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COP25, no has decepcionado

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Acaba la COP25. Una cumbre del clima que empezó torcida termina como una patada hacia delante: la llamada a la ambición se traslada a la siguiente conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Quizá no es el peor de los resultados posibles, pero sí es, necesariamente, decepcionante.

#tiempodeactuar COP 25 en Madrid

Empezaba torcida porque tocaba en Brasil. En vez de celebrarse allí se trasladó a Chile y de allí acabó llegando a España. Podríamos analizar la situación política en cada una de estas paradas (mención especial a la ciudad anfitriona), pero extendería este artículo innecesariamente: gobiernos negacionistas, conflictos sociales y bloqueo político son las claves que han marcado el contexto de esta reunión internacional.

Con esos mimbres estos cestos: no se aprueban unas reglas que desarrollen el artículo 6 del Acuerdo de París, lo que aplaza un mecanismo potente para la mitigación global de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. También siguen los problemas sobre financiación de la actuación climática. En el lado positivo destacaríamos avances en igualdad de género y consideraciones sobre justicia climática en términos de derechos humanos y transición justa.

Las grandes corporaciones han hecho su circo: campañas de lavado de imagen (o greenwashing), que ha ido desde publicidad en las portadas de los principales periódicos a forrar paradas de metro enteras. Declaraciones grandilocuentes sobre responsabilidad social y compromisos medioambientales que no se traducen en acciones concretas. Publicidad sobre medidas a un futuro que nunca llega. Palos en las ruedas a corto plazo: mientras se ponen medallas evitan que los gobiernos acuerden reglas internacionales para limitar las emisiones causadas por su actividad. O que les hagan pagar por ellas.

Quizá no sería justo calificar las COP como un circo caro e inútil, pero desde luego que algo de eso tienen. Lo bueno es que permiten dar visibilidad a las negociaciones sobre el Cambio Climático: nunca antes habíamos tenido en los medios a tanta gente hablando sobre el clima. Y que avanzan. Poco a poco, van consiguiendo compromisos para reducir las emisiones de efecto invernadero y establecer mecanismos de mitigación y adaptación.

El problema, en parte, está en el relato. Durante dos semanas los medios ponen el foco en el circo, las empresas aprovechan para ponerse medallas sobre lo verdes que son, los científicos ponen sobre la mesa evidencias y la sociedad civil reclama a todos compromisos fuertes. Y a última hora dejamos solos a los representantes, para acusarles de no ser capaces de estar a la altura. ¿Realmente es culpa de los políticos que no se consigan logros más ambiciosos en las COP? No.

Si no vamos más deprisa es porque se está durmiendo a la sociedad civil a base de medidas blandas que permiten posicionar a las marcas como las defensoras de las iniciativas más avanzadas en materia de clima. Es una cuestión de conciencia: que cada uno pueda volver a casa con la conciencia tranquila. Por eso molesta tanto Greta Thunberg: ha metido los focos en unos eventos en los que ya nadie esperaba nada de nadie.

Gran parte del fracaso es culpa de los grupos de presión de las corporaciones que tantos gases de efecto invernadero emiten. Algunos son muy evidentes, otros no tanto. Pero el nivel de intromisión llega a todos los niveles y cubre todos los frentes. Trabajan activamente en blanquear y hacer buenas las propuestas de esas empresas que, por otro lado, influyen en los procesos de toma de decisiones desinflando las medidas finalmente adoptadas en cada reunión. Con distintos trajes están presentes en el día a día de los representantes políticos, unas veces enfrente alertando de los riesgos de las medidas, otras a su lado como simpáticos asesores y orientadores del camino a seguir.

Action Now COP 25 en Madrid

Y consiguen imponerse en los medios de comunicación. El juego es fácil: se dibuja a las organizaciones ecologistas y de defensa de derechos humanos como radicales. En paralelo se crean otras ONG, financiadas con el dinero de las corporaciones, para dirigir el discurso con un mensaje cómodo para todos. Las limitaciones de los medios de comunicación hacen el resto. ¿Cómo llenamos el tiempo del noticiario? camiones de estiércol volcados a la puerta de IFEMA, activistas expulsados de las reuniones… y el micrófono en la boca de quienes se alían con las corporaciones para tenernos entretenidos mientras no se hace nada. Da voz a quien yo te diga que para eso te patrocino. Y no te salgas de las notas de prensa, que para eso las redacto.

