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¿Cómo van la recogida y el reciclaje de envases en Castilla-La Mancha?

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En el recorrido por las estadísticas de reciclaje hoy paramos en Castilla-La Mancha. Es lo menos que se puede hacer antes de ir a hablar sobre “Aciertos y errores del reciclaje”: echar un vistazo a los datos de recogida y gestión de residuos. En particular, para los residuos de envases, en el portal autonómico podemos encontrar dos fuentes de información. Una nota basada en la información aportada por los sistemas de responsabilidad ampliada del productor y los datos de recogida y tratamiento residuos en el portal de transparencia.

Si nos quedamos con la información que se extrae del primer documento no queda otra que felicitarse: qué bien lo estamos haciendo. Llaman la atención algunos detalles, como que en el mercado castellano manchego se comercialicen 2.508 toneladas de envases metálicos, se recuperen 12.945 toneladas y se contabilice como reciclado un 89,60%.

Llama la atención, sobre todo, si se compara con los datos de plástico, donde se declara un 75.51% de envases domésticos reciclados con 29.209 toneladas de envases de este material puestas en el mercado y 24.178,21 recuperadas. A falta de unas definiciones detalladas y unas explicaciones sobre la metodología para llegar a esos indicadores, toca ponerlos en cuarentena. Porque ya sabemos que los datos de reciclaje de envases hay que cogerlos con pinzas.

Igualmente, para reforzar la importancia de la recogida selectiva, en el documento elaborado con la información de los sistemas de responsabilidad ampliada del productor afirma que “los materiales recuperados en planta han experimentado un ligero incremento, aunque se reduce su peso relativo en relación con los recuperados mediante recogida selectiva, de forma que en 2017 algo más del 70% de los materiales recuperados de residuos de envases proceden de recogida selectiva y apenas el 30% proceden de la fracción resto procesada en las plantas de tratamiento”.

Si acudimos a los datos oficiales podemos comprobar que el resultado del tratamiento de los residuos recogidos de manera selectiva es de 14.402,25 toneladas de material recuperado frente a las 39.527,23 toneladas de material recuperado del triaje del resto de los residuos, dando lugar al porcentaje inverso: 27% de materiales recuperados procedentes de la recogida selectiva frete a un 73% de los materiales recuperados del tratamiento de la basura mezclada.

Sí, faltaría añadir 30.996 toneladas de papel y cartón y 21.371 toneladas de vidrio procedentes de sus respectivos contenedores. Pero en este caso ya no estamos ante un 70% / 30%, pasamos a un 63% / 37%. Así, si nos quedamos sólo con estos flujos, los que cuentan con su propio contenedor por tipo de material podemos ver que cerca del 100% del vidrio y casi el 99% del papel y cartón recuperados para reciclaje provienen del respectivo contenedor monomaterial.

El éxito del reciclaje disminuye dramáticamente cuando hablamos de envases ligeros de plástico y metal, los que se recogen mezclados en el contenedor amarillo. Con los datos disponibles para Castilla-La Mancha es difícil saber cuántos se recogen, así que me quedo con tres de las partidas disponibles en la estadística oficial de su portal de transparencia: plástico, metal, compuestos.

Sumando los envases metálicos, de plástico y compuestos se recuperaron para reciclaje un total de 37.716,21 toneladas de materiales. De estas el 37% provenía del contenedor amarillo y el restante 63% de otras formas de recogida. Cabría analizar si el triste resultado del contenedor amarillo se debe a una falta de interés o más bien a una deficiente dotación de este tipo de contenedores. Puestos a plantear alternativas los datos hablan: la recogida separada por tipos de materiales consigue mejores resultados.

En cualquier caso, no podemos perder de vista que el reciclaje es la tercera y menos deseable de las tres erres. Si realmente queremos disminuir el impacto ambiental de nuestros envases deberíamos superar el modelo de usar y tirar, fomentando la prevención de residuos y, cuando no sea posible, la reutilización de envases. Los contenedores de colores que utilizamos actualmente, los mires por donde los mires, sólo sirven para reciclar o eliminar residuos: no fomentan su prevención ni permiten su reutilización.

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Planeta intoxicado: Aciertos y errores del reciclaje

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El 23 de febrero participo como ponente en el XI Seminario de Medios de Comunicación y Cooperación Internacional en Cuenca, organizado por la Asociación de la Prensa de Cuenca y Cáritas Diocesana de Cuenca. El objetivo del seminario es profundizar en los graves problemas y retos de este siglo, pero también en las soluciones que los Objetivos de Desarrollo Sostenible e invitaciones como “piensa global, actúa local” ayudan a encontrar para mejorar la vida de las personas y la protección del planeta.

