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El dióxido de carbono contamina y mata

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

blue-88068_1920El dióxido de carbono (CO2) es una molécula compuesta por un átomo de carbono y dos átomos de oxígeno. Está presente en la atmósfera de forma natural. Su concentración ha variado a lo largo de la historia geológica de la Tierra. Como gas de efecto invernadero, juega un papel clave en la temperatura media del planeta: si no hubiese CO2 no disfrutaríamos de la temperatura que requiere la vida tal y como la conocemos. Pero, por ese mismo motivo, las variaciones en la concentración de CO2 presente en la atmósfera están relacionadas con variaciones climáticas: mucho CO2 reteniendo calor puede provocar un aumento de la temperatura media.

En nuestra atmósfera la molécula de dióxido de carbono está presente en forma gaseosa y en una concentración muy inferior a las 5.000 partes por millón (ppm) recogidas como valor límite de exposición profesional para agentes químicos: unas 400 ppm que -a pesar de su constante aumento- no nos impiden respirar con normalidad y sin miedo a asfixiarnos por este compuesto.

Ahora bien, si acudimos a la Ley 34/2007, de 15 de noviembre, de calidad del aire y protección de la atmósfera, encontramos la siguiente definición:

Contaminación atmosférica: La presencia en la atmósfera de materias, sustancias o formas de energía que impliquen molestia grave, riesgo o daño para la seguridad o la salud de las personas, el medio ambiente y demás bienes de cualquier naturaleza.

Y en su Anexo I, que recoge la “Relación de contaminantes atmosféricos“, encontramos la entrada “Óxidos de carbono”. Así pues, el dióxido de carbono es, con todas las de la ley, un contaminante atmosférico.

Si no estuviese en el citado anexo tendríamos que volver a la definición. Y, quizá con algo de polémica, lo que es seguro es que podríamos encajar al dióxido de carbono como materia o como sustancia. Luego, la cuestión es ¿implica el CO2 molestia grave, riesgo o daño para la seguridad o la salud de las personas, el medio ambiente y demás bienes de cualquier naturaleza?

No lo veo, no lo huelo, entra y sale de mis pulmones. Las mitocondrias de mis células lo producen y mi sangre lo transporta sin mayores problemas… Salvo que esté en tal concentración que impidiese el intercambio gaseoso, en principio, no afecta a mi salud. De todos modos sí es capaz de causar molestias graves, riesgos y daños para la seguridad y la salud de las personas.

¿Cómo? Con su capacidad de intensificar el efecto invernadero. La alteración en la temperatura media del planeta por una creciente concentración de dióxido de carbono -y otros gases de efecto invernadero- en la atmósfera es uno de los principales retos que afronta la humanidad.

El cambio en la temperatura puede afectar a la dinámica de oceánica, la distribución de especies animales y vegetales, la disponibilidad de agua… Podemos ponernos puristas y decir que el CO2 no mata a nadie, que no es un contaminante que afecte a la salud. Claro, si lo ponemos al lado de los óxidos de nitrógeno y sus efectos directos sobre la salud, el CO2 no parece tan preocupante.

Pero no podemos pervertir el lenguaje para ocultar los riesgos y amenazas de los gases de efecto invernadero:

Quizá esto pudiera parecernos algo lejano, pero tenemos la guerra en Siria y sus refugiados para ilustrarnos lo que está ocurriendo por andarnos con remilgos a la hora de hablar de las emisiones de efecto invernadero y sus consecuencias. Quizá nos preocupe más cuando el aumento de la concentración de CO2 nos traiga a casa vectores de transmisión del virus zika.

Sí, al dióxido de carbono hay que sumarle más gases y otros factores que no pueden ser controlados por el ser humano. Pero creo que si el objetivo es concienciar y tomar medidas para mitigar las consecuencias del aumento de emisiones antropogénicas de efecto invernadero y sus consecuencias, podemos permitirnos el lujo de referirnos al CO2 como contaminante. Con permiso de los negacionistas y sus intereses económicos, claro está.

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Ni seguros ni aptos para circular.