El relato está dominado por los portavoces del discurso de las grandes empresas. Personas que se dedican a abrazar a los representantes políticos que deberían trasladar a las decisiones las evidencias científicas y el clamor de la calle. Pero muchos de los miles de personas que están en una COP han ido allí a conseguir los resultados que pretenden los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Se dedican a desmontar los argumentos más críticos y restar importancia al fracaso de las negociaciones.

Suavizan los resultados desde el principio, con grandes reuniones en las que juntan a corporaciones y gobiernos, para que se pongan cara y se olviden de los que se quedan fuera. En el durante ponen los escenarios y los focos para las fotos que abrirán las portadas. Y después seguirán organizando actividades con las que parezca que están haciendo algo, ya sin la presión de acuerdos que introduzcan limitaciones a sus negocios.

No, la COP25 no ha defraudado. Ha estado, como se veía venir, al servicio de quienes quieren echar el freno a la ambición climática. De las grandes empresas que manejan el discurso a su antojo y establecen la agenda internacional en función de sus intereses particulares. De los lobistas que posicionan a nuestros políticos y les consuelan cuando no están a la altura de lo que las personas esperan de ellos.

Por cierto, que si quieres enterarte de qué se ha decidido puedes consultar el fondo documental de Naciones Unidas.

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Greta Thunberg no es el problema.

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Greta Thunberg por Anders Hellberg

Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a llenar las portadas de los medios de comunicación. Es Greta Thunberg y está consiguiendo que nos fijemos en la conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Porque COP25 significa la reunión número 25 desde que en 1994 entrase en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), adoptada en 1992. Y el debate empezó antes, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo en 1972.

Vamos para 50 años de reuniones internacionales al más alto nivel dando vueltas al problema: el modelo de producción y consumo es insostenible. Y empezó a serlo antes de que la mayoría de las personas que leamos esto hubiésemos nacido. Y lo sigue siendo después de que algunos de los ponentes de las cumbres sobre el clima dejasen de estar con nosotros.

La ciencia nos avisa. Los seres humanos emitimos cada vez más gases de efecto invernadero. La concentración de estos gases en la atmósfera de nuestro planeta sigue aumentando. Las temperaturas del planeta son cada vez más altas y las masas de hielo están desapareciendo. Todo ello es una bomba de relojería que nos está explotando de forma visible y evidente: conflictos vinculados a recursos cada vez más limitados, migraciones que se pueden relacionar con los efectos de la escasez de agua en determinados territorios, problemas de salud agravados por las sinergias entre contaminación y calor, proliferación de especies exóticas invasoras que amenazan cultivos básicos para la alimentación y a otros recursos naturales…

El panorama es desolador. Sí que lo es. Y por eso no podemos quedarnos paralizados ante la evidencia de una emergencia climática. Necesitamos una respuesta contundente de los responsables políticos. Basar la toma de decisiones en la magnitud del desafío que estamos afrontando como especie a nivel planetario. La buena noticia es que ya ocurrió antes. Cuando, en la década de 1980 se detectó una amenaza que podía acabar con la vida en el planeta: el adelgazamiento de la capa de ozono.

En 1985 contábamos con evidencias científicas sobre el agotamiento de la capa de ozono y sus posibles repercusiones, argumentos suficientes para poner acordar la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono y firmar en 1987 el Protocolo de Montreal sobre las Sustancias Agotadoras de la Capa de Ozono, que entró en vigor en 1989. No fueron instrumentos perfectos, pero se han ido mejorando hasta el punto que, a día de hoy, somos más que optimistas en relación al futuro de esta capa protectora de la vida en nuestro planeta Tierra.

Portada del número 21 de Ballena Blanca sobre la COP25
«Dejen en paz a Greta y hablemos de Donald Trump»

Pero con las emisiones de efecto invernadero nos está costando más. Tanto que ha tenido que venir Greta Thunberg a recordarnos que no se está haciendo todo lo posible. Que el tiempo pasa y, sobre todo, que la evidencia científica está pidiendo una acción climática que no ocurre tan rápido como debería. En 25 COPs se han ido dando pasos, y se ha ido fijando hitos que van marcando la agenda global. Pero las emisiones siguen en aumento y la concentración de gases de efecto invernadero no para de crecer.

