Categoría: Decrecimiento

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La necesidad de decrecer


“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”, decían los autores de “Los Límites del Crecimiento” en 1972. Hoy, cuarenta años después, estamos viviendo la convergencia de varias crisis en una crisis sistémica que algunos autores achacan a la llegada del cenit de la capacidad de crecimiento mundial. Vamos a ser testigos y participantes de una transición desde décadas de crecimiento económico hacia décadas de contracción económica.

¿Por qué?

Para acercarnos a esta complicada cuestión debemos realizar un análisis de todo el sistema que sustenta a las comunidades humanas modernas. Podemos afirmar que los problemas socioambientales y económicos que hoy padecemos son problemas socioconductuales. Hoy día, por mucho que la realidad nos muestre que algo no encaja, continuamos teniendo una visión de la economía como si de un sistema individual y aislado se tratase, hemos montado nuestras sociedades en torno a esa premisa y nos comportamos en consecuencia. Sin embargo, la economía no puede ser otra cosa que un subsistema de un sistema más grande: el ecosistema Tierra.

El proceso económico es una transformación física del capital natural, de baja entropía, en productos útiles para el ser humano que, posteriormente, desechará como residuos, sacando materiales y energía de sus ciclos naturales y aumentando la entropía. El crecimiento económico, dios de economistas de muy diverso signo, es un incremento exponencial de este proceso, lo que agrava los problemas derivados del proceso económico que actualmente rige nuestras sociedades.

Por consiguiente, el resultado de cualquier sociedad o sistema que no abandone a tiempo las ansias de crecimiento es la insostenibilidad. Y será así incluso en el caso de que se añada por doquier la palabra “sostenible”. El tan maltratado concepto de sostenibilidad seguirá siendo un adorno sin sentido mientras no integremos en nuestras vidas la premisa de que no podemos hablar de un desarrollo sostenible si seguimos en la espiral de crecimiento. No podemos hablar de sostenibilidad si seguimos produciendo residuos a una velocidad mayor de la que necesita el ecosistema para reintegrarlos en los ciclos biogeoquímicos. No podemos hablar de sostenibilidad si explotamos los recursos renovables más rápido de lo que tarda la naturaleza en restaurarlos. Y no podemos hablar de sostenibilidad si basamos nuestras sociedades en la explotación creciente de recursos no renovables.

Todo esto está causado, en gran medida, por la absurda creencia de que un sistema inferior (economía) puede estar por encima de un sistema superior (Tierra). Mientras esto siga así, continuaremos padeciendo (y agravando) las consecuencias de lo que podemos denominar un problema de escala.

Una de esas consecuencias, quizá la más importante, es la llegada a los límites ecológicos y de disponibilidad energética del planeta.

La huella ecológica mundial es de 2,6 hectáreas globales per cápita (Ecological Footprint Atlas, 2009), sobrepasando con holgura la media de hectáreas por persona que tenemos en nuestro planeta (1,8). Pero, además, esta media oculta las grandes diferencias con respecto a los distintos países. Los países más enriquecidos tienen una huella ecológica de 6,4 hectáreas por persona a costa de los más empobrecidos, que no llegan a 1 hectárea por persona. Con ello podemos afirmar que el modo de vida de los países más “desarrollados” no es extensible al resto del planeta, ya que si todos los habitantes de la Tierra adoptáramos el modo de vida estadounidense, por ejemplo, necesitaríamos cinco planetas. Así pues, la huella ecológica evidencia que debemos exigir una reducción de los niveles de producción y consumo de dichos países para situarnos en los límites ecológicos y cumplir los requisitos de la justicia social y pone de manifiesto las relaciones entre los modelos de desarrollo, los hábitos de vida y los problemas socioambientales y económicos.

Muy estrechamente unidas a los límites ecológicos se encuentran las limitaciones de disponibilidad energética. Durante estos primeros años del siglo XXI hemos llegado a una situación urgente desde el punto de vista energético. El paso por el máximo productivo (cenit) del petróleo crudo (en 2006 según la Agencia Internacional de la Energía) dio por finalizada la era del petróleo fácil y barato. Es más, no podemos aumentar mucho más la cantidad de energía disponible anualmente para las actividades humanas en el planeta. Por tanto, y teniendo en cuenta que todas las materias energéticas no renovables siguen una curva de explotación que siempre tiene una fase terminal de declive, que todas ellas están ya cerca de su máximo productivo, o lo han pasado ya, y que no es posible que ninguna otra fuente energética conocida actualmente pueda ofrecer la misma cantidad de energía y en las mismas condiciones, estamos abocados a un descenso energético prolongado y de gran magnitud.