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Si me lo permiten quería volver al oscuro tema de las emisiones de los vehículos de Volkswagen. Ahora resulta que además de los parámetros para otros contaminantes también superan los valores para dióxido de carbono (CO2). Pero la prensa y los medios de aborregación de masas apuntillan cada información al respecto con una coletilla “la marca recuerda que los vehículos son absolutamente seguros y aptos para circular”.  Supongo que la idea es repetir la mentira hasta la saciedad para que nos la creamos. Pero, señores periodistas, lo cierto es que ni son seguros ni son aptos para circular, dejen de hacerle el juego a la marca.

Quizá los ocupantes del vehículo no corran un riesgo físico de accidente de circulación, pero son parte de los afectados por las emisiones de contaminantes relacionados con enfermedades causantes de la muerte prematura a unas 27.000 personas al año en España. Y no sólo eso, emiten más gases de efecto invernadero de los permitidos, agravando uno de los principales desafíos que afronta la humanidad en este momento.

Llámeme caprichoso, pero un vehículo que contribuye a deteriorar la salud de todas las personas, causando la muerte a varios miles, y participa en cambiar las condiciones atmosféricas que permiten la vida tal y como la conocemos, como que no se me antoja muy seguro.

En cuanto a la aptitud para circular me ocurre lo mismo. Sí, parece que el motor que falsea las emisiones es capaz de mover bien el vehículo que lo monta por las carreteras. Pero, en teoría, para circular hay que cumplir una serie de obligaciones mínimas. Entre ellas las relativas a emisiones. Así pues, un vehículo que supera las emisiones atmosféricas permitidas no se considera apto para circular. Y no lo sería si no fuese porque durante las pruebas que determinaron esa aptitud se hicieron trampas.

Muy hábilmente el mantra de la empresa, que se lucra causando enfermedades respiratorias que reducen nuestra calidad y esperanza de vida, despista la atención sobre el problema: los mismos vehículos que no podrían, ni deberían, estar circulando porque no cumplen los parámetros de homologación  están en la calle aumentando el efecto invernadero y los contaminantes atmosféricos. ¿Quién los va a retirar de las carreteras si la tele dice que son perfectamente seguros y aptos para circular?

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Pues la alerta por contaminación. Y no sólo los Volkswagen. La Directiva 2008/50/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 21 de mayo de 2008 , relativa a la calidad del aire ambiente y a una atmósfera más limpia en Europa estableció valores límite y umbrales de alerta para la protección de la salud humana para una serie de contaminantes atmosféricos. Igualmente, la norma obliga a los países miembro a contar con planes de acción a corto plazo con medidas eficaces para controlar y suspender actividades que contribuyan a aumentar el riesgo de superación de los valores, entre otras el tráfico de vehículos de motor, obras de construcción, instalaciones industriales o el uso de productos y la calefacción doméstica. En el marco de esos planes, también podrían preverse acciones específicas destinadas a proteger a los sectores vulnerables de la población, incluidos los niños.

Los gestores de una ciudad como Madrid, permanentemente en el punto de mira por superaciones de los valores establecidos en la directiva de 2008, en vez de gestionar las actividades contaminantes han buscado trucos como cambiar la ubicación de las estaciones de control y medición de la contaminación, o buscar prórrogas para el cumplimiento de la normativa. A pesar de ello, año tras año las concentraciones de contaminantes peligrosos para la salud se repite. Incluso llegando a ser motivo de mofa por desafortunadas fotografías de partido.

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La situación es insostenible. Y mientras los periódicos y los periodistas se frotan las manos, ante la previsible lluvia de millones de euros que van a gastar las empresas automovilísticas para lavar su imagenson muchas las que están falseando sus datos sobre emisiones atmosféricas-, los ciudadanos seguimos sin que nadie se tome en serio nuestra salud, teniendo que leer y escuchar que los coches que contaminan el aire que respiramos y alteran el clima de nuestro planeta son seguros y aptos para circular.

¿Algún periodista se va a tomar en serio su trabajo y va a investigar la cuestión a fondo? ¿algún medio va a publicar un estudio serio sobre cuánto dinero nos han estafado las empresas automovilísticas entre subvenciones, mentiras, daños a la salud, gasto sanitario e impacto ambiental? ¿algún cargo político responsable de lo que está pasando va a hacer algo?

