco atentos a las tendencias, sin preocuparnos de si este año tocan líneas verticales, cuadros, o el estampado de turno), se arregla con obsolescencia programada: fibras y tejidos que se deshacen en cuatro lavados o se deforman irremediablemente después de unas semanas de uso.

Es el modelo de negocio: comprar, usar, tirar. Cuanto antes llegues al final antes vuelves a la casilla de salida. A pasar por caja. Para agilizar el proceso se van cambiando las materias primas. De la lana pasamos a las fibras sintéticas. De los telares a las fábricas chinas, de allí a la mano de obra todavía más barata de Bangladesh… una escalada de violencia infinita que se lleva por delante al medio rural, a los usos tradicionales del territorio, los derechos humanos, los peces del mar, nuestra salud… y el espacio disponible para acumular miles de toneladas de residuos que dejamos en herencia a las generaciones futuras.

Lo bueno es que todo esto tiene solución. Y es fácil. Basta con aplicar adecuadamente el principio de responsabilidad ampliada del productor: ¿pones en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos? Incorpora en tu modelo de negocio los costes ambientales, económicos y sociales que generan esos residuos. El cómo es lo que podemos discutir. ¿Más contenedores de colores? Quizá hay otro camino. Y está explorado.

La ventaja del textil, frente a otros flujos de residuos, es que estamos ante materiales muy, pero que muy, agradecidos. Muchos de los residuos textiles se pueden reutilizar, y la inmensa mayoría se puede reciclar. Es relativamente sencillo coger una prenda de ropa y recuperar las fibras que componen sus tejidos. Podemos utilizar el resultado del deshilachado para un sinfín de aplicaciones donde, directamente, no es necesario volver a tejer. Pero también podemos procesar las fibras y obtener hilos con los que hacer nuevos tejidos.

Pero voy más allá. Si realmente la industria asumiese el coste de recoger, procesar, gestionar y reciclar los residuos textiles quizá tendría incentivos para mejorar la durabilidad de la ropa que nos vende. No podemos olvidar que la ropa (y cualquier producto) es barata porque esconde costes en otras partes. Sí, las fibras de plástico son más baratas que la lana: porque nos ahorramos el sueldo de los esquiladores a costa de gastar petróleo en hacer hilos y en transportarlos (varias veces) de una punta a otra del planeta. Sí, tenemos camisetas baratas, que lo son porque salen de fábricas donde el trabajo es esclavo y se hace en unas condiciones de precariedad inhumana… ¿seguimos?

Por otro lado, insisto en la idea de que vivo ajeno a las modas que vienen y van (no sé si me gusta cómo suena en la voz de Loquillo), está la opción de pensar en la moda como servicio. Yo no tengo ninguna necesidad de poseer ropa: necesito ir vestido. Acudo a una tienda a comprar unos vaqueros porque los míos tienen un agujero en la entrepierna. Pero el resto del pantalón sigue siendo funcional. ¿Por qué tengo que pagar uno entero si, salvo el desgaste en las zonas de roce y las fibras que han escapado por del desagüe de la lavadora, el pantalón es plenamente funcional?

El concepto no es nuevo. En el ámbito de la energía se aplica a la oferta de confort térmico: en vez de comprar una caldera en propiedad y pagar el combustible que gasta, una empresa de servicios energéticos puede proveer una temperatura adecuada durante todo el año. Así, el negocio pasa de vender calderas a asegurarse de que estas tienen la mayor vida útil y el menor mantenimiento posible.

Algo similar ocurre con las flotas de automóviles compartidos: si el mantenimiento corre a cuenta de la empresa que presta el servicio, tendrá incentivos para hacerse con vehículos duraderos y que hagan un uso eficiente de la energía. Cambia el concepto del coche en propiedad como medio para satisfacen la necesidad de desplazamiento, al menos en la ciudad, gracias a la disponibilidad de vehículos eléctricos que tienen menos averías mecánicas.