El horizonte que se dibuja para los próximos años es muy sombrío, puesto que la energía es precursora de la actividad económica y faltando energía la crisis se agravará cada vez más. La economía mundial está jugando un juego de suma cero, con un pastel cada vez más pequeño a repartir, y no serán suficientes meros ajustes técnicos en los sistemas productivos para evitar fuertes tensiones.

La situación en la que nos encontramos nos reta a plantearnos los fundamentos mismos en los que se basa nuestra civilización. Debemos analizar, sin miedos, las raíces de nuestro pensamiento para construir otra sociedad que pueda asumir y amortiguar el impacto de lo que se nos viene encima. Es necesario organizarnos y planificar, por tanto, el decrecimiento. Pero no un decrecimiento entendido como la visión especular del crecimiento del PIB, sino un decrecimiento que cree nuevas respuestas para problemas que nunca hemos enfrentado. Porque el decrecimiento tan sólo resulta posible en una ‘sociedad del decrecimiento’, es decir, en el marco de un sistema que se base en otra lógica. Para ello es necesario hacer un análisis radical de las actitudes, valores, creencias y concepciones que subyacen en nuestras sociedades, con el objetivo de descolonizar nuestro imaginario. Es una tarea compleja, pero totalmente necesaria antes de poder construir una alternativa coherente en dicha sociedad del decrecimiento. El gran desafío consiste en romper los círculos, que son también cadenas, para salir del laberinto que nos mantiene prisioneros.

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La necesidad de decrecer


“Si se mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, industrialización, contaminación ambiental, producción de alimentos y agotamiento de los recursos, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”, decían los autores de “Los Límites del Crecimiento” en 1972. Hoy, cuarenta años después, estamos viviendo la convergencia de varias crisis en una crisis sistémica que algunos autores achacan a la llegada del cenit de la capacidad de crecimiento mundial. Vamos a ser testigos y participantes de una transición desde décadas de crecimiento económico hacia décadas de contracción económica.

¿Por qué?

Para acercarnos a esta complicada cuestión debemos realizar un análisis de todo el sistema que sustenta a las comunidades humanas modernas. Podemos afirmar que los problemas socioambientales y económicos que hoy padecemos son problemas socioconductuales. Hoy día, por mucho que la realidad nos muestre que algo no encaja, continuamos teniendo una visión de la economía como si de un sistema individual y aislado se tratase, hemos montado nuestras sociedades en torno a esa premisa y nos comportamos en consecuencia. Sin embargo, la economía no puede ser otra cosa que un subsistema de un sistema más grande: el ecosistema Tierra.

El proceso económico es una transformación física del capital natural, de baja entropía, en productos útiles para el ser humano que, posteriormente, desechará como residuos, sacando materiales y energía de sus ciclos naturales y aumentando la entropía. El crecimiento económico, dios de economistas de muy diverso signo, es un incremento exponencial de este proceso, lo que agrava los problemas derivados del proceso económico que actualmente rige nuestras sociedades.

Por consiguiente, el resultado de cualquier sociedad o sistema que no abandone a tiempo las ansias de crecimiento es la insostenibilidad. Y será así incluso en el caso de que se añada por doquier la palabra “sostenible”. El tan maltratado concepto de sostenibilidad seguirá siendo un adorno sin sentido mientras no integremos en nuestras vidas la premisa de que no podemos hablar de un desarrollo sostenible si seguimos en la espiral de crecimiento. No podemos hablar de sostenibilidad si seguimos produciendo residuos a una velocidad mayor de la que necesita el ecosistema para reintegrarlos en los ciclos biogeoquímicos. No podemos hablar de sostenibilidad si explotamos los recursos renovables más rápido de lo que tarda la naturaleza en restaurarlos. Y no podemos hablar de sostenibilidad si basamos nuestras sociedades en la explotación creciente de recursos no renovables.

Todo esto está causado, en gran medida, por la absurda creencia de que un sistema inferior (economía) puede estar por encima de un sistema superior (Tierra). Mientras esto siga así, continuaremos padeciendo (y agravando) las consecuencias de lo que podemos denominar un problema de escala.