En esta línea, mi intervención será una invitación a la reflexión sobre cómo el modelo de producción y consumo está comprometiendo la capacidad gran parte de la población con la que actualmente compartimos el planeta y de las generaciones futuras para satisfacer sus propias necesidades.

Sí, hablaremos de microplásticos, como una de las formas de contaminación fruto de nuestro empeño por comprar envases de usar y tirar. Pero también haremos un hueco a las macrogranjas, su capacidad de intoxicar nuestros pueblos y la relación que tienen con esos plásticos de un sólo uso. Pueblos víctimas de un modo de vida insostenible que les arrebata el capital humano a cambio de residuos radiactivos.

El reciclaje, tal y como lo practicamos hoy en día, no es la solución para los desafíos del desarrollo sostenible, un modelo que implica considerar a todas las personas que viven en nuestro mismo planeta y a todas aquellas que vendrán en el futuro.

Las respuestas pasan por integrar los distintos Objetivos de Desarrollo Sostenible y utilizarlos como base para construir un modelo capaz de garantizar una mínima calidad de vida para el conjunto de los habitantes del planeta.

Si te interesa aquí te dejo el programa, en el que tienes más información y las instrucciones para inscribirte.

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Envases y modelo de desarrollo.

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Envases y modelo de desarrollo

Una de las claves para avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marcan la agenda hasta 2030 está en nuestro modelo de consumo. Y uno de los elementos que más condicionan el modelo de consumo es el envase. En su triple función de preservar los productos que contiene en su interior, facilitar el transporte y la manipulación de mercancías y ser el reclamo que capta la atención del consumidor.

Con independencia de los materiales que se utilicen en su fabricación, hay un aspecto fundamental que define si un envase es sostenible o no: la posibilidad de ser reutilizado. No es solo el evidente impacto ambiental que generan los envases de usar y tirar, son también los impactos sociales y económicos. Las consecuencias de un modelo de producción y consumo pensado para la reutilización de envases o no. La diferencia entre economía circular y economía lineal.

Los envases de usar y tirar están pensados para ser fabricados en un punto, a ser posible próximo al lugar de llenado, cumplir su función en una cadena de distribución, y ser descartados en un destino donde deben ser suficientemente atractivos como para cumplir el objetivo de ventas. Cerrar el ciclo, recuperar los envases tirados a la basura y convertirlos en materia prima, es costoso. Tanto que a escala global, por ejemplo, la cantidad de envases de plástico nuevos que proviene de envases de plástico reciclado es muy escasa.

Resulta esperanzador que las grandes corporaciones anuncien medidas al respecto. Que se propongan mejorar el diseño de los envases, aumentar la cantidad de material reciclado que emplean… pero siguen ancladas a un modelo insostenible que cada vez consume más materias primas y genera más residuos.

Y es normal, las grandes corporaciones globales existen gracias al envase de usar y tirar. Con ellos han ido barriendo del mapa pequeñas y medianas empresas locales, en muchos casos familiares, que resolvían las necesidades de sus vecinos de una forma más sostenible. El ejemplo más evidente es el de las multinacionales de refrescos. Antes de la incorporación y uso masivo de envases de usar y tirar había pequeñas envasadoras con productos propios que daban lugar a una curiosa variedad regional de refrescos. Hoy esa diversidad ha desaparecido, primero absorbida y finalmente eliminada por las grandes corporaciones.

El proceso es sencillo. En primer lugar, el envase de usar y tirar traslada al conjunto de la sociedad el coste de la devolución y retorno de envases. Si en tu pequeña embotelladora sigues empleando envases retornables de vidrio tienes unos costes de producción, en términos monetarios, mayores que quien utiliza un envase que no tiene que recuperar ni lavar. Qué también es más ligero y ocupa menos espacio, lo que también reduce el coste de transporte. Al problema de los residuos, que podemos resolver legislando la responsabilidad de quien pone en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos, se unen otros que van desde el cierre de pequeños comercios en favor de grandes superficies comerciales a la deslocalización de la producción industrial.

Una cadena corta de producción y distribución, dentro de una misma ciudad o en el radio de hasta poco más de cien kilómetros, permite utilizar y rentabilizar envases reutilizables. Pero cuando los envases recorren centenares o miles de kilómetros, el coste del retorno es importante. Más aún si el producto viene de un lugar donde la mano de obra y las materias primas son especialmente baratas. El precio de mercado, el que el consumidor final está dispuesto a pagar, no es muy diferente, pero sí el margen de beneficio y la distribución de costes.

Quizá, en un blog en el que se habla mucho de residuos, el más evidente es el de la basura: si utilizo envases reutilizables incorporo en mi modelo de negocio la gestión de los envases vacíos, pero si elijo la opción de usar y tirar traslado costes al conjunto de la sociedad a través de sistemas de recogida de contenedores de colores, plantas de clasificación de envases, vertederos… Lo que me ahorro en recuperar y lavar botellas lo puedo emplear en campañas de imagen corporativa.

Quizá con unas buenas políticas de responsabilidad ampliada del productor, potentes inversiones en instalaciones de reciclaje y mucha educación ambiental consigamos reducir ese coste del envase de usar y tirar. conviene recordar que en un modelo de envases reutilizables pasaría de ser un problema de todos a ser un problema de quienes envasan productos.

Pero la sostenibilidad es algo más que los residuos. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. ¿Necesitamos tener melón o fresas a nuestra disposición los 365 días del año? Seguramente no. Al menos no para estar bien nutridos.

El ejemplo de las frutas y verduras es importante. Durante la mayor parte del tiempo que va desde el inicio del neolítico (esa época en la que nuestra especie dejó una forma de vida nómada de sociedades recolectoras – cazadoras y pasó a asentarse en núcleos estables cuya alimentación depende de la agricultura y la ganadería) hasta nuestros días, las personas nos hemos alimentado, fundamentalmente, de productos locales y de temporada.

Digo fundamentalmente porque tenemos ejemplos de tráfico global de mercancías desde hace mucho tiempo. Quizá como ejemplo, relacionado con alimentos envasados, podríamos destacar la capacidad del Imperio Romano de llevar el olivo a lugares alejados de su óptimo de distribución biológica. Y de trasladar vino y aceite en ánforas de barro desde una punta a otra de lo que para ellos era el mundo conocido. De esta época también tenemos ejemplos del impacto de los envases de usar y tirar. Como el Monte Testaccio, una colina en Roma creada a base de acumular los restos de esas ánforas que llegaban sin parar a la metrópoli (y que debió dejar buenos agujeros en los lugares de procedencia del barro cocido).

Hasta fechas muy recientes el consumo de alimentos era fundamentalmente local, de temporada y proximidad. Sí, la industria de procesado y conservación de alimentos tiene una larga historia, pero la comercialización global de jamón en lonchas es relativamente reciente. Como lo es el empleo de envases mono dosis para la miel. Quizá de la miel aprendimos que grandes cantidades de azúcar permitían conservar alimentos en forma de mermeladas y confituras. Sería digno de estudio averiguar cómo pasamos de la necesidad de disponer de reservas para un aporte rápido de energía al capricho de untar pan con dulces a diario. Quien lo puso fácil, para que pudiésemos hacerlo en cualquier lugar, fue el envase de usar y tirar. En cómodos recipientes con la ración estipulada para cada dosis.

Muy curioso que un producto que tiene una capacidad natural para conservarse en cualquier recipiente de cualquier tamaño se comercialice en envases en dosis unitarias. Porque la miel, por si misma, dura años en un tarro de cristal, sin necesidad de vacío ni tratamientos adicionales. La miel de la alcarria, producida y envasada a menos de 100 kilómetros de una capital de consumo como Madrid.

La competencia feroz, de un mercado que vende sucedáneos adulterados, asfixia a los apicultores de toda Europa. Una actividad imprescindible para mantener procesos ecológicos clave (la polinización de la que depende la producción de alimentos), está desapareciendo de la mano del envase de usar y tirar. Sí, el apicultor local también podría envasar en plástico mono dosis, pero… ¿qué sentido tiene? El producto, cuando es miel natural, se conserva por sí mismo. ¿Comodidad? ¿Higiene? Responsabilidad social corporativa es apostar por esos locos que quieren conservar el oso con la apicultura, no vender como saludable un desayuno plastificado. Quizá esa cadena de hoteles tan molona y saludable podría sustituir los envases individuales de usar y tirar para mermelada y miel con dispensadores de producto a granel, al lado de las jarras del café o de la tostadora, desde los que servirte la dosis justa de dulzura que necesites para esa jornada. Que no es lo mismo desayunar de turista que de auditor ¿no?

El caso es que una de las comarcas con más renombre para la apicultura, con un mercado capaz de asumir toda la producción a la vuelta de la esquina, se queda sin gente que trabaje las colmenas.

Y es que las cadenas globales de distribución viven de marcas globales ¿qué colmenar podría abastecer a todos los establecimientos de un distribuidor mundial? ¿Cuántas abejas hacen falta para poner cientos de quilos a diario en todos y cada uno de los comercios de una cadena de supermercados que opere a nivel internacional?

Un producto homogéneo que se pueda vender con el mismo nombre en todo el mundo solo es posible en un proceso industrial. O muy industrializado. El modelo de negocio es el del refresco, hay que triunfar como la pepsicola. Bueno, como la otra… Agua, edulcorantes, colorantes, conservantes… y envase de usar y tirar. Fabrica y rellena donde sea más barato, que te quede margen para transporte y propaganda.

Lo que con la miel es imposible, con la agricultura y la ganadería se ha conseguido eliminando biodiversidad. Conseguir tomates iguales durante todo el año en cualquier lugar ha sido posible perdiendo variedades locales. Imponiendo en todo el planeta aquellas que son capaces de soportar las cadenas de distribución. De llegar a las estanterías de las grandes superficies con el aspecto que venden las campañas publicitarias de las corporaciones multinacionales. Nos han metido los tomates por los ojos. Un tomate ya no es una cosa jugosa y apetecible con sabor a huerta de pueblo en verano. Es rojo, redondo, liso… salvo que sea verdoso y arrugado que entonces ya no es tomate, es… una marca registrada por una corporación multinacional que me ahorraré de nombrar sin permiso expreso, por lo que pueda pasar…

Sí, claro que quedan huertas en el pueblo. Pero lo que ahora es una producción de ocio, o un pequeño complemento, hace unas décadas era la base económica y social de muchos municipios, hoy en proceso de abandono, que abastecían al comercio de ciudades próximas. Un entramado de relaciones entre el campo y la ciudad que se ha ido adelgazando progresivamente. En el mejor de los casos enterrando los suelos más fértiles para la ubicación de centros logísticos e infraestructuras de transporte, bajo vertederos o, con un poco de suerte, alguna planta de clasificación de residuos.

El comercio ha quedado en la mano de intermediarios que compran tomates si son iguales que los del anuncio. O pasas por el embudo o te quedas fuera. Y tienes que competir contra una explotación industrializada que quema la tierra con agroquímicos y explota personas que “vienen a llevarse lo nuestro”. No sólo eso, también envasa y etiqueta a pie de mata los tomates que dan la talla. Listos para cargar y llevar a miles de kilómetros de allí. No saben a nada, pero, si es necesario, aguantarán almacenados hasta que llegue el momento más adecuado para sacarlos al mercado.

¿Melón en plástico? ¿Plátano pelado, troceado y retractilado? Claro, el envase evita que se rocen y golpeen durante el transporte. No es lo mismo llegar de Villaconejos a Mercamadrid que de Chile a Barcelona. Mira qué bonitos y brillantes lucen en sus bandejas de poliestireno esos gajos de naranja. Mientras, la frutería de tu vecino, que sigue apostando por producto local y de proximidad se las ve y se las desea para seguir abierta. No puede, o no quiere, acceder a las condiciones del intermediario de la gran superficie. Apuesta por esas frutas y verduras de temporada. Mantiene vivo un mundo rural que cada vez tiene más difícil generar oportunidades para quienes no quieren vivir hacinados en la gran ciudad.

Y tu cada vez tienes más difícil hacer la compra en una tienda de barrio. Porque las que había van cerrando o porque en tu barrio, diseñado alrededor de un gran centro comercial, ni siquiera llegó a haberlas. Porque vives en un mundo globalizado donde tu horario y tus hábitos de consumo te vienen dados por las corporaciones para las que trabajas y a las que pagas tus deudas. Una economía que se basa en flujos lineales de recursos, materias primas extraídas en una punta del planeta, procesadas en otra, consumidas en otra y enterradas como residuos a miles de kilómetros de donde se extrajeron de la tierra.

Una economía que deja fuera al pequeño comercio, el que vive de productos diferentes, no normalizados. Productos sin marca que no aparecen en los anuncios de televisión, ni en la web de Amazon. O sí, pero que están en un espacio atendido por personas para personas. Establecimientos que necesitan que tú vuelvas cada semana, si la excusa es devolver un envase retornable o rellenar uno reutilizable, buena es. Establecimientos que no tienen tarjeta de puntos que puedes cambiar en la gasolinera o la agencia de datos porque les dan igual tus datos. Lo que les importa es tu persona, la que vive cerca y pude ir cada semana a hacer una pequeña compra.

Sí, afortunadamente a alguien se le ha ocurrido la economía circular. Una utopía para avanzar a un modelo más sostenible. Pero si nos centramos en la parte de convertir residuos en materias primas nos quedamos muy cortos. Porque la cosa va de resolver necesidades permitiendo a otros (que conviven actualmente en el planeta con nosotros, o que vendrán más adelante), resolver las suyas. Y, por muy reciclable que sea el envase, las galletas fabricadas con aceite de palma, deforestando países lejanos y esclavizando a sus habitantes para recolectar cantidades ingentes de algo que no les permite satisfacer sus necesidades, sigue siendo bastante insostenible.

Insostenible es crear la necesidad de consumo al público infantil forrando esas galletas con personajes de dibujos. Tanto como que cierra las tahonas de los pueblos donde la bollería artesana (esa que no puede almacenarse durante meses ni recorrer miles de kilómetros porque sus ingredientes naturales dejan plazos de conservación mucho más cortos), se ve desplazada por el reclamo publicitario. Enlazarlo con la presión social y el acoso escolar igual es alargarlo mucho, vamos a dejarlo en ¿quién quiere unas sabrosas magdalenas hechas con aceite de oliva cuando la tendencia son unas insulsas galletas cuya lista de ingredientes incluye sospechosos habituales de causar enfermedades varias? ¿quién quiere el sabor y la textura de la receta de la abuela cuando puede exponerse al riesgo de padecer desde alteraciones endocrinas hasta cáncer?

Sí, claro que me pongo melodramático. Pero como consumidor la sustitución de un aceite por otro no me aporta nada. Es más, refiero el sabor y la textura de las magdalenas con aceite de oliva. Pero a la industria sí le aporta mucho. Vendidas al mismo precio un margen de beneficio increíblemente mayor. Y, sobre todo, la oportunidad de acceder a un mercado global al que no se llega con productos que se estropean en un par de semanas.

La generalización del uso del aceite de palma está en que alarga la duración de los productos permitiendo su almacenamiento, transporte… y envasado individual. ¿Qué sentido tiene vender cada magdalena en su bolsita de plástico? Cuando te las tienes que comer en la misma semana, poco, porque vas a comprar las justas para que no se te estropeen. Pero cuando duran meses dando vueltas por los armarios… Nuevamente el envase de usar y tirar como aliado del consumo insostenible.

En vez de subir media docena de magdalenas de la panadería, cargas un paquete de dos docenas en el supermercado… por si acaso. En este caso el problema, más allá de los ingredientes y su impacto en la salud de los tuyos, es el residuo: esos plásticos de usar y tirar que se puede permitir el proceso industrializado y que no tienen sentido en el escaso margen del proceso tradicional. ¿Qué pasaría si la corporación que vende las magdalenas envueltas una a una tuviese que recoger cada plastiquito en las tiendas donde se comercializa su producto? Por mucho que fuesen reciclables, las bolsitas individuales sólo tienen sentido en un proceso lineal: extrae materias primas muy baratas (aceite de palma) en lugares remotos y genera unos residuos (cajas de cartón con figuras de dibujos animados y envases unitarios) que no se volverán a destinar al mismo uso para el que fueron concebidos originalmente.

Por supuesto no se trata de volver al paleolítico, ni creo en el mito del buen salvaje. No hablo de descartar los avances que nos trajo la revolución verde. Creo que somos seres racionales, capaces de tomar decisiones y darnos cuenta de los impactos que generamos. De entender dónde hay problemas de escasez o dónde hay problemas de reparto o acceso a los recursos disponibles.

De ser conscientes de que el modelo de producción y consumo tiene elementos que favorecen esquemas más o menos sostenibles. Y de cuáles son las patas que sostienen esa sostenibilidad que nos proponemos alcanzar. De ver que tenemos recursos suficientes para hacer políticas sostenibles. De saber que los Objetivos de Desarrollo Sostenible son algo más que depositar residuos en contenedores de colores o que la economía circular va mucho más allá del mero reciclaje de envases de usar y tirar. Más circular es la reutilización y más sostenible es cuando se hace local y de proximidad.

Ni siquiera hablo de envases sí o envases no. Los envases son imprescindibles mientras siguen cumpliendo las tres funciones con las que abría este texto. Pero pueden hacerlo de una forma más o menos responsable y sostenible. Y la diferencia, sean de plástico, de vidrio, de metal o de barro cocido, es si son pensados para acumularse formando montañas de basura que legamos a las generaciones siguientes o si realmente pueden cerrar el círculo y volver al origen para seguir siendo envases. Quiero pensar que 2.000 años después hemos superado algo más que el arado romano.

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Más civismo, ¡por favor!

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Si alguna vez has estado un lunes al sol seguro que has visto la escena en algún parque de tu barrio. Se repite después de cada fin de semana, especialmente en primavera, a medida que alargan los días y avanza el termómetro. Un operario municipal (eufemismo para referirnos a una persona subcontratada en precarias condiciones laborales en el contexto del contrato de limpieza adjudicado a una empresa constructora) se pasea recogiendo del suelo latas de bebidas, paquetes de tabaco vacíos y otros residuos varios que se acumulan alrededor de papeleras rebosantes, tirados debajo de los bancos, magistralmente puestos en un equilibrio inestable sobre algún columpio infantil…

Barre las hojas que deja en el suelo el otoño, la marcescencia estival o la plaga de turno. Los folletos publicitarios de la inmobiliaria, las tarjetas que muestran cuerpos sometidos a la explotación más antigua del mundo, los catálogos del hipermercado… Pasa horas arrastrando grandes bolsas que llena y acumula en una esquina del parque, a la espera de que llegue la furgoneta o el camión que llevará esa mezcla de residuos directamente a vertedero.

Cansado de tanto trajín, le llega el turno al arenero donde se ubican los columpios. Sin fuerzas para mover el rastrillo, tapará un poco los excrementos de los perros que libremente han paseado por la zona infantil. Con la excusa del bienestar de sus animales, algunos desaprensivos los sueltan a sus anchas, mientras el móvil les da la coartada perfecta para no darse por aludidos de sus obligaciones higiénicas.

El domingo por la mañana la escena es algo distinta. Las niñas y los niños se manchan de mierda y se cortan con latas oxidadas mientras escavan en la arena. Los progenitores se quejan de la falta de educación de los adolescentes que hacen botellón. Algún abuelo echa la culpa de la suciedad a esos extranjeros que duermen en pisos patera y se pasan toda la tarde vagueando en el parque con tal de no subir a sus casas. Alguien discute con un macarra que achucha a su perro de presa para exhibir ante los colegas la potencia del can.

Alguien clama en el desierto por un poco de civismo. ¿Qué enseñan en los colegios? Necesitamos más educación, que esto no es un estercolero. ¡Por favor! Miren como está todo. Somos unos guarros. Muy guarros.

No le falta razón. Sabiendo que la escena no es nueva, que lleva décadas repitiéndose, me pregunto:

  • ¿Por qué seguimos vendiendo refrescos, cervezas, patatas fritas, pipas, caramelos y todo tipo de productos en latas y plásticos de usar y tirar?
  • ¿Por qué no se incentiva la devolución del envase usado al comercio que vende producto envasado?
  • ¿Por qué los ayuntamientos no exigen a Ecoembes los recursos para recoger adecuadamente los envases adheridos a su sistema que acaban abandonados en calles, parques, plazas y jardines?

Es cierto. Somos unos guarros, en más de 20 años no hemos sido capaces de llevar la bolsa de gusanitos desde el banco del parque hasta el contenedor amarillo. El viento las arrastra y acaban como fósiles modernos que encontramos en un paseo por la playa:

  • ¿Cuánto tiempo llevará esto flotando aquí?
  • Es la marca que comíamos cuando éramos pequeños ¿te acuerdas?
  • Si claro, hace más de 10 años que no los venden con este nombre.

¿Podemos cambiar estas escenas con otros 20 años de educación y concienciación ambiental? Quizá sí. Si enseñamos al Ayuntamiento a trasladar los costes de la limpieza urbana al sistema integrado de gestión al que están adheridos los envases que recoge el empleado de la subcontrata.

Quizá trasladando ese coste al responsable de la puesta en el mercado del producto envasado se liberarían recursos para vigilancia y aplicación de las sanciones previstas en las ordenanzas sobre tenencia de animales domésticos.

Tal vez podríamos enseñarle al distribuidor de bebidas enlatadas que su modelo de negocio genera un problema. Que está muy bien fomentar y favorecer el consumo compulsivo, pero afecta a la salud de las personas y genera una cantidad de residuos que hay que gestionar.

lata de Coca Cola abandonada

Quizá si los envases vacíos se admitiesen de vuelta en los establecimientos que los venden, el operario de parques y jardines podría dedicar su tiempo y esfuerzo a mantener unas condiciones higiénicas en las zonas infantiles. Tal vez esto nos ahorraría los costes sanitarios de tratar los crecientes casos de enfermedades transmitidas desde las heces de perros y gatos a los, cada vez más escasos, niños que juegan en los parques.

Con menos dinero público destinado a recoger envases adheridos al sistema integrado de gestión tendríamos más opciones de instalar y mantener fuentes públicas de agua potable, donde todas las personas podrían beber, sin necesidad de comprar bebidas azucaradas con su correspondiente coste sanitario.

Es más, si los parques pudiesen ser lugares de encuentro seguros para la infancia quizá sería más fácil integrar a todos los niños y las niñas en un modelo de educación inclusivo, donde todos sean parte de la solución. Lo mismo les daba por colaborar, compartir y proponer nuevos modelos de desarrollo más sostenibles.

Necesitamos más educación y civismo para crear círculos virtuosos que nos permitan avanzar en sostenibilidad. Pero no podemos culpar de los problemas complejos a la falta de educación del conjunto de los ciudadanos. Porque, en el tema particular de los residuos, si nos centramos únicamente en pedir más educación y civismo:

  • Exculpamos al que fabrica envases que no se pueden recuperar para el reciclaje.
  • Libramos de su responsabilidad a quien utiliza envases de usar y tirar en su modelo de negocio.
  • Legitimamos a quienes toma decisiones que no mejoran el sistema de recogida y gestión de residuos.

Quizá el civismo que necesitamos pasa por revisar modelos de negocio. Si la estrategia de una empresa pasa por comercializar productos que afectan a la salud, el medio ambiente, la limpieza de las ciudades… tendrá que asumir los sobrecostes que genera.

Somos unos guarros todos. Pero cuando las empresas deciden si sus productos y sus campañas de publicidad sirven a personas responsables o se benefician del incivismo. Y las personas tenemos que movernos dentro de las pocas opciones que nos dejan esas empresas. Eso sí, con educación y civismo.

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Desinformación ambiental, fake news y greenwashing.

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Como hemos visto en distintas entradas de este blog, existen, desde hace décadas, mecanismos de acceso a datos oficiales sobre el estado y la evolución del medio ambiente, así como instrumentos voluntarios que ayudan a las organizaciones a elaborar información relevante y trazable sobre el impacto ambiental, económico y social de su modelo de negocio.

En un escenario de un público cada vez más preparado y concienciado, distintas organizaciones se empeñan por apropiarse de la comunicación en materia de sostenibilidad. Juegan con la conciencia ambiental y tratan de presentar una imagen verde con la que atraer clientes o condicionar las decisiones políticas sin que detrás de esa imagen exista una verdadera responsabilidad ambiental. Es fácil acudir a los registros públicos para comprobar que detrás de algunos discursos verdes no hay, ni siquiera, certificaciones voluntarias que acrediten las declaraciones de las organizaciones que las emiten.

Son muchos los mensajes se lanzan a diario al público general y que encuentran cabida en medios de comunicación a pesar de que no vienen avalados por una información veraz o contrastables. Provienen de  organizaciones que en vez de comunicar sobre su actividad y modelo de negocio,  necesitan preparar estrategias de marca basadas en cuestiones que son ajenas a su razón social, centrando su discurso en desviar la atención de los impactos que causa su actividad. Una opción mucho más barata y rentable que identificar, gestionar o, incluso, resolver esos impactos.

Utilizan desinformación ambiental, fake news y greenwashing para sepultar bajo una ingente cantidad de contenidos falsos, o manipulados a medida de la industria, la realidad que se quiere ocultar. Con esta entrada quiero poner ejemplos que me ayuden a ilustrar el problema y animarte a reclamar más transparencia en materia de medio ambiente. Te animo a preguntar, cada vez que encuentres desinformación sobre medio ambiente, de dónde salen los titulares. La respuesta suele ser sorprendente (o no tanto).

¿Cuánto se recicla en España?

Según EAE Business School en España hemos pasado de reciclar el 74,8%de los residuos en 2017  a reciclar el 43,3% en 2018. En febrero de 2017 la escuela de negocios presentó el estudio “Nuevos enfoques sobre la gestión de residuos”, realizado por su Strategic Research Center, en el que pretendía presentar un “un análisis integral de la problemática de la gestión de residuos desde una triple visión: su influencia en el cambio climático, los nuevos modelos en gestión de residuos, y la relación con la logística o logística verde”.

Para su “investigación” utilizaron datos del agregador de estadísticas Statista, que, a su vez, utilizaba los datos publicados por la empresa Ecoembalajes España, S.A. El titular de la nota de prensa con la que EAE daba a conocer su actividad en materia de economía circular decía “Nuestra conciencia ecológica se dispara y pasamos de reciclar un 4,8% al 74,8%”. Varios medios del Grupo Planeta, al que pertenece la escuela de negocios, recogieron la nota de prensa y reprodujeron el titular.

Tras las críticas recibidas por la generalización que da lugar al titular y la falta de investigación para contrastar los datos de partida para el documento, en septiembre de 2018 EAE presenta un segundo documento con el titular “El 43,3% de los residuos de España se reciclan o reutilizan, 8,7 puntos menos que la media de la Unión Europea.

¿Qué cambia de un titular al otro? Tanto el origen de los datos, en el segundo caso se pasa a emplear el INE como fuente de información, como la referencia. Mientras en el primer titular se generalizaban los datos relativos a de envases aportados por la empresa Ecoembalajes España, S.A., en el segundo caso sí se habla del conjunto de los residuos documentados en la encuesta del INE.

Los neumáticos no son un problema en España.

En 2014, el director general de Signus (Sistema Integrado de Gestión de Neumáticos Usados) afirmó que “la gestión de los neumáticos fuera de uso (NFU) en España ya está solucionado” en la VI Jornada sobre “Mezclas bituminosas con polvo de neumático. Una solución técnica y ambiental”, organizada por Signus Ecovalor en Madrid con el apoyo de ASEFMA.

El 13 de mayo de 2016 salieron ardiendo las 100.000 toneladas de neumáticos que se seguían acumulando desde hacía 14 años en el vertedero ilegal de Seseña, evidenciando el problema de un flujo importante, cercano al 20%, de neumáticos usados que escapaban a los sistemas de gestión y se acumulaban en, al menos, 26 cementerios de neumáticos en España.

La playa de Alovera.

En noviembre de 2017 los titulares nos sorprendieron con la noticia de la construcción de una playa en la provincia de Guadalajara. Corrieron ríos de tinta detallando los pormenores del proyecto Alovera Beach, dando por hecho que estaría en marcha en un plazo de 3 años.

En marzo de 2018, en respuesta a una solicitud de información sobre el estado de tramitación de dicho proyecto, la alcaldesa manifiesta que no se había llevado a cabo ningún trámite ambiental en relación a Alovera Beach.

En este caso se presenta como un hecho cierto un proyecto que requiere de una serie de trámites ambientales que difícilmente podría superar la instalación de una playa artificial en la ubicación elegida por la empresa promotora. Ahora bien, el modo de presentar Alovera Beach en los medios condiciona las expectativas, afectando incluso a los pertinentes procedimientos de participación e información pública previstos en la legislación ambiental y que deben de llevarse a cabo “cuando estén abiertas todas las posibilidades, antes de que se adopten decisiones sobre el plan, programa o disposición de carácter general”.

El anuncio de una decisión tomada para la que no se han realizado los trámites ambientales va en contra del derecho de participación pública en asuntos de carácter medioambiental previsto en la Ley 27/2006, de 18 de julio, por la que se regulan los derechos de acceso a la información, de participación pública y de acceso a la justicia en materia de medio ambiente.

Así, los medios que recogen la información difundida por la empresa Rayet Medioambiente, S.L. en relación a sus planes, antes de que estos pasen por las pertinentes tramitaciones ambientales, no sólo no están contribuyendo a informar adecuadamente, están condicionando el proceso de toma de decisiones en favor de los intereses de dicha organización.

Las latas y la contaminación atmosférica.

La campaña publicitaria de la empresa Ecoembalajes España, S.L. afirma que “Por cada 6 latas que reciclas contrarrestas 10 minutos de tubo de escape”. En su página web alega que esta declaración viene abalada por dos estudios científicos. Ambos estudios se realizan a petición y financiados por la empresa. El primero de ellos calcula el ahorro de energía primaria asociado a la obtención de botellas de PET y latas de aluminio a partir de material reciclado, mientras que el segundo es un informe en el que se estima la producción de CO2 por un vehículo tipo bajo el ciclo NEDC.

En ningún caso se justifica en dichos estudios cómo se contrarrestan las emisiones de los tubos de escape depositando envases de usar y tirar en los contenedores amarillos de recogida selectiva.

Esta campaña puede resultar especialmente confusa cuando se mezcla en medios de comunicación con las noticias relativas a emisiones de efecto invernadero, creando falsas expectativas sobre lo que cabe esperar del reciclaje y, en particular, sobre el impacto que supone el modelo de consumo basado en envases de usar y tirar.

El anuncio que ilustra este ejemplo es uno de los muchos que Ecoembalajes España S.A. podrá mostrar en los medios de comunicación gracias a los 500.000 euros de dinero público que el Ayuntamiento de Madrid aporta a la campaña para el año 2018. Este consistorio, por otro lado, solo es una de las 164 entidades locales se han sumado a la campaña “Recicla y respira”.

Metro sostenible

Para cerrar esta muestra de ejemplos elegimos uno que ilustra la posibilidad de hacer publicidad con mensaje ambiental sin necesidad de inducir a engaño o mentir sobre la actividad de la organización que lanza la campaña. Es el caso de Metro de Madrid, en el que se muestra a distintas personas con un mensaje de compromiso, vinculando el uso del transporte colectivo a ese compromiso ambiental o social.

Las organizaciones responsables son más transparentes con la comunicación, ya que no solo trabajan su contribución a la sostenibilidad, también están abiertas a aportaciones externas que ayuden a evidenciar oportunidades de mejora. La diferencia está en llevar la sostenibilidad al centro del modelo de negocio o explotar, con negocios insostenibles y poco ecológicos, la conciencia de consumidores a los que se anula la capacidad de contrastar los discursos vacíos de contenido.

Y tu empresa, ¿dónde está? ¿fabrica mentiras verdes para vender más o realmente trabaja por la sostenibilidad?

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Viernes y sábado de charlas

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Una entrada rápida para recordar que tenemos un par de charlas a la vista en Madrid:

Viernes 23 de noviembre ¿Puede el reciclaje salvar nuestro planeta?

Sábado 24 de noviembre: Antes de reciclar. Será la primera vez que participe en una charla interpretada a lengua de signos española (LSE).

Esta charla es parte del festival HAZ CAMBIO, organizado Greenpeace. Te dejo el programa de mano, por si le echas un vistazo y te animas:

¿Te veo en alguna?

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