Personalmente, si un establecimiento de proveyese de pantalones vaqueros, camisas azules y jerséis de lana grises, retornables me ahorraría muchos disgustos. El primero el de perder el tiempo probando modelos y marcas que se siguen empeñando que el número que indica la talla signifique cosas distintas simplemente cambiando de estantería dentro de una misma tienda. Si entre compra y compra pasan un par de años y no repites establecimiento… encontrar pantalones con los que te sientas cómodo se complica. Pagaría una tarifa plana, como hago con el teléfono, internet…

Dentro del incipiente movimiento por la moda sostenible son varias las corporaciones que han probado formas de fidelizar clientes concienciados con la sostenibilidad. Desde fabricar con criterios ambientales y sociales para poner en el mercado ropa acogida a etiquetado ecológico, hasta remunerar de manera simbólica a quienes devuelven ropa usada a los establecimientos.

Llegados aquí quizá merece la pena citar algunos ejemplos de lo que podría hacerse. La marca de calzado Dr. Marten mantuvo durante algún tiempo una línea con garantía “de por vida”. Recientemente (precisamente ahora que ando buscando unas botas) ha abandonado esta estrategia, justificando en que la sustituye por una línea similar.

También captó mi interés la iniciativa de El Corte Inglés con los vaqueros usados. A pesar de ser una experiencia puntual y limitada en el tiempo, ilustra muy bien el camino que podrían seguir las empresas textiles responsables y comprometidas con la sostenibilidad: vincularse a una empresa local (como Hiladuras Ferre en este caso) que recuperase las fibras para hacer prendas nuevas. El objetivo debería ser cerrar un modelo circular, de ciclo corto, cercano, sin largas cadenas de transporte de residuos y materias primas emitiendo gases de efecto invernadero y generando miseria por todo el planeta.

Dura más en el tiempo y parece que va dando frutos en la buena dirección la campaña de H&M. Sí, es solo una pequeña parte de un gran modelo de negocio donde hay una buena parte de usar y tirar. Pero también hay un poco de ecológico y algo de ropa retornable: una línea de prendas creadas a partir de tejidos usados. Una apuesta por algo que va teniendo forma circular: vender productos creados con los residuos de tus productos anteriores. Y que sirven para lo mismo para lo que servían la primera vez que los vendiste.

Los vaqueros, tejanos… dan mucho juego, tanto a las grandes corporaciones como a iniciativas más pequeñas y cercanas como esta que nos traía Yve. Es cuestión de buscar, pero ya hay mucha gente trabajando en recuperar la ropa que ya no quieres para hacer ropa nueva. O calzado.

Quizá también habría una oportunidad para la lana. Una fibra natural cada día más olvidada, con consecuencias que van más allá de la contaminación por microplásticos que causa la alternativa barata. Pero de eso ya hablamos otro día. Hoy me bastaba con ponerte otro ejemplo de que los sistemas de depósito, devolución y retorno no se agotan en los envases: pueden aplicar a cualquier cosa de usar y tirar. Incluida la ropa.

La recogida de ropa usada en los establecimientos que venden ropa nueva no supondrá el fin de las fibras en el fondo del mar, ni acabará con la extracción de materias primas. No será el paso definitivo para la moda sostenible. Pero, si otros agentes que viven de poner en el mercado productos que con su uso se convierte en residuos tomasen nota de los ejemplos de estos pioneros, reduciríamos significativamente el espacio que ocupamos en los vertederos con ropa de usar y tirar. Se mejoraría condiciones de trabajo en toda la cadena de valor. Se reducirían las emisiones de efecto invernadero…

¿Qué te parece la idea de ropa reutilizable? ¿Pagarías una cuota fija por el servicio de ir vestido en vez de por poseer la ropa que gastas en el día a día? ¿Qué prenda de tu armario o zapatero te gustaría haber comprado con garantía “para toda la vida”?

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Mares Circulares: ¿sostenibilidad o propaganda verde?

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Este verano se están publicando contenidos entusiastas sobre la campaña “Mares Circulares” de Coca Cola, una apuesta por la limpieza de las playas y las costas españolas iniciada por la famosa compañía de refrescos. La pregunta que, inevitablemente, me hago es ¿estamos ante una estrategia que nos lleva a avanzar en materia de sostenibilidad? o, más bien ¿es otra campaña de propaganda verde para que sigamos consumiendo compulsivamente sin cargo de conciencia? Si me acompañas, en los siguientes párrafos intento despejar dudas.