Del entusiasmo de 1992, en 25 COPs hemos pasado al desánimo y la frustración. Decepción y fracaso son dos palabras que han acompañado, cada vez más, a las últimas reuniones sobre el clima. En particular aquella de París, que a muchos se nos quedó corta. Y es que cada vez se ha hecho más evidente el papel de los grupos de presión que impiden avanzar en las soluciones al problema que causan las emisiones de efecto invernadero. Como resultado una creciente desafección: pérdida de interés sobre la capacidad de llegar a compromisos relevantes. Las COP se estaban convirtiendo en un circo itinerante. Un sarao periódico, una excusa para viajar y una forma de relacionarse a cierto nivel… pero un proceso en el que nadie esperaba nada de nadie. Un sarao al servicio de las grandes corporaciones y los negacionistas, que consiguen lavar su imagen y ningunear la importancia de frenar las emisiones de efecto infernadero.

Así, paralizados por el catastrofismo y decepcionados por la falta de compromiso de los responsables políticos, nos ha cogido Greta Thunberg. Ha venido a avisarnos de lo que nos estaba diciendo la ciencia. Y ese es su discurso: escuchen a los científicos cuando se sientan a tomar decisiones. Su principal logro es conseguir que mucha gente vuelva a interesarse por estas reuniones de alto nivel y lo que pasa en ellas. Y eso es bueno.

El éxito de Greta Thunberg ha sido movilizar a su generación a escala global. Ha despertado una conciencia de especie. Y apela a que quienes toman las decisiones tengan en cuenta a quienes sufren las consecuencias de esas decisiones.

Y eso molesta mucho. Molesta a los grupos de presión que habían conseguido esa desafección por las cuestiones climáticas. Los que llevan un par de décadas desinflando los resultados de las COPs han visto que una masa crítica de la sociedad ha vuelto a poner el foco en estos encuentros de alto nivel. Que toda una generación, la que próximamente entrará a formar parte de las discusiones y los procesos de toma de decisiones, ha tomado conciencia de la magnitud del problema y la necesidad de abordarlo con medidas ambiciosas.

Así tenemos toda la maquinaria cargando contra Greta Thunberg. Intentando cuestionar a la persona y al personaje. Porque su discurso y mensaje resultan incuestionables. Pretenden ridiculizar sus gestos. Gestos con los que evidencia lo insostenible de nuestra forma de vida. ¿Quién quiere ir al colegio cuando las emisiones de efecto invernadero amenazan la forma de vida que se enseña en ese colegio? ¿Podríamos hacer encuentros anuales sobre cambio climático si las decenas de miles de personas que se movilizan en esos encuentros tendrían que viajar de forma sostenible? ¿Quién quiere un coche eléctrico si la extracción de las materias primas para fabricarlo se realiza de modo social, ambiental y económicamente insostenible?

No. No se trata de poner a todo el mundo a viajar en barco de vela, se trata de concienciar sobre el impacto del viaje en avión. No. No se pide a todas las niñas y niños del planeta que abandonen la escuela. Se trata de que sean conscientes de que el nivel actual de emisiones de efecto invernadero compromete su futuro. Y que ese futuro está en su mano, no pueden delegarlo en señores con intereses a corto plazo.

El problema no es Greta Thunberg. El problema son las emisiones de efecto invernadero. Ella simplemente ha ayudado a los medios de comunicación a centrar el foco. Sí, algunos se quedan mirando al dedo que señala, o se entretienen matando al mensajero… no es más que otra evidencia de la capacidad de los más contaminantes para poner palos en las ruedas.

Corresponde a las personas asumir el reto que tenemos por delante y ponernos a trabajar, cada cual en el ámbito de sus responsabilidades, para reducir esas emisiones de efecto invernadero y seguir el camino que nos indica la ciencia para adaptarnos y mitigar las causas de un cambio climático que ya se está manifestando y no va a dejar de hacerlo en las próximas décadas.

La magnitud del cambio y sus efectos dependerán de los compromisos a los que se lleguen en esta COP25 y en las siguientes, por lo que tenemos que seguir vigilantes, no bajar la guarida y pedirle a nuestros representantes que se pongan al lado de las personas, que dejen de hacerle el juego a las corporaciones con intereses a corto plazo y miren por el futuro. El nuestro, el de nuestros hijos y el de los hijos de nuestros hijos. De los 8.500 millones de personas que podrían habitar el planeta en 2030, los 9.700 millones que seremos en 2050 y 11.200 millones previstos para 2100.