No, rotundamente no. El periodista vive de lo que le paga el medio, cuyo modelo de negocio es la publicidad. Y el cliente siempre tiene razón: los coches son seguros y aptos para circular. ¿Se imaginan qué pasaría con el medio de comunicación que publicase un estudio independiente al respecto? Primero que dejaría de ingresar por la publicidad de las empresas afectadas. Pero la multinacional vetaría información sobre sus actividades, con lo que el medio especializado en automóviles se quedaría cojo. ¿Se imaginan una revista o un programa de televisión de motor que no tiene acceso a reportajes sobre modelos de Audi, Seat, Porche, etc., porque otro medio del grupo editorial ha metido el dedo en la herida de Volkswagen?

El problema, por supuesto, no queda aquí. Si los grandes, los que van de la mano de las asociaciones ecologistas, los que tienen políticas de responsabilidad corporativa están haciendo esto ¿qué ocurre en otras empresas? ¿qué pasa con los que compiten en precio sin respetar las reglas?

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¿Quién los vigila? Si los periodistas y los medios de comunicación no airean los trapos sucios cabe pensar que nos quedan los poderes públicos. Los funcionarios de inspección o los que garantizan los procesos de homologación. Profesionales de lo público, pagados con el dinero de todos, cuya labor es velar por el interés general. Que emiten informes independientes sobre lo que está pasando. Informes que van a parar al cajón de quien tiene que tomar las decisiones: cargos políticos con sus puertas giratorias. Esas que les llevan de un despacho a otro a cambio de mirar para otro lado cuando llega el momento. No metas mano a mi empresa y te reservo un buen sillón con abultada nómina. Cámbiame esta ley para que pueda forrarme y pagar tu jubilación. Gestiona bien el terror que tengo unas armas sin vender. Subvenciona mis coches que te dejo a 5.000 personas con su votos, los de sus familiares y sus amigos en la calle. Y ya que estás, privatiza unas ITVs para que podamos llevarnos el 3% calentito a algún paraíso fiscal.

Y estamos a unas semanas de la COP21. Y los políticos de los países se estrecharán las manos en un acuerdo más o menos decepcionante para la magnitud del reto que suponen las emisiones de efecto invernadero. Habrá cambios en la legislación sobre atmósfera, producción de energía y control industrial. Nos pedirán a los ciudadanos que nos apretemos el cinturón. ¿Pero se lo están tomando en serio?

No. Por supuesto que no. Seguiremos quemando las reservas de petróleo para transportarnos de un lado para otro. Petróleo que necesitamos para fabricar materiales imprescindibles que no sabemos hacer de otra cosa que no sea plástico procedente del recurso fósil. Y seguiremos aumentando las emisiones de efecto invernadero. En vez de tomar medidas definitivas para el abandono del motor de combustión en la industria de la automoción seguiremos subvencionando su fabricación.

En vez de organizar el trabajo y evitar movimientos pendulares masivos seguiremos precarizando el mercado laboral, dificultando el acceso a la vivienda y forzando a la gente a desplazarse 120 kilómetros al día, con el consiguiente gasto de combustible y pérdida de tiempo.

En vez de humanizar las ciudades, peatonalizar las calles y favorecer medios de desplazamiento menos contaminantes, como la bicicleta, seguiremos segmentando a la población y enfrentando colectivos. Imponiendo normas que no satisfacen las necesidades de ninguno y crean conflictos que hacen de la vía pública un lugar hostil para cualquier ciudadano.

En vez de afrontar la contaminación atmosférica como un problema de salud pública lo utilizaremos como estrategia para hacer campaña electoral y atacar a nuestros rivales políticos, con independencia de si el problema lo ha causado la ineficiente gestión de nuestro partido en el pasado.

En vez de formar ciudadanos responsables con capacidad crítica seguiremos aborregando masas, a ser posible que no sean capaces de entender lo que leen en ningún idioma, para que se crean que necesitan comprar y conducir los coches que les están matando.

Y la fiesta la paganos entre todos.

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El cambio climático son los políticos

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Se acerca la vigésimo primera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas (COP21), que tendrá lugar en París del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015. Con este motivo la prensa se descuelga con informaciones y entrevistas sobre cambio climático. El espectro va desde el triunfalismo por gestos como la presentación del Plan de Energía Limpia, realizada por el presidente Obama a pocos meses del final de su mandato, a la alerta por la subida del nivel del mar medida por la NASA y la preocupación porque no podamos controlar el cambio climático.