Una de esas consecuencias, quizá la más importante, es la llegada a los límites ecológicos y de disponibilidad energética del planeta.

La huella ecológica mundial es de 2,6 hectáreas globales per cápita (Ecological Footprint Atlas, 2009), sobrepasando con holgura la media de hectáreas por persona que tenemos en nuestro planeta (1,8). Pero, además, esta media oculta las grandes diferencias con respecto a los distintos países. Los países más enriquecidos tienen una huella ecológica de 6,4 hectáreas por persona a costa de los más empobrecidos, que no llegan a 1 hectárea por persona. Con ello podemos afirmar que el modo de vida de los países más “desarrollados” no es extensible al resto del planeta, ya que si todos los habitantes de la Tierra adoptáramos el modo de vida estadounidense, por ejemplo, necesitaríamos cinco planetas. Así pues, la huella ecológica evidencia que debemos exigir una reducción de los niveles de producción y consumo de dichos países para situarnos en los límites ecológicos y cumplir los requisitos de la justicia social y pone de manifiesto las relaciones entre los modelos de desarrollo, los hábitos de vida y los problemas socioambientales y económicos.

Muy estrechamente unidas a los límites ecológicos se encuentran las limitaciones de disponibilidad energética. Durante estos primeros años del siglo XXI hemos llegado a una situación urgente desde el punto de vista energético. El paso por el máximo productivo (cenit) del petróleo crudo (en 2006 según la Agencia Internacional de la Energía) dio por finalizada la era del petróleo fácil y barato. Es más, no podemos aumentar mucho más la cantidad de energía disponible anualmente para las actividades humanas en el planeta. Por tanto, y teniendo en cuenta que todas las materias energéticas no renovables siguen una curva de explotación que siempre tiene una fase terminal de declive, que todas ellas están ya cerca de su máximo productivo, o lo han pasado ya, y que no es posible que ninguna otra fuente energética conocida actualmente pueda ofrecer la misma cantidad de energía y en las mismas condiciones, estamos abocados a un descenso energético prolongado y de gran magnitud.

El horizonte que se dibuja para los próximos años es muy sombrío, puesto que la energía es precursora de la actividad económica y faltando energía la crisis se agravará cada vez más. La economía mundial está jugando un juego de suma cero, con un pastel cada vez más pequeño a repartir, y no serán suficientes meros ajustes técnicos en los sistemas productivos para evitar fuertes tensiones.

La situación en la que nos encontramos nos reta a plantearnos los fundamentos mismos en los que se basa nuestra civilización. Debemos analizar, sin miedos, las raíces de nuestro pensamiento para construir otra sociedad que pueda asumir y amortiguar el impacto de lo que se nos viene encima. Es necesario organizarnos y planificar, por tanto, el decrecimiento. Pero no un decrecimiento entendido como la visión especular del crecimiento del PIB, sino un decrecimiento que cree nuevas respuestas para problemas que nunca hemos enfrentado. Porque el decrecimiento tan sólo resulta posible en una ‘sociedad del decrecimiento’, es decir, en el marco de un sistema que se base en otra lógica. Para ello es necesario hacer un análisis radical de las actitudes, valores, creencias y concepciones que subyacen en nuestras sociedades, con el objetivo de descolonizar nuestro imaginario. Es una tarea compleja, pero totalmente necesaria antes de poder construir una alternativa coherente en dicha sociedad del decrecimiento. El gran desafío consiste en romper los círculos, que son también cadenas, para salir del laberinto que nos mantiene prisioneros.

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En busca del Empleo Verde

¿El Empleo Verde es una realidad? Lo cierto es que sí, aunque los ambientólogos lo tengamos complicado para poder acceder a él, además de lejos, porque existe pero no en España. Esa es la idea más clara que me traje del seminario sobre Empleo Verde que se celebró el pasado martes, 30 de octubre, en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Montes de la Universidad Politécnica de Madrid, organizado por la Cátedra Ecoembes y el Grupo de Innovación Ambiental de la UPM.

Las intervenciones durante el acto corrieron a cargo de Belén Vázquez, coordinadora del máster en gestión sostenible de los residuos, Igor González, de Eurocontrol, Antonio Barba, de DGM y Antonio Rodríguez Mendiola, de Befesa, las tres empresas con una importante presencia internacional.