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El dióxido de carbono contamina y mata

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blue-88068_1920El dióxido de carbono (CO2) es una molécula compuesta por un átomo de carbono y dos átomos de oxígeno. Está presente en la atmósfera de forma natural. Su concentración ha variado a lo largo de la historia geológica de la Tierra. Como gas de efecto invernadero, juega un papel clave en la temperatura media del planeta: si no hubiese CO2 no disfrutaríamos de la temperatura que requiere la vida tal y como la conocemos. Pero, por ese mismo motivo, las variaciones en la concentración de CO2 presente en la atmósfera están relacionadas con variaciones climáticas: mucho CO2 reteniendo calor puede provocar un aumento de la temperatura media.

En nuestra atmósfera la molécula de dióxido de carbono está presente en forma gaseosa y en una concentración muy inferior a las 5.000 partes por millón (ppm) recogidas como valor límite de exposición profesional para agentes químicos: unas 400 ppm que -a pesar de su constante aumento- no nos impiden respirar con normalidad y sin miedo a asfixiarnos por este compuesto.

Ahora bien, si acudimos a la Ley 34/2007, de 15 de noviembre, de calidad del aire y protección de la atmósfera, encontramos la siguiente definición:

Contaminación atmosférica: La presencia en la atmósfera de materias, sustancias o formas de energía que impliquen molestia grave, riesgo o daño para la seguridad o la salud de las personas, el medio ambiente y demás bienes de cualquier naturaleza.

Y en su Anexo I, que recoge la “Relación de contaminantes atmosféricos“, encontramos la entrada “Óxidos de carbono”. Así pues, el dióxido de carbono es, con todas las de la ley, un contaminante atmosférico.

Si no estuviese en el citado anexo tendríamos que volver a la definición. Y, quizá con algo de polémica, lo que es seguro es que podríamos encajar al dióxido de carbono como materia o como sustancia. Luego, la cuestión es ¿implica el CO2 molestia grave, riesgo o daño para la seguridad o la salud de las personas, el medio ambiente y demás bienes de cualquier naturaleza?

No lo veo, no lo huelo, entra y sale de mis pulmones. Las mitocondrias de mis células lo producen y mi sangre lo transporta sin mayores problemas… Salvo que esté en tal concentración que impidiese el intercambio gaseoso, en principio, no afecta a mi salud. De todos modos sí es capaz de causar molestias graves, riesgos y daños para la seguridad y la salud de las personas.

¿Cómo? Con su capacidad de intensificar el efecto invernadero. La alteración en la temperatura media del planeta por una creciente concentración de dióxido de carbono -y otros gases de efecto invernadero- en la atmósfera es uno de los principales retos que afronta la humanidad.

El cambio en la temperatura puede afectar a la dinámica de oceánica, la distribución de especies animales y vegetales, la disponibilidad de agua… Podemos ponernos puristas y decir que el CO2 no mata a nadie, que no es un contaminante que afecte a la salud. Claro, si lo ponemos al lado de los óxidos de nitrógeno y sus efectos directos sobre la salud, el CO2 no parece tan preocupante.

Pero no podemos pervertir el lenguaje para ocultar los riesgos y amenazas de los gases de efecto invernadero:

Quizá esto pudiera parecernos algo lejano, pero tenemos la guerra en Siria y sus refugiados para ilustrarnos lo que está ocurriendo por andarnos con remilgos a la hora de hablar de las emisiones de efecto invernadero y sus consecuencias. Quizá nos preocupe más cuando el aumento de la concentración de CO2 nos traiga a casa vectores de transmisión del virus zika.

Sí, al dióxido de carbono hay que sumarle más gases y otros factores que no pueden ser controlados por el ser humano. Pero creo que si el objetivo es concienciar y tomar medidas para mitigar las consecuencias del aumento de emisiones antropogénicas de efecto invernadero y sus consecuencias, podemos permitirnos el lujo de referirnos al CO2 como contaminante. Con permiso de los negacionistas y sus intereses económicos, claro está.

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Ni seguros ni aptos para circular.

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Si me lo permiten quería volver al oscuro tema de las emisiones de los vehículos de Volkswagen. Ahora resulta que además de los parámetros para otros contaminantes también superan los valores para dióxido de carbono (CO2). Pero la prensa y los medios de aborregación de masas apuntillan cada información al respecto con una coletilla “la marca recuerda que los vehículos son absolutamente seguros y aptos para circular”.  Supongo que la idea es repetir la mentira hasta la saciedad para que nos la creamos. Pero, señores periodistas, lo cierto es que ni son seguros ni son aptos para circular, dejen de hacerle el juego a la marca.