Antes de nada recordar que la propaganda verde, esa que utilizan las grandes corporaciones como estrategia para limpiar su imagen, se conoce internacionalmente como greenwashing. Es una herramienta para intentar explotar la creciente sensibilidad medio ambiental de los consumidores dentro de un modelo de negocio fundamentalmente insostenible. Hace algún tiempo María Agrelo escribió un artículo en que explica los distintos tipos de greenwashing. En su momento, Mariana también desgranó los pecados de quienes se disfrazan de verde.  Las enlazo por si quieres ampliar sobre la cuestión y porque son las definiciones que voy a utilizar para analizar la campaña de Coca Cola.

Pero, ¿qué es “Mares Circulares”? Básicamente, un proyecto cofinanciado por The Coca-Cola Foundation de Coca-Cola en España para limpiar nuestras costas y océanos. El objetivo final, fijado para 2025, es recoger el equivalente al 100% de las latas y botellas comercializadas, apostar por la innovación en envases sostenibles y reciclables y fomentar la cultura de la reutilización y el reciclaje. En concreto, para 2018 se proponen recoger 250 toneladas de residuos, 25 de las cuales serán plásticos PET. Se habrán llevado a cabo acciones de limpieza en 80 playas y en todas las reservas marinas de España, y se habrá involucrado a grandes puertos para la recogida de residuos de fondos marinos. Suena bien ¿verdad? Veamos en cuantos puntos caemos en el greenwhasing:

1 Soluciones falsas a problemas reales.

Tenemos un problema real: el exceso de envases de usar y tirar. Más bien el impacto social, económico y ambiental del modelo de consumo basado en envases de usar y tirar. ¿Propone Coca Cola alguna solución a este problema?

A pesar de su campaña “Mares Circulares”, Coca Cola seguirá vendiendo en España productos en envases de usar y tirar que acabarán abandonados en calles, parques, jardines, cunetas, campos y playas. Lleva siendo así desde que Coca Cola, y otros muchos envasadores, dejaron de utilizar envases reutilizables.

Recoger una cantidad en peso de residuos equivalente a la que se pone en el mercado cada año está bien. El problema son las toneladas de residuos que se pusieron en el mercado en las décadas anteriores y han quedado allí abandonadas. ¿Soluciona Coca Cola este problema con su campaña “Mares Circulares”?

Si la corporación se limita a recoger la misma cantidad de envases que pone en el mercado no está solucionando el daño que su negocio ha causado históricamente a nuestros ecosistemas. ¿Será que es precisamente eso lo que se intenta ocultar con esta estrategia de lavado de imagen?

2 Presumir de cumplimiento legal obligatorio:

Resulta que Coca Cola ya está obligada a recoger los residuos de los envases que pone en el mercado. No es una norma nueva, lleva vigente desde 1997. Para los que no la conozcan se trata de la Ley 11/1997, de 24 de abril, de Envases y Residuos de Envases. La he traído más veces a este blog, pero, por si es la primera vez que vienes por aquí te recuerdo la obligación principal de esta norma:

Artículo 6. Obligaciones.

1. Los envasadores y los comerciantes de productos envasados o, cuando no sea posible identificar a los anteriores, los responsables de la primera puesta en el mercado de los productos envasados, estarán obligados a:

  • Cobrar a sus clientes, hasta el consumidor final y en concepto de depósito, una cantidad individualizada por cada envase que sea objeto de transacción.
  • Aceptar la devolución o retorno de los residuos de envases y envases usados cuyo tipo, formato o marca comercialicen, devolviendo la misma cantidad que haya correspondido cobrar de acuerdo con lo establecido en el apartado anterior.

Resulta que Coca Cola tendría que estar haciéndose cargo de los residuos de envases de los productos que vende desde 1997 y lanza una campaña de publicidad en la que se compromete ha encargarse de ellos en 2025. Me disculpen pero creo que ya tengo un veredicto ¿seguimos?

3 Falta de datos.

Uno de los motivos del retraso en la publicación de este artículo frente a la aparición de la campaña es que todavía estoy esperando datos ¿Alberto no vas a escribir sobre “Mares Circulares” en tu blog? Por supuesto, pero quería estar seguro de no meter la pata en esto. Pregunté en twitter sobre los datos y la empresa respondió con su campaña. Sin datos.

¿Cómo sabemos las personas a las que va dirigida la campaña si Coca Cola cumple o no con su compromiso? ¿Cuantos envases pone en el mercado, por tipo de material, la empresa? ¿Cuantos tiene proyectado vender de aquí a 2025? ¿Cuantos ha vendido desde la entrada en vigor de la Ley 11/1997, de 24 de abril, de Envases y Residuos de Envases?