Sin duda, es de especial relevancia el peso de los mercados emergentes, como Asia o Latinoamérica, cuando se habla de empleo verde. En países como Brasil, México, Argentina, Colombia, China o India, el medio ambiente está aún en pañales, muchos ni siquiera tienen una legislación al respecto y la poca existente suele ser una copia literal de la europea o la estadounidense.

Los países emergentes de Latinoamérica y Asia albergan las mayores oportunidades de empleo verde en la actualidad.

Por ello, las oportunidades de empleo en estos lugares son altas, máxime si tenemos en cuenta que son empresas internacionales (con especial incidencia de las españolas en Latinoamérica) las que se están encargando de potenciar este sector. Desde la redacción de las leyes hasta la puesta en marcha de proyectos, hay un amplio abanico de posibilidades... pero, ¿para quién?

“Principalmente ingenieros y químicos”, nos dice sin un ápice de duda Rodríguez Mendiola, antes de caer en la cuenta de que los ambientólogos ocupamos aproximadamente el 50% de los asientos. Luego se explica: un licenciado en ciencias ambientales no está capacitado para las fases iniciales de un proyecto, como puede ser la construcción o la implementación. Es más adelante, según el representante de Befesa, cuando pueden participar, a la hora de implantar sistemas de gestión, calidad o consultoría.

Aquí llama la atención la facilidad que tienen en el mundo laboral de solicitar ingenieros, sin especificar la rama (¿tendrán las mismas aptitudes un ingeniero de montes, uno industrial o un agrónomo?) y lo que les cuesta pensar en los licenciados en “nuevas” especialidades, considerando aquí las ciencias ambientales como relativamente modernas, en contraposición con las carreras clásicas. 

Las empresas reclaman ingenieros y químicos para los empleos verde, no piensan en los licenciados en ciencias ambientales. 

La conclusión a la que llegamos en la sala, después de un debate con amplia participación, es que las empresas no saben a qué se puede dedicar un ambientólogo, por ello no los reclaman. No obstante, una vez que cuentan con ellos en sus plantillas, los resultados son satisfactorios, pero el lastre de tener que explicar para qué sirve tu licenciatura es demasiado pesado.

La necesidad de los licenciados en medio ambiente es definirnos, según destaca Belén Vázquez durante el intercambio de ideas, para lo cual sería un buen primer paso la instauración de un Colegio Oficial, que llevamos años necesitando y no termina de surgir. Si las empresas supieran lo que podemos hacer, cuáles son nuestras potencialidades, quizás nos reclamarían más. Pero las oportunidades están ahí y el hecho de que nuestra licenciatura no sea tan conocida como otras no debe ser óbice para luchar por cualquier trabajo del sector ambiental.

Sin embargo, el poco reconocimiento no es el único problema para los ambientólogos, existe otro, más grave y que no solo nos afecta a nosotros sino al conjunto de la sociedad; no voy a decir nada nuevo, me refiero a la situación económica en el mundo. Coinciden los ponentes en que la crisis afecta fuertemente al sector verde. Por lo tanto, en España, como en otros países ricos, tenemos una doble penalización: el sector ambiental está ya muy explotado y además se han reducido las partidas para nuevos proyectos. El dinero disponible en nuestro país para la inversión pública es prácticamente nulo, por ello las empresas españolas se están fijando en Hispanoamérica, aprovechando las ventajas de hablar el mismo idioma. 

Hay que renovar el sector verde de los países ricos, pero no hay dinero para hacerlo.

En el Primer Mundo ahora es tiempo de actualizarse. Muchos de los sistemas implantados se van quedando obsoletos y necesitan una renovación, pero esta no podrá llevarse a cabo mientras continúen los problemas de financiación. Hasta entonces, no quedará más remedio que fijarse en los mercados emergentes, donde palabras como eficiencia, sostenibilidad o medio ambiente comienzan a ser cotidianas.

¿El resumen? Existe el empleo verde, pero ahora mismo está sobre todo en los países emergentes. Los profesionales más requeridos son ingenieros y químicos, pero los ambientólogos debemos luchar por ocupar el sitio que nos corresponde.

