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Gestión de residuos en tiempos de pandemia.

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La pandemia por Covid-19 nos está dejando lecciones en muchos aspectos. Pone en evidencia lo mejor y lo peor de cada ámbito de gestión, desde las carencias en materia de salud pública a las brechas digitales. Esas que separan, cada vez más, a quienes pueden acceder al teletrabajo o a la formación a distancia de aquellos que no pueden permitirse algo, que se nos antojaba tan básico, como un ordenador en casa y una conexión decente a Internet.

La gestión de residuos no se queda atrás. La situación de precariedad laboral del personal al servicio de las contratas de recogida y limpieza urbana contrasta con la necesidad de seguir manteniendo un servicio imprescindible para garantizar la salubridad de nuestros pueblos y ciudades.

Para ayudar a conciliar la urgencia de dar salida a nuestra basura con la protección de los trabajadores que hacen posible la magia del reciclaje se ha publicado la Orden SND/271/2020, de 19 de marzo, por la que se establecen instrucciones sobre gestión de residuos en la situación de crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19. Sin lugar a dudas un instrumento legal necesario en la situación que estamos viviendo. Pero que nos habla de lo mucho que se pueden mejorar la recogida y el tratamiento de residuos en condiciones normales.

Básicamente esta orden nos indica la obligación de seguir depositando los residuos de manera separada, tal y como lo veníamos haciendo, salvo que en casa tengamos alguna persona positivo o en cuarentena por COVID-19. En este caso se nos pide que manejemos sus residuos con precaución, de manera separada y los entreguemos en el contenedor de restos.

A partir de aquí se establece una serie de requisitos para garantizar la salud de las personas que trabajan en la recogida y tratamiento de residuos, separando los flujos que provienen de instalaciones donde se trata a enfermos por coronavirus, así como con indicaciones específicas para la gestión de la fracción resto en la que estamos obligados a depositar los residuos de personas contagiadas o en cuarentena.

Cada instalación para el tratamiento de residuos es un mundo, pero la manipulación manual de los residuos es una práctica común y necesaria en gran parte de los centros donde se gestionan residuos. Ante la amenaza del coronavirus nos preocupa la salud de los trabajadores de las plantas de clasificación y dictamos una orden según la cual «no se procederá en ningún caso a la apertura manual de las bolsas de fracción resto en instalaciones de recogida ni de tratamiento«.

La seguridad de estas personas exige destinar a incineración, preferiblemente, o a vertedero la fracción de basura que conocemos como «resto», a la que se nos indica que debemos destinar cualquier material en contacto con pacientes contagiados o personas en cuarentena.

La eliminación es, sin lugar a dudas, la opción más segura cuando un residuo puede ser vector de transmisión de un virus. Y mejor incinerar que enterrar. El problema, como siempre, es la infraestructura y la forma en la que hacemos esa eliminación. Y es algo que tendremos que seguir revisando de vuelta a la normalidad.

Porque después de superar esta necesaria etapa de confinamiento, cuando consigamos superar el excepcional estado de alarma que nos toca vivir, tendremos que iniciar una reconstrucción justa y sostenible. Deberemos trasladar las lecciones aprendidas a una nueva normalidad que no podrá ser exactamente igual a la que nos trajo a esta crisis. Tampoco en el modelo de recogida y tratamiento de residuos.

Una de las primeras cuestiones a revisar debería ser la relación laboral del personal que trabaja en gestión de residuos con quienes demandan sus servicios. Un servicio -la recogida y gestión de residuos de competencia municipal y los procedentes de hospitales, ambulancias, centros de salud, laboratorios, o de establecimientos similares, así como de aquellos derivados de la desinfección de instalaciones- que en tiempos de pandemia se considera servicio esencial.

Una función tan importante que no podemos prescindir de ella no puede estar relegada al capricho del mercado. El salario de los barrenderos, de los conductores de recogida, de los servicios de repaso… de todo el personal que trabaja con nuestra basura sale del presupuesto público ¿necesitamos intermediarios para pagar esas nóminas? Quizá no sean necesarios cuando a la hora de la verdad el suministro de equipos de protección individual (EPIs), según la orden dictada para responder a la crisis sanitaria ocasionada por el COVID-19, se asume por parte de las autoridades competentes. Pero sí necesitamos personal que en condiciones normales o excepcionales salga todos los días a evitar que la basura se acumule en calles, parques y jardines.

Otro tanto pasa con el personal que trabaja en las plantas de tratamiento y clasificación de residuos. Su función no es una cuestión temporal o provisional. Y se hace más necesaria que nunca en situaciones de crisis. Las plantillas tienen que estar bien dimensionadas, no según el margen de beneficio de una empresa privada, para responder al interés general de dar un tratamiento adecuado y recuperar de la mejor manera posible los residuos.