Quizá los ocupantes del vehículo no corran un riesgo físico de accidente de circulación, pero son parte de los afectados por las emisiones de contaminantes relacionados con enfermedades causantes de la muerte prematura a unas 27.000 personas al año en España. Y no sólo eso, emiten más gases de efecto invernadero de los permitidos, agravando uno de los principales desafíos que afronta la humanidad en este momento.

Llámeme caprichoso, pero un vehículo que contribuye a deteriorar la salud de todas las personas, causando la muerte a varios miles, y participa en cambiar las condiciones atmosféricas que permiten la vida tal y como la conocemos, como que no se me antoja muy seguro.

En cuanto a la aptitud para circular me ocurre lo mismo. Sí, parece que el motor que falsea las emisiones es capaz de mover bien el vehículo que lo monta por las carreteras. Pero, en teoría, para circular hay que cumplir una serie de obligaciones mínimas. Entre ellas las relativas a emisiones. Así pues, un vehículo que supera las emisiones atmosféricas permitidas no se considera apto para circular. Y no lo sería si no fuese porque durante las pruebas que determinaron esa aptitud se hicieron trampas.

Muy hábilmente el mantra de la empresa, que se lucra causando enfermedades respiratorias que reducen nuestra calidad y esperanza de vida, despista la atención sobre el problema: los mismos vehículos que no podrían, ni deberían, estar circulando porque no cumplen los parámetros de homologación  están en la calle aumentando el efecto invernadero y los contaminantes atmosféricos. ¿Quién los va a retirar de las carreteras si la tele dice que son perfectamente seguros y aptos para circular?

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Pues la alerta por contaminación. Y no sólo los Volkswagen. La Directiva 2008/50/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 21 de mayo de 2008 , relativa a la calidad del aire ambiente y a una atmósfera más limpia en Europa estableció valores límite y umbrales de alerta para la protección de la salud humana para una serie de contaminantes atmosféricos. Igualmente, la norma obliga a los países miembro a contar con planes de acción a corto plazo con medidas eficaces para controlar y suspender actividades que contribuyan a aumentar el riesgo de superación de los valores, entre otras el tráfico de vehículos de motor, obras de construcción, instalaciones industriales o el uso de productos y la calefacción doméstica. En el marco de esos planes, también podrían preverse acciones específicas destinadas a proteger a los sectores vulnerables de la población, incluidos los niños.

Los gestores de una ciudad como Madrid, permanentemente en el punto de mira por superaciones de los valores establecidos en la directiva de 2008, en vez de gestionar las actividades contaminantes han buscado trucos como cambiar la ubicación de las estaciones de control y medición de la contaminación, o buscar prórrogas para el cumplimiento de la normativa. A pesar de ello, año tras año las concentraciones de contaminantes peligrosos para la salud se repite. Incluso llegando a ser motivo de mofa por desafortunadas fotografías de partido.

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La situación es insostenible. Y mientras los periódicos y los periodistas se frotan las manos, ante la previsible lluvia de millones de euros que van a gastar las empresas automovilísticas para lavar su imagenson muchas las que están falseando sus datos sobre emisiones atmosféricas-, los ciudadanos seguimos sin que nadie se tome en serio nuestra salud, teniendo que leer y escuchar que los coches que contaminan el aire que respiramos y alteran el clima de nuestro planeta son seguros y aptos para circular.

¿Algún periodista se va a tomar en serio su trabajo y va a investigar la cuestión a fondo? ¿algún medio va a publicar un estudio serio sobre cuánto dinero nos han estafado las empresas automovilísticas entre subvenciones, mentiras, daños a la salud, gasto sanitario e impacto ambiental? ¿algún cargo político responsable de lo que está pasando va a hacer algo?

No, rotundamente no. El periodista vive de lo que le paga el medio, cuyo modelo de negocio es la publicidad. Y el cliente siempre tiene razón: los coches son seguros y aptos para circular. ¿Se imaginan qué pasaría con el medio de comunicación que publicase un estudio independiente al respecto? Primero que dejaría de ingresar por la publicidad de las empresas afectadas. Pero la multinacional vetaría información sobre sus actividades, con lo que el medio especializado en automóviles se quedaría cojo. ¿Se imaginan una revista o un programa de televisión de motor que no tiene acceso a reportajes sobre modelos de Audi, Seat, Porche, etc., porque otro medio del grupo editorial ha metido el dedo en la herida de Volkswagen?