Algunos datos interesantes sobre empleo verde:

El 70% de los residuos acaban en vertederos. Son materiales que se podrían reutilizar como materias primas y se están desaprovechando. Esta es una gran oportunidad para las empresas verdes.

Organismos oficiales como la Fundación Biodiversidad, en España, o el PNUMA de las Naciones Unidas, a nivel internacional, defienden la existencia del empleo verde. El hecho de que las instituciones gubernamentales tengan que refutar su propia existencia dice muy poco sobre la credibilidad que ofrece. 

“Hacia el trabajo decente en un mundo sostenible y con bajas emisiones de carbono”. Esta bonita sentencia es uno de los lemas del empleo verde, pero no suena más que a otro de los intentos de la economía verde por apaciguar las reivindicaciones en materia ambiental sin cambiar el modelo.

Se mencionó la idea de que la crisis favorece el cambio hacia los empleos verdes, un comentario oportunista y complicado de demostrar con datos irrefutables; claro que datos para la libre interpretación siempre hay, como los que utiliza Guillermina Yanguas para afirmar que los empleos verdes han aumentado un 235% en los últimos 10 años y calificarlo como éxito.
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La Economía Verde, el nuevo callejón sin salida

Esa es, al menos, la idea que me traje de la jornada organizada por la Fundación IPADE, Unesco Etxea y Coalición Climael pasado miércoles 17 de octubre, en La Casa Encendida de Madrid. Bajo el título “El Río+20 que nos lleva: ¿es ese el futuro que queremos?”, el objetivo de este seminario era plantear las conclusiones de la cumbre de Río de Janeiro del pasado junio y exponer el nuevo marco en el que debe desenvolverse durante los próximos años el medio ambiente, bajo la tutela del capitalismo. La nueva denominación para este proceso es economía verde, que viene a sustituir al ya trillado desarrollo sostenible.

La segunda cita del día, tras la apasionante intervención de Jeromo Aguado y Juan Luis Sánchez, fue con Roberto Bissio, director del Instituto del Tercer Mundo y coordinador de Social Watch, una red internacional de organizaciones ciudadanas preocupadas por la igualdad y la erradicación de la pobreza. La entrevista fue realizada por Susana Hidalgo, periodista y colab oradora de eldiario.es.


Bissio comenzó su alocución planteando la siguiente pregunta: ¿hay espacio para el medio ambiente con la crisis? Sin duda, este punto es fácil de comprobar: no lo hay. Por mencionar el caso más cercano, la grave crisis nacional que asola España está suponiendo recortes presupuestarios en áreas tan delicadas como la educación o la sanidad públicas y deja poco margen para la preocupación ambiental. De hecho, casi parece un sacrilegio hablar del entorno cuando hay más de 5 millones de desempleados y un 21% de la población está por debajo del umbral de riesgo de pobreza, es decir, con su independencia económica pendiente de un hilo.

La economía verde repite el error de querer resolver los problemas ambientales mediante los mismos mecanismos que los han creado.

El medio ambiente está siendo uno de los mayores damnificados de esta crisis global que se alarga ya más de cuatro años, pero la solución que ofrece Roberto Bissio redunda en un error común que ya mencionaba el campesino Jeromo Aguado: intentar resolver los problemas utilizando los mismos mecanismos que los han creado. Si hablar de desarrollo sostenible parecía de chiste, la economía verde se acerca a una broma pesada.

La idea de Bissio de que otro mundo es posible la expresa con las emisiones de dióxido de carbono por parte de distintos países, a saber: Estados Unidos emite, según sus datos, 20 toneladas por persona y año, mientras que Europa emite 10 y Costa Rica 3. Las tres regiones tienen un nivel de vida similar, por lo tanto hay otra forma de hacer las cosas, esto es, de conseguir el nivel de bienestar de los países ricos. También aporta el dato de China, con 4 toneladas por persona y año, teniendo en cuenta que tiene un nivel de vida menor y cuenta con 1.400 millones de habitantes, por 700 millones de Europa, 300 de Estados Unidos o 4 millones de Costa Rica.

Las cifras pueden indicar que el capitalismo puede ser verde. Pero, ¿están dentro de la realidad?