La falta de datos públicos y transparencia sobre el impacto y alcance real es otro síntoma más de que algo falla en la estrategia. Una campaña verdaderamente responsable empezaría por poner esa información sobre la mesa.

4 Responsable, pero solo a medias.

¿Coca Cola va a recoger los residuos? Pues parece que no, que el objetivo de la campaña es que sean ONG, entidades locales, cofradías de pescadores y voluntarios quienes se mojen el culo. La limpieza de playas y recogida de residuos podría hacerse con profesionales pagados por la multinacional de los refrescos, pero no es el caso.

La opción elegida es una estrategia básica de la publicidad: la marca como el centro de la actividad.  En vez de asumir los costes de una solución profesional al problema Coca Cola se posiciona como el voluntariado ambiental en materia de residuos, generando una imagen de compromiso en un público objetivo que viene de casa con una cierta conciencia ambiental y el cargo de conciencia de consumir los productos de una empresa que no es verde ni sostenible.

5 Falsas certificaciones.

Si bien en este caso no hay etiquetas de por medio, la corporación del refresco se ha procurado el apoyo de distintas administraciones públicas y determinadas ONG que empiezan a ser sospechosas habituales en este tipo de acciones corporativas. Todos quieren salir bien en la foto, así que… dientes, dientes.

El problema es que esas ONG están cuidadosamente seleccionadas por su dependencia económica de la industria del envase de usar y tirar o por ser organizaciones que no van a cuestionar el problema de fondo. Es más, recurriendo a ellas Coca Cola se asegura que la información que se levante durante la campaña está a buen recaudo y va a ser tratada y publicada conforme a los intereses corporativos de la empresa.

De esta forma la compañía podrá emitir notas de prensa e informes que parecerán avalados por el activismo ambiental o la ciencia ciudadana, cuando realmente están controlados por la corporación desde el primer minuto.

6 Irrelevancia.

Este es uno de los pecados de todas las campañas de recogida de residuos iniciadas por las corporaciones de la distribución de productos envasados. En el modelo de negocio de Coca Cola está dejar de utilizar envases de usar y tirar, que sería una medida de peso para solucionar el problema.

Y si hablamos de cifras, más todavía ¿Qué son 250 toneladas frente a 20 millones de toneladas?

¿Qué porcentaje suponen 250 toneladas frente al total de los envases abandonados en el mar? ¿Qué son 80 playas frente al total del litoral español? Que sí, que algo es algo. Cierto, menos es nada. ¿Quién se va a quejar de que la empresa que se forra vendiendo envases de usar y tirar utilice voluntarios para ir a recogerlos donde acaban abandonados? La dimensión y el alcance de la campaña hablan de propaganda, no de sostenibilidad.

7 Palabras bonitas.

“Mares Circulares”. La campaña podría haberse llamado Basuraleza, pero ya estaba pillada. Circular es tendencia. La Fundación Ellen MacArthur puso la Economía Circular sobre la mesa y es un término que suena con fuerza ¿Por qué no intentar apropiarse de un concepto bonito para una campaña de greenwashing? Y… El mar. La mar. El mar. ¡Sólo la mar!

8 Solución al final de la tubería.

Si la mayoría de los residuos que hay en el mar provienen de tierra y llegan allí arrastrados por los ríos ¿Por qué no solucionar el problema en el origen? ¿Por qué no prevenir la producción de residuos de envases de usar y tirar en los grandes centros de consumo?

Mientras no cerremos la fuente del problema no lo resolveremos. No es más limpio el que mucho limpia… pero si necesitas que te lo diga Sadhguru, aquí lo tienes: primero limitar los plásticos de usar y tirar. Después podremos recoger los que están abandonados en la naturaleza.

Y ahora… ¿qué?

Está claro, estamos ante una campaña de lavado de imagen verde que no hace que la multinacional sea más sostenible ni soluciona el problema de los envases de usar y tirar. Pero… ¿qué le decimos a Coca Cola? Bien, voy a intentar responder a esta pegunta (otra vez, a ver si así queda más claro) con unos mensajes breves:

Centrar una campaña de publicidad corporativa en un incumplimiento manifiesto de una responsabilidad legal demuestra la escasa capacidad de la compañía de incorporar compromisos ambientales a su discurso.  No en vano sabemos, gracias a aquel famoso Coke Leak, que la multinacional de los refrescos trabaja contra las medidas relacionadas con la salud y el medio ambiente que los gobiernos europeos intentan promover. Que no sea un escándalo mediático demuestra el control que la multinacional ejerce sobre los medios de comunicación.