A crear un clima favorable para un acuerdo en relación al problema del cambio climático también contribuye la Encíclica Laudato si’ del Santo Padre Francisco, llamando al orden sobre el cuidado de la casa común. No sé que resultado dará, pero desde luego ningún político, ecologista, periodista de información ambiental o profesional del sector ha conseguido acercarse a la repercusión mediática de las palabras del Papa. Al menos en lo que se refiere a movimiento en redes sociales.

El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan.

Los argumentos negacionistas también han tenido sus minutos de gloria, colando en los medios artículos interesados en favor de seguir ignorando una de las principales amenazas que afronta la humanidad: las emisiones de efecto invernadero influyen en el clima, lo que ocasiona cambios en la disponibilidad de agua potable, la posibilidad de producir alimentos… en definitiva, dificulta las condiciones de vida de las personas y nos lleva a conflictos relacionados con un clima cada vez más complicado. O a desplazamientos masivos de personas que no pueden seguir habitando regiones cada vez más áridas. De la pérdida de ecosistemas y la extinción de especies mejor no hablamos.

La próxima Cumbre del Clima de París está anunciada como la última oportunidad de frenar el cambio climático y sus consecuencias. Viene precedida de una serie de decepciones en cuanto a lo que la sociedad espera de sus representantes, por lo que casi cualquier acuerdo será celebrado como un gran éxito, pero la falta de objetivos ambiciosos supondría un fracaso prácticamente definitivo en la lucha contra el aumento del efecto invernadero y sus consecuencias.

Pinocho quiere salvar el mundo

A pesar de la responsabilidad individual de cada uno de nosotros en los grandes problemas globales, nuestra capacidad de decidir está condicionada por lo que nos marcan los gobiernos y los mercados: son ellos los que deciden si se pone un impuesto al sol o si sale más barato seguir conectado a un suministro eléctrico procedente de la quema de combustibles fósiles, si se invierte en movilidad sostenible o se subvenciona la compra de turismos nuevos, si se gastan el dinero público en mantener las empresas de los amigos o si apuestan por proyectos de interés general.

Sí, nosotros votamos y compramos. Y para condicionar qué votamos y qué compramos tienen la imprenta: compras y votas lo que quiere el sistema. No podemos perder de vista que los medios de comunicación se deben a sus clientes: un poder económico que decide el modelo de consumo. Y sobre tu capacidad de opinar. Los periódicos se deben a sus anunciantes y estos a su modelo de negocio, que puede ser vender más coches, seguir controlando la electricidad, que bebas refrescos en latas de un sólo uso o lo que sea, pero nada que tenga que ver con reducir las emisiones de efecto invernadero.

Cuando han querido, los políticos se han unido para tomar decisiones para resolver grandes retos globales. Un ejemplo ambiental lo tenemos en el Protocolo de Montreal para la prohibición del uso de los gases que producen el adelgazamiento de la capa de ozono. Ante la posibilidad de la extinción de la vida en la tierra se prohibieron las sustancias que causaban la amenaza y buscando (más o menos torpemente) otras con las que sustituirlas. Está claro que depende de cada uno fumar o no, pero cuando se aprueba una ley que restringe el consumo de tabaco disminuye la incidencia de síndrome coronario agudo.

Así pues, necesitamos decisiones valientes, políticos que se tomen en serio los problemas ambientales y que cumplan con su función de representar los intereses de las personas individuales. Las corporaciones ya tienen sus grupos de presión para conseguir sus objetivos, incluyendo la compra de periodistas que acusen a las personas individuales de tener la culpa y ser la llave para solucionar los problemas causados por un modelo de producción sobre el que no tienen posibilidad de decidir.

En París veremos si los representantes políticos son capaces de asumir el compromiso con sus ciudadanos, que demandan formas limpias de producir energía, que no afecten a su salud y no comprometan las opciones de desarrollo de la humanidad, o ceden a las presiones de los que quieren seguir manteniendo el control centralizado de la producción energética sin asumir las externalidades de un modelo que no incorpora costes ambientales ni sociales.

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¿Cambio climático? emisiones de gases de efecto invernadero.

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humos.jpgPor mi formación, trayectoria profesional e inquietudes personales, con frecuencia me veo debatiendo sobre el cambio climático. Un debate que para muchos no existe, entre otras cosas porque el clima es una realidad cambiante por definición, así que no merece la pena perder el tiempo en algo que no admite discusión. Otras veces la conversación se centra en el sentido del cambio, si la evolución global tiende hacia un calentamiento o hacia un enfriamiento… o si las personas tenemos algo que ver en el proceso.