El problema, por supuesto, no queda aquí. Si los grandes, los que van de la mano de las asociaciones ecologistas, los que tienen políticas de responsabilidad corporativa están haciendo esto ¿qué ocurre en otras empresas? ¿qué pasa con los que compiten en precio sin respetar las reglas?

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¿Quién los vigila? Si los periodistas y los medios de comunicación no airean los trapos sucios cabe pensar que nos quedan los poderes públicos. Los funcionarios de inspección o los que garantizan los procesos de homologación. Profesionales de lo público, pagados con el dinero de todos, cuya labor es velar por el interés general. Que emiten informes independientes sobre lo que está pasando. Informes que van a parar al cajón de quien tiene que tomar las decisiones: cargos políticos con sus puertas giratorias. Esas que les llevan de un despacho a otro a cambio de mirar para otro lado cuando llega el momento. No metas mano a mi empresa y te reservo un buen sillón con abultada nómina. Cámbiame esta ley para que pueda forrarme y pagar tu jubilación. Gestiona bien el terror que tengo unas armas sin vender. Subvenciona mis coches que te dejo a 5.000 personas con su votos, los de sus familiares y sus amigos en la calle. Y ya que estás, privatiza unas ITVs para que podamos llevarnos el 3% calentito a algún paraíso fiscal.

Y estamos a unas semanas de la COP21. Y los políticos de los países se estrecharán las manos en un acuerdo más o menos decepcionante para la magnitud del reto que suponen las emisiones de efecto invernadero. Habrá cambios en la legislación sobre atmósfera, producción de energía y control industrial. Nos pedirán a los ciudadanos que nos apretemos el cinturón. ¿Pero se lo están tomando en serio?

No. Por supuesto que no. Seguiremos quemando las reservas de petróleo para transportarnos de un lado para otro. Petróleo que necesitamos para fabricar materiales imprescindibles que no sabemos hacer de otra cosa que no sea plástico procedente del recurso fósil. Y seguiremos aumentando las emisiones de efecto invernadero. En vez de tomar medidas definitivas para el abandono del motor de combustión en la industria de la automoción seguiremos subvencionando su fabricación.

En vez de organizar el trabajo y evitar movimientos pendulares masivos seguiremos precarizando el mercado laboral, dificultando el acceso a la vivienda y forzando a la gente a desplazarse 120 kilómetros al día, con el consiguiente gasto de combustible y pérdida de tiempo.

En vez de humanizar las ciudades, peatonalizar las calles y favorecer medios de desplazamiento menos contaminantes, como la bicicleta, seguiremos segmentando a la población y enfrentando colectivos. Imponiendo normas que no satisfacen las necesidades de ninguno y crean conflictos que hacen de la vía pública un lugar hostil para cualquier ciudadano.

En vez de afrontar la contaminación atmosférica como un problema de salud pública lo utilizaremos como estrategia para hacer campaña electoral y atacar a nuestros rivales políticos, con independencia de si el problema lo ha causado la ineficiente gestión de nuestro partido en el pasado.

En vez de formar ciudadanos responsables con capacidad crítica seguiremos aborregando masas, a ser posible que no sean capaces de entender lo que leen en ningún idioma, para que se crean que necesitan comprar y conducir los coches que les están matando.

Y la fiesta la paganos entre todos.

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El cambio climático son los políticos

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Se acerca la vigésimo primera Conferencia de las Partes de la Convención Marco de Naciones Unidas (COP21), que tendrá lugar en París del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015. Con este motivo la prensa se descuelga con informaciones y entrevistas sobre cambio climático. El espectro va desde el triunfalismo por gestos como la presentación del Plan de Energía Limpia, realizada por el presidente Obama a pocos meses del final de su mandato, a la alerta por la subida del nivel del mar medida por la NASA y la preocupación porque no podamos controlar el cambio climático.

A crear un clima favorable para un acuerdo en relación al problema del cambio climático también contribuye la Encíclica Laudato si’ del Santo Padre Francisco, llamando al orden sobre el cuidado de la casa común. No sé que resultado dará, pero desde luego ningún político, ecologista, periodista de información ambiental o profesional del sector ha conseguido acercarse a la repercusión mediática de las palabras del Papa. Al menos en lo que se refiere a movimiento en redes sociales.