Precisamente en esta hoja de ruta está el cambio que la corporación tendría que llevar a cabo para mejorar en materia de sostenibilidad: asumir los costes sanitarios y ambientales de su modelo de negocio. En la parte ambiental:

  • Volver a los envases reutilizables: la inmensa mayoría de los envases que comercializa Coca Cola en España son de usar y tirar. No solo las latas y botellas de plástico. También las rediseñadas botellas de vidrio utilizadas en hostelería ¿Te has fijado que las botellas de los bares son cada vez más finas y cada vez es más raro encontrar en ellas las características bandas de rodadura que dejan las cadenas de limpieza y rellenado de envases reutilizables?
  • Disminuir las cadenas de distribución: si ha Coca Cola le preocupa la huella de carbono ¿por qué cierra embotelladoras cercanas a los grandes centros de consumo? ¿Nos hemos olvidado de la polémica con la planta de Fuenlabrada? En una clara apuesta por la economía lineal, la empresa primero cerró y después convirtió la fábrica en centro logístico. Un punto de apoyo para la distribución de envases de usar y tirar. No solo ilustra la incoherencia de su discurso ambiental, también es un ejemplo de cómo la corporación trata a sus trabajadores. Fabricar lejos más barato y transportar muchos kilómetros no es sostenible. Va en contra de la economía circular. Destruye puestos de trabajo y precariza los existentes… Aumenta la producción de residuos y las emisiones de efecto invernadero. Pero eso da igual.
  • Reinventar la forma en la que lleva el producto a los consumidores: la inmensa mayoría de lo que hay dentro de un envase de Coca Cola es agua. Con mucho azúcar y otros ingredientes en una proporción menor. La magia del negocio de la corporación de los refrescos es cobrar a sus clientes es cobrar a 1 euro el litro lo que vale mil veces menos. El agua de grifo te cuesta 1 euro el metro cúbico. ¿Por qué cuando te la mezclan con azúcar, aromas y colorantes pagas mil veces más? Porque va en lata y tiene una etiqueta de Coca Cola. La diferencia es que el agua de los refrescos esquilma el recurso en centros donde cada vez concentra más la producción y recorre miles de kilómetros, con sus pertinentes emisiones de efecto invernadero. Si la empresa tuviese verdadera intención de reducir su huella ecológica en términos de agua y emisiones de efecto invernadero… vendería el producto en polvo para que tú lo mezclases con el agua de tu grifo.

Así pues, a la vista del encaje de la campaña Mares Circulares en las características propias del greenwashing y la existencia de alternativas para abordar el problema real que se intenta ocultar con esta estrategia publicitaria, para mí no es más que eso: publicidad verde.

Una campaña de greenwashing que trata de capitalizar la creciente conciencia ambiental sobre el problema ambiental de los envases de plástico para mejorar la imagen de marca de una corporación que es responsable del daño. Y que no tiene propósito de enmienda.

Y tú, ¿qué crees? ¿Realmente Mares Circulares convierte a Coca Cola en una compañía más sostenible? ¿Es fácil evitar el greenwashing? Tienes los comentarios a tu disposición para compartir opinión, inquietudes y datos para el debate.

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Productos con dos historias

Publicado en: La Hipótesis Gaia por isa. Texto original

Hoy quiero compartir una entrada especial, ¿alguna vez te has preguntado cuál es la historia que  hay detrás de los productos que compras?

Te voy a contar las #HistoriasQueQuerrásComprar

La historia que hay tras cada uno de los productos puede ser muy diferente. En algunos casos pueden ser historias de progreso, de éxito, pero también puede haber historias de explotación o pobreza. ¿No sería estupendo poder tener la certeza de que detrás de lo que compras hay una historia de solidaridad y superación? Pues bien, hay productos que sí te lo pueden asegurar.

Aunque ya en otra ocasión hablé sobre los productos de comercio justo y los falsos mitos que en ocasiones le acompañan, en esta ocasión me gustaría hablar de los productos Tierra Madre.