Aquí cabe plantearse algunas preguntas: ¿realmente Europa emite 10 toneladas para llegar al nivel de vida de Estados Unidos? ¿El dato de Costa Rica es exacto? ¿Acaso el de EEUU? Me gustaría saber si el gran porcentaje de productos manufacturados que consumimos en Europa, procedentes de China, Taiwán, Tailandia o Vietnam, están incluidos en nuestras emisiones. ¿O se intentan maquillar las cifras para intentar demostrar que el capitalismo puede llegar a ser, en el amplio sentido de la palabra, sostenible?

Además, para el modelo capitalista las cifras lo son todo: decir que una región emite una cantidad de dióxido de carbono por habitante inferior a otra puede servir para sus estadísticas internas, pero el medio ambiente tiene que soportar la cantidad total de gas expulsado a la atmósfera. Según los datos anteriores, Europa emitiría 7.000 millones de toneladas de dióxido de carbono en un año, Estados Unidos 6.000 millones, China 5.600 y Costa Rica “tan solo” 12 millones.

Ahí está el fallo de ver al ambiente bajo el prisma del capitalismo, que donde este ve unas estadísticas con las que poder calcular sus modelos y sus políticas, el planeta tiene que soportar decenas de miles de millones de toneladas de gases contaminantes procedentes de pueblos ricos o pobres, países industrializados o agrícolas, democracias saludables o dictaduras, con tendencia a reducirse o a aumentar.

En 1993, el 90% de los proyectos ya incluían el desarrollo sostenible. Roberto Bissio achaca este logro a una simple sustitución de palabras en los informes, no a un compromiso real. Las estadísticas para 2013 no son más halagüeñas: donde decían desarrollo sostenible, digan economía verde.

Bissio habla como un capitalista partidario de un cambio de modelo, llámese economía verde o desarrollo sostenible, pero sin salir del actual sistema económico que controla el devenir del planeta. Este planteamiento no es válido para el medio ambiente, aunque debe ser uno de los principales focos de lucha en la actualidad, sobre todo en sus fines de erradicar la pobreza o conseguir una mayor igualdad entre las personas de distintas regiones. En muchas ocasiones, no cabe otra que adaptarse al sistema y jugar con sus reglas, pero eso no nos exime de poder ver más allá, de plantear verdaderas alternativas, auténticos mundos distintos.

Me viene a la cabeza un ejemplo que me puso un profesor de economía en la facultad, al hilo de cómo a veces el capitalismo no es compatible con la vida real. La situación: estamos en la Segunda Guerra Mundial y uno de los combatientes tiene importantes reservas de caucho que necesita para cubrir sus necesidades armamentísticas. Este vital almacén se encuentra en una colonia en el sudeste asiático. Uno de los enemigos descubre el botín y decide bombardearlo, de forma que queda completamente destruido. En esta situación, el capitalismo ofrece una solución muy fácil: no pasa nada, porque el caucho estaba asegurado y la compañía indemnizará al gobierno. Sin embargo, la realidad queda por encima: se han perdido las reservas, estamos en guerra y, por mucho dinero que se ponga para compensar, nos hemos quedado sin toneladas de un material básico para nuestros planes militares.

Esta vendría a ser la solución que intenta aportar el mercado a la contaminación. El capitalismo puede ofrecer soluciones en forma de compensaciones económicas, pero al planeta eso no le sirve, seguirá recibiendo gases y vertidos, deteriorándose. La economía verde, como el desarrollo sostenible, tiene esa capacidad de pintar de verde al sistema, lo cual puede servir para engañarnos a nosotros mismos, pero nuestro entorno sigue sufriendo los mismos castigos, con unos u otros nombres, y terminaremos pagándolo, de peor manera cuanto más demoremos una verdadera solución.
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La Vía Campesina. ¿Una opción para el planeta?

El pasado miércoles 17 de octubre se celebró en La Casa Encendida de Madrid el seminario “El Río+20 que nos lleva: ¿es ese el futuro que queremos?”, organizado por la Fundación IPADE, Unesco Etxea y Coalición Clima y al que tuve la suerte de asistir. La jornada fue estupenda, no solo por la buena organización, sino también por los interesantes temas que se trataron. En esta entrada voy a intentar plasmar las primeras conclusiones que me traje de allí, pero habrá más que iré presentando en los próximos días.

El tema central del evento era Río+20, la cumbre celebrada en junio en la ciudad brasileña de Río de Janeiro, el nuevo marco que supone y las ideas que se pueden extraer. Sobre la mesa, por encima de todo, el concepto de economía verde, el nuevo paradigma del capitalismo ante los problemas ambientales y que viene a sustituir al desarrollo sostenible.