El clima es un bien común, de todos y para todos. A nivel global, es un sistema complejo relacionado con muchas condiciones esenciales para la vida humana. Hay un consenso científico muy consistente que indica que nos encontramos ante un preocupante calentamiento del sistema climático. En las últimas décadas, este calentamiento ha estado acompañado del constante crecimiento del nivel del mar, y además es difícil no relacionarlo con el aumento de eventos meteorológicos extremos, más allá de que no pueda atribuirse una causa científicamente determinable a cada fenómeno particular. La humanidad está llamada a tomar conciencia de la necesidad de realizar cambios de estilos de vida, de producción y de consumo, para combatir este calentamiento o, al menos, las causas humanas que lo producen o acentúan.

Los argumentos negacionistas también han tenido sus minutos de gloria, colando en los medios artículos interesados en favor de seguir ignorando una de las principales amenazas que afronta la humanidad: las emisiones de efecto invernadero influyen en el clima, lo que ocasiona cambios en la disponibilidad de agua potable, la posibilidad de producir alimentos… en definitiva, dificulta las condiciones de vida de las personas y nos lleva a conflictos relacionados con un clima cada vez más complicado. O a desplazamientos masivos de personas que no pueden seguir habitando regiones cada vez más áridas. De la pérdida de ecosistemas y la extinción de especies mejor no hablamos.

La próxima Cumbre del Clima de París está anunciada como la última oportunidad de frenar el cambio climático y sus consecuencias. Viene precedida de una serie de decepciones en cuanto a lo que la sociedad espera de sus representantes, por lo que casi cualquier acuerdo será celebrado como un gran éxito, pero la falta de objetivos ambiciosos supondría un fracaso prácticamente definitivo en la lucha contra el aumento del efecto invernadero y sus consecuencias.

Pinocho quiere salvar el mundo

A pesar de la responsabilidad individual de cada uno de nosotros en los grandes problemas globales, nuestra capacidad de decidir está condicionada por lo que nos marcan los gobiernos y los mercados: son ellos los que deciden si se pone un impuesto al sol o si sale más barato seguir conectado a un suministro eléctrico procedente de la quema de combustibles fósiles, si se invierte en movilidad sostenible o se subvenciona la compra de turismos nuevos, si se gastan el dinero público en mantener las empresas de los amigos o si apuestan por proyectos de interés general.

Sí, nosotros votamos y compramos. Y para condicionar qué votamos y qué compramos tienen la imprenta: compras y votas lo que quiere el sistema. No podemos perder de vista que los medios de comunicación se deben a sus clientes: un poder económico que decide el modelo de consumo. Y sobre tu capacidad de opinar. Los periódicos se deben a sus anunciantes y estos a su modelo de negocio, que puede ser vender más coches, seguir controlando la electricidad, que bebas refrescos en latas de un sólo uso o lo que sea, pero nada que tenga que ver con reducir las emisiones de efecto invernadero.

Cuando han querido, los políticos se han unido para tomar decisiones para resolver grandes retos globales. Un ejemplo ambiental lo tenemos en el Protocolo de Montreal para la prohibición del uso de los gases que producen el adelgazamiento de la capa de ozono. Ante la posibilidad de la extinción de la vida en la tierra se prohibieron las sustancias que causaban la amenaza y buscando (más o menos torpemente) otras con las que sustituirlas. Está claro que depende de cada uno fumar o no, pero cuando se aprueba una ley que restringe el consumo de tabaco disminuye la incidencia de síndrome coronario agudo.

Así pues, necesitamos decisiones valientes, políticos que se tomen en serio los problemas ambientales y que cumplan con su función de representar los intereses de las personas individuales. Las corporaciones ya tienen sus grupos de presión para conseguir sus objetivos, incluyendo la compra de periodistas que acusen a las personas individuales de tener la culpa y ser la llave para solucionar los problemas causados por un modelo de producción sobre el que no tienen posibilidad de decidir.

En París veremos si los representantes políticos son capaces de asumir el compromiso con sus ciudadanos, que demandan formas limpias de producir energía, que no afecten a su salud y no comprometan las opciones de desarrollo de la humanidad, o ceden a las presiones de los que quieren seguir manteniendo el control centralizado de la producción energética sin asumir las externalidades de un modelo que no incorpora costes ambientales ni sociales.

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