No podemos perder de vista que en algo más de dos décadas nuestro actual sistema de recogida selectiva de envases no ha conseguido una dotación de contenedores suficiente para cubrir todos los materiales que se ponen en el mercado adheridos al sistema que debería asumir los costes de su gestión.

Y cualquier medida que se tome en el futuro, empezando por la legislación estatal en tramitación, debe empezar por ese punto: dimensionar adecuadamente la recogida. Con el interés general puesto por delante de los intereses de envasadores, grandes empresas de servicios o políticos amigos de las comisiones del cemento.

Igualmente habrá que hablar de trazabilidad. La orden elimina temporalmente uno de los requisitos documentales imprescindibles para tener una mínima garantía sobre el destino de los residuos: la notificación previa de traslado. Este requisito no ha sido impedimento para quienes siguen, a día de hoy, desviando los residuos de su cauce normal y depositándolos o quemándolos de manera incontrolada en cualquier parte. Pero no favorece que se corrija esta situación.

Tendremos que volver a revisar la función de los plásticos de usar y tirar. Esos cuyo consumo aumenta en tiempo de pandemia por una falsa sensación de seguridad al consumidor. Un consumidor que hemos dejado en manos de la propaganda y no es capaz de comprender que la superficie del envase de plástico puede llevarle a casa un virus que no entrará por el grifo.

Un plástico que favorece a las grandes superficies comerciales frente a un pequeño comercio que, de haber apostado por él, estaría siendo una red capilar de distribución de alimentos que evitaría las colas y las concentraciones de personas que se ven en los grandes supermercados.

La pandemia está siendo un desafío que conviene analizar con prudencia. Pero también es la oportunidad de revisar un modelo de producción y consumo del que los residuos no son más que un indicador.

Nuestro modelo actual de gestión de residuos enviará muchos materiales recuperables a vertedero. Vertederos que en muchos casos están bajo la lupa de la Unión Europea y que recientemente han demostrado que dudas son más que razonables. La falta de una infraestructura adecuada de valorización energética convertirá en emisiones atmosféricas una fracción resto por la que perderemos materiales valiosos, muchos con un poder calorífico que se aprovechará adecuadamente.

Tenemos que devover todo el sistema de gestión de residuos, incluyendo sus trabajadores y su infraestructura, al interés general. Sacarlo de un modelo que busca un lucro reduciendo nóminas, precarizando vidas y gastando sin sentido, para conseguir que la responsabilidad ampliada del productor sea la correa de transmisión que permita puestos de trabajo adecuados al reto de la economía circular.

Necesitamos construir un modelo donde todos y cada uno de los agentes reman a favor de esa jerarquía que nos habla de reducir la cantidad de residuos, favorecer la reutilización, recurrir al reciclaje o la valorización cuando no quede otra opción. Y utilizar la eliminación como algo excepcional, cuando tenemos que deshacernos de residuos presumiblemente contaminados por el virus de una pandemia de la que tenemos que salir reforzados en los principios de la sostenibilidad.

Todas las imágenes de esta entrada son de CGT RSU Madrid en twitter.



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Acabo de leer Matar lo libre

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Una de las personas que más atención ha prestado a la obra y el legado de Félix Rodríguez de la Fuente es, sin lugar a dudas, Benigno Varillas. A la biografía que publicó en 2010, amplió en 2018 con «La estirpe de Los Libres» y actualiza en una segunda edición en 2020, suma una colección de reflexiones que se inicia con «Matar lo libre«

He de decir que las lecturas de Benigno me tocan por dentro. Suelo reservarlas para ocasiones y lugares concretos. En particular cuanto estoy en ese rincón de la España Vaciada con potencial para poner en práctica las propuestas de desarrollo humano que, traídas de las lúcidas visiones de Félix, Benigno es capaz de actualizar y presentar en sus libros.

Pero las circunstancias personales fueron aplazando ese momento y cambiando el escenario previsto para la lectura de «Matar lo libre».

Así, una visita fugaz a Barcelona, en un viaje de ida y vuelta el 6 de marzo, con los rumores de los homenajes por 40 años sin Félix y un artículo sobre cómo su pérdida nos dejó sin el hombre que podía haber salvado al Mundo, me entregué a la lectura. En dos tiradas, el viaje del día 6 y la jornada del 14 de marzo, día en que vino y nos dejó Félix.