El día comenzó con la charla entre Juan Luis Sánchez, subdirector de eldiario.es y Jeromo Aguado, de Plataforma Rural y que se autodefine como campesino de los de toda la vida, de su pueblo de Tierra de Campos, esa bella comarca de la provincia de Palencia. Aguado es uno de los principales defensores de La Vía Campesina, un movimiento rural internacional que defiende los valores del campo y de su gente, y mostró sin complejos y desde el primer momento la idea que venía a defender. Lo hizo bien, de una forma amena y distendida, exponiendo sus argumentos y haciendo propuestas.



Jeromo Aguado se refiere al Primer Mundo como "el mundo de los de la barriga llena".


Entre sus alegatos, claramente en contra del capitalismo y el neoliberalismo y a favor de la vida campesina, la inutilidad de la convención de Río de 1992, que aportó a la humanidad el término “desarrollo sostenible” como si de una panacea se tratase, consiguiendo que se hablara de ello durante los siguientes veinte años, hasta hoy, pero sin lograr resultados concretos. Ahora teme que empecemos una nueva era en que solo se hable de economía verde, aunque sin diferentes resultados.

El modelo actual, según Aguado, ha golpeado duramente a la agricultura y a la vida rural. Como ejemplo, explicó que en su región ya no hay cereales y leguminosas, que han sido sustituidos por semillas que se fabrican de manera industrial y de las que ahora dependen los campesinos de Palencia. También mencionó los biocombustibles en su vertiente negativa: el abandono de tierras donde se cultivaban alimentos para dedicarlas a estas nuevas plantaciones, donde se utiliza una gran cantidad de productos químicos que contaminan el suelo. Otro golpe del sistema al mundo rural es la nueva gestión privada de recursos naturales como el agua, los bosques o las mencionadas semillas.



Los campesinos del mundo solo tienen un enemigo: el modelo neoliberal.


Desde luego, al representante de Plataforma Rural no le falta ni pizca de razón al afirmar que la economía verde es un simple lavado de cara del neoliberalismo, que pretende introducir el medio ambiente en las leyes del mercado, seguir alimentando el mito del crecimiento ilimitado pero pintándolo de verde. Son ya veinte años haciendo creer que están solucionando los problemas, utilizando los mismos mecanismos que los crearon, mediante una potente herramienta, el lenguaje, capaz de disfrazar malas intenciones de bellos propósitos.

¿Cuáles son las propuestas de Plataforma Rural?

Jeromo propone un cambio de paradigma que implique menos desarrollo y más ruralidad. En este punto es donde empiezo a no estar de acuerdo con su planteamiento de forma global, aunque sí con muchas de las ideas que expresa.

La primera, que veo necesaria y fundamental, es el reencuentro: del ser humano con la naturaleza, los campesinos y su cultura. Desde luego, el excesivo urbanismo de la sociedad moderna no es beneficioso en tanto en cuanto hace perder los valores naturales, pero la idea de volver al campo que propone Aguado tampoco la veo necesaria, al menos en el extremo que da a entender. La teoría de que las sociedades antiguas, que no tenían tecnología ni industria, no contaminaban, es una lacra para los planteamientos ecológicos de la actualidad.

¿Acaso Egipto, Roma o Grecia no provocaron ningún daño al medio ambiente? Ya expliqué el caso de la Isla de Pascua que, aunque ahora parece que fue más un problema de especies invasoras que de agotamiento de los recursos, no deja de ser un ejemplo de una civilización que conquistó un territorio virgen y lo destruyó por completo. Por eso, renunciar a las bondades de la sociedad moderna, al menos en su totalidad, no creo que sea la solución para la crisis ambiental.



El ser humano puede vivir sin ordenadores o sin petróleo, pero no sin alimentos.


Aguado utiliza aquí una frase demoledora que provoca escalofríos en Juan Luis Sánchez: el hombre es capaz de vivir sin petróleo y sin ordenadores, pero jamás podrá hacerlo sin alimentos. De acuerdo, es obvio que la sentencia es completamente verdadera, pero eso no implica que sea válida. Nuestra especie ha vivido la mayoría del tiempo sin petróleo ni ordenadores, es cierto. Añado: si ahora mismo ocurriera una catástrofe global, como en la nueva serie de ciencia ficción de la NBC Revolution, donde la humanidad tiene que aprender a vivir sin electricidad, mal que bien nos seguiríamos abriendo camino. ¿Pero es esa una solución viable para la crisis ambiental?