El caso es que se trata de un debate perverso en el que las posiciones no dependen tanto de la evidencia científica como del posicionamiento político o la modernidad de la pose que el interlocutor quiera adoptar. También está sesgado por la escala espacial y temporal con la que juguemos. Y lo más grave de todo: el sistema climático es tan complejo y difícil de entender que cualquier aproximación medianamente seria al asunto requiere una dedicación que pocas veces se consigue en un debate de cafetería, una tertulia de televisión, en un repaso a los retos ambientales que afronta la humanidad en la obligada charla de sensibilización ambiental en un curso de formación ocupacional o una entrada bloguera.

Cuando tengo ocasión de hablar sobre este particular a mis alumnos les recomiendo que saquen de su discurso el cambio climático y hablen de las emisiones de gases de efecto invernadero. Difícilmente podemos cuestionar la vinculación existente entre las actividades humanas y el aumento de la concentración de CO2 y otros gases con distinto potencial de calentamiento global en la atmósfera. Y es relativamente fácil ilustrar cómo la revolución industrial aceleró ciclos biogeoquímicos liberando a la atmósfera, a través de la combustión, el CO2 que estaba retenido en la corteza terrestre en forma de reserva fósil.

Tampoco es complicado entender que la disponibilidad de carbón y el petróleo es limitada, por lo que su despilfarro conducirá a la disminución de sus reservas y esto complicará nuestra forma de vida, totalmente dependiente del oro negro: tanto como materia prima para gran cantidad de productos como para la generación de energía, monetariamente hablando, barata.

Con este escenario, empieza a dibujarse como bastante ridícula la postura que pretende eximir a las personas o sus actividades económicas su responsabilidad en el drama que supone, para el planeta y el futuro de nuestra especie, quemar petróleo para mantener un nivel de consumo descontrolado de productos diseñados para ser reemplazados lo antes posible. Con independencia del devenir de las manchas solares, o las dudas sobre el comportamiento no lineal de las variables de la atmósfera, un ser humano debería ser capaz de tomar decisiones racionales en lugar de ocultar la cabeza bajo argumentos autocomplacientes.

Pero, qué duda cabe, es más divertido discutir por discutir ¿qué opinas del cambio climático?

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No hay Mañana (There’s No Tomorrow)

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There's No Tomorrow es un documental de incubate pictures que, en media hora, reflexiona sobre el modelo de desarrollo en el que vivimos, la dependencia del sistema económico de los combustibles fósiles y el colapso inminente a cuenta del agotamiento de los recursos naturales y las reservas de petróleo. A pesar del título, acaba con un final feliz, un guiño a la esperanza en forma de llamada a la adaptación.

A través de un guión bastante cuidado, el documental nos ilustra de una manera muy didáctica la problemática asociada a la dependencia energética y el crecimiento exponencial. Nos recuerda de cuando y cómo se formaron los combustibles fósiles, analizando su disponibilidad a lo largo de la historia y la evolución del coste de extracción. Compara las distintas alternativas posibles para la obtención de energía y nos recuerda que las medidas de reducción de consumo o los avances de la tecnología siguen manteniendo nuestra dependencia del petróleo, no sólo desde el punto de vista energético, también como materia prima para la fabricación de plásticos, con los que fabricamos desde dispositivos electrónicos hasta material médico.

El documental centra la atención en que el sistema económico en el que vivimos está basado en la disponibilidad de combustibles fósiles baratos. Igualmente nos recuerda el papel que juegan los combustibles fósiles en la alimentación mundial. Y sobre estas premisas nos plantea que el máximo de producción mundial se ha superado, con lo que, mientras el consumo se dispara, la disponibilidad de petróleo es cada vez menor. El fin de los combustibles fósiles podría llevar a nuestro modelo de desarrollo al colapso.

El final feliz es un toque de atención sobre la necesidad de adaptarse a un modo de vida con un consumo energético menos intenso. El futuro incierto no estará ni en una sociedad de ciencia ficción, ni en la vuelta a las cavernas. La amenaza y los riesgos están encima de la mesa, lo que toca es adaptarse, iniciar una transición responsable a un modelo más acorde con los límites finitos de nuestro planeta.

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