En «Matar lo libre» Benigno reflexiona sobre la Caza como actividad propia de un ser humano paleolítico en equilibrio con el entorno que habita. Un ser vivo que participa de la depredación con otros depredadores, manteniendo una alta biodiversidad y contribuyendo a la evolución y la conservación de las especies claves de los ecosistemas que habita.

Es un canto a una libertad perdida con el Neolítico. Un paleolítico en el que las sociedades de recolectoras-cazadores estaban por domesticar. Igual que la fauna salvaje, incluyendo al lobo, uros o tarpanes. Una época en la que nuestra especie dedicaba el 90% del tiempo de su existencia a ser recolectora, más que a ser cazador.

La caza entendida como una transferencia de proteína, energía, vitalidad, desde unos seres libres a otros. Un acto de depredación que permite a los seres vivos perfeccionarse en el proceso de adaptación al entorno. Una caza racional en la que eliminar a otro depredador es como matar a un compañero de cuadrilla, tal y como nos cuenta Benigno que planteaba Félix.

En el libro se reflexiona sobre el humano del paleolítico fue un ser salvaje más. No en el sentido de inculto y atrasado, sino todo lo contrario, en el de un ser libre integrado en la urdimbre de la vida. Como personas que sobreviven en las selvas y los pantanales donde los blancos caeríamos como moscas. Así, se nos plantea el mito del buen salvaje invitándonos a dejar de perder el tiempo reflexionando sobre si pudo haber, o no, el buen salvaje, para pasar a enfocarnos en si podremos llegar a serlo.

Todo ello sin olvidar un aviso sobre La Era Digital Oscura que vivimos. Desde hace unas décadas estamos confiando nuestro conocimiento a soportes que quedan obsoletos y dejan de estar accesibles. Bien por la propia pérdida de la información contenida en los soportes digitales, bien por la desaparición de los dispositivos y los programas que hacen falta para acceder a la información almacenada.

Se nos presenta el Neolítico como una domesticación, una esclavitud, en la que unos privilegiados rompen el pacto Paleolítico con la Naturaleza en su propio beneficio, generando un sistema en el que aún hoy, los neolíticos afrontan los problemas que genera el crecimiento creciendo más. Trasladan al futuro las consecuencias de esquilmar los recursos y endeudan e hipotecan a las próximas generaciones sin remordimiento alguno.

En este contexto, con sociedades ganaderas y agrícolas, en las que no es necesario cazar para alimentarse, el ejercicio de la actividad venatoria, queda en manos de una serie de privilegiados que impiden al resto de seres humanos ejercer su libertad.

Benigno explica en su libro cómo a lo largo de la historia de nuestra civilización la caza deja de ser parte del esquema de depredación natural y pasa a ser un deporte en conflicto con distintos usos del territorio y la existencia de personas libres. Una cuestión filosófica que será abordada por José Ortega y Gasset en el prólogo al libro «Veinte años de caza mayor» de Eduardo Figueroa y por Félix Rodríguez de la Fuente, como recoge Benigno Varillas en «Matar lo libre».

El mensaje de Félix recogido en este libro es el del final de un Neolítico inviable que se acaba. De la necesidad de evolucionar hacia el ser humano que fuimos. Superar la Edad de Piedra y el Neolítico en un Biolítico en el que los avances tecnológicos que nos permiten volver a una sociedad integrada en el medio natural. El ser humano juega un papel fundamental en este momento de la historia para restaurar el equilibrio ecológico que hemos alterado.

En este contexto nos toca reinventar la caza y los toros, eliminar la perversión de los procesos de depredación, teniendo presente que capturar lo libre solo por diversión, placer o deporte no es cazar, es matar.

Por si quieres ampliar antes de lanzarte a esta interesante lectura, en este hilo de twitter te dejo algunas de las perlas que he me encontrado en «Matar lo libre».

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Cómo pasar todos los artículos de tu blog a un procesador de textos.

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Uno de los retos que tuve que afrontar cuando me decidí a publicar un libro recopilando entradas de los primeros diez años de vida de mi blog fue pasar los contenidos de la web a un documento que pudiese manejar con un procesador de textos. La ventaja del blog es que archiva, por orden cronológico, en categorías, por etiquetas y en formato digital los artículos que has escrito. Están todos en la base de datos del servidor que aloja la web a través de la cual te expresas. Pero si fuese tan fácil sacar los pensamientos que tienes allí seguramente no estarías leyendo esto.

Realmente sí es sencillo descargar todos los artículos de un blog en formato digital. Implica saber algo de bases de datos y disponer de acceso al servidor. Dos requisitos que no siempre están al alcance de quien se decide a la tarea de publicar un libro a partir de los contenidos de su blog.

Afortunadamente hay otras alternativas. Muchas. Algunas de pago, bastantes gratuitas y