Tierra Madre es la marca de alimentación de comercio justo de Oxfam Intermón y tiene una bonita historia detrás de cada uno de sus productos.

Historias sostenibles

Los productos son cultivados de forma tradicional, respetando el entorno. Además, los productores reciben información y educación sobre como mejorar sus cosechas y hacerlas más productivas manteniendo la protección al entorno.

#HistoriasQueQuerrásComprar

Historias de progreso

A través de las primas sociales que reciben los productores se logra que toda la comunidad y entorno se beneficie de sus beneficios. La prima de comercio justo es un pago adicional dentro del sistema de Etiquetado de comercio Justo con la intención de ser una herramienta para el desarrollo socioeconómico y para el empoderamiento de las comunidades productoras.

Historias justas

Menos intermediarios significa también que los productores reciben un precio más justo por el trabajo que realizan.  A través de este sistema también existe una protección a los productores frente a los cambios que se puedan producir en el mercado debidos a la especulación, permitiendo una mayor estabilidad y seguridad.

Historias de cooperación

A través de la asociación en cooperativas y a través del sistema de comercio justo los productos pasan por menos intermediarios hasta llegar a los consumidores. El cooperativismo es la forma jurídica más habitual de las organizaciones productoras de Comercio Justo. La combinación de la producción colectiva y la comercialización justa se ha demostrado como la fórmula más eficiente de desarrollo sostenible en el ámbito rural de los países en desarrollo.

#HistoriasQueQuerrásComprar

Puedes encontrar los productos Tierra Madre con facilidad, en este enlace te dejo la ubicación de muchas tiendas.

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Carro de la compra contra las bolsas del plástico

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Me sumo a la campaña #YoUsoMiBolsa presentando mi alternativa: el carro de la compra. Desde que tengo uso de razón, en mi casa siempre se ha utilizado carro de la compra. Y al poco de emanciparme entendí la necesidad de hacerme con uno: permite llevar la carga rodando por el barrio, haciendo la vuelta desde el mercado, el súper o la frutería mucho más cómodo y agradable.

La principal precaución que debes tomar en su uso es la distribución de la carga. No es una buena idea poner la docena de huevos abajo del todo. Por lo demás es una práctica muy recomendable a todas las edades, con independencia de tu estilo de compra. Tiene dos ventajas fundamentales:

  • Reduce la necesidad de bolsas. En un carro puedes llevar una gran cantidad de productos sin necesidad de meterlos en una bolsa. Si bien es cierto que, salvo que acudas con tu propia tartera a la pescadería, hay cosas que es mejor que te las presenten en una bolsa de plástico bien atada. Más si puedes reutilizar ese mismo envase para encerrar los restos y llevarlos al contenedor correspondiente.
  • Aumenta tu capacidad de carga sin consumir combustibles fósiles. Vale, no cabe lo mismo que en un maletero, pero sí te permite llevar un par de decenas de litros de leche, unos refrescos y unas cervezas sin necesidad de ir en coche a por ellos. El peso apoya en las ruedas y, en función de la configuración de las mismas, solo tienes que empujar un poco para llevar cómodamente 30 o 40 kilos de compra.

Sí, mi carro también está fabricado, fundamentalmente, en plástico. Pero tiene una vida útil que compensa con creces la cantidad de plástico de usar y tirar que generaría en su ausencia. Quizá sea una buena línea de trabajo para emprendedores concienciados: fabricar carros con materiales ligeros y sostenibles, como fibras y estructuras vegetales. Si hacen bicicletas de bambú ¿cómo no van a proponer alternativas para el carro de la compra?

La pega principal para este invento son los escalones, pero hay distintas soluciones que permiten salvarlos con un tirón y más o menos esfuerzo. Mi carro tiene la ventaja de que es plegable y se mantiene en pie por sí mismo, pero en contra no cuenta con esos sistemas de tres ruedas que giran cuando encuentran un obstáculo.

Y sí, dentro hay una colección de bolsas de rafia, algodón y materiales varios que voy coleccionando, sobre todo, en ferias y eventos para reemplazar las bolsas de plástico de usar y tirar. Me ayudan a distribuir la compra y aumentan mi capacidad de carga. Seguro que me has visto alguna vez empujando el carro y con una bolsa en cada hombro… es lo que tiene cuando a parte de la comida tienes que volver a casa con pañales, papel higiénico, gusanitos… Nos vemos en la compra.

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