No, no lo es, como tampoco lo son los otros dos planteamientos significativos de su propuesta: decrecer y desaprender, es decir, vivir con lo imprescindible y olvidar que el crecimiento y el consumo pueden ser ilimitados. En general, creo que nunca es positivo borrar de la memoria nada, que todas las vivencias nos deben aportar la base de experiencia necesaria para continuar mejorando; por lo tanto, nunca podré estar de acuerdo con desaprender. Hay que tener siempre presentes los fallos que se han cometido para no recaer.

Por otro lado, el decrecimiento, entendido como renunciar a todo aquello que no sea una necesidad básica, no sería factible ni aconsejable. Es volver al ejemplo de las antiguas civilizaciones. No rechazo que algunas de las comodidades que disfrutamos ahora y que suponen un fuerte gasto de recursos no pudieran ser suprimidas sin el mayor impacto para la calidad de vida de las personas, pero otros avances han supuesto grandes ventajas para la humanidad y no habría que eliminarlos sino gestionarlos de una forma correcta.

Uno de los conceptos más interesantes de La Vía Campesina es el de soberanía alimentaria, que defienden como una propuesta política que reivindica los derechos a decidir qué se quiere producir en cada territorio, lo que supone recuperar la tierra por parte de quien la trabaja. Además, propugna el establecimiento de una relación directa entre los productores y los consumidores y señala que los planteamientos políticos de la Unión Europea, como la Política Agraria Común, son lacras para el mundo rural.

Desde luego es un enfoque muy interesante tanto para los valores que defiende Plataforma Rural como para el intento de atajar el problema ambiental del planeta. Tal vez no fuera posible conseguirlo a escala global, pero si una mayoría de la población tuviera esta soberanía alimentaria, los beneficios ecológicos serían notables.



El 15M es una esperanza para la vuelta a lo rural, pero los movimientos aún no han conectado.


Preguntado sobre los movimientos sociales actuales, como el 15M y toda su extensión, especialmente el movimiento Toma la tierra, Aguado dice que es una esperanza pero que aún no se ha producido la conexión necesaria entre ambas ideologías. Jeromo afirma que la gente del campo es recelosa con los que quieren volver desde la ciudad y que, además, no se produce la sinergia necesaria entre los dos mundos: los urbanitas que intentan reconvertirse a la ruralidad no suelen aceptar los consejos de quienes han vivido toda la vida en el campo y eso es un lastre para el objetivo de La Vía Campesina.

Mis conclusiones

Jeromo Aguado no me convence en la totalidad de su propuesta alternativa al modelo neoliberal, al que califica como único enemigo de los campesinos. Creo que renunciar drásticamente a todo lo que ha conseguido el capitalismo no es la solución, ya no porque pueda o no dar resultado, sino porque lo veo como algo tan irrealizable que el solo hecho de plantearlo me parece una pérdida de tiempo. Es una propuesta radical y extrema. No obstante, aporta muchas ideas que pueden ser utilizadas. Me quedo, sobre todo, con el reencuentro del ser humano con la naturaleza, que puede hacernos cambiar de opinión, reflexionar, que es una de las necesidades más urgentes de la sociedad actual.

A nivel personal, asistir a una ponencia de Jeromo Aguado es muy enriquecedor, os lo recomiendo encarecidamente. Es una persona de la que se puede aprender mucho y a la que da gusto oír. Habla con pasión de la tierra, del campo, de los campesinos y contagia el entusiasmo en pocos minutos. No estoy totalmente de acuerdo con sus planteamientos en materia de cambio global, pero desde luego me ha aportado mucho y sin duda intentaré aprovechar la próxima oportunidad que tenga de escucharle.

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La inteligencia y la multitud

La multitud, el crowd. Mucho se habla de ciudades y territorios inteligentes, pero … ¿que las diferencia de los que no lo son? Al fin y al cabo los componentes son los mismos, paisajes y paisanajes. Por lo que si la hay, debe estar en otro sitio la diferencia, quizás en las relaciones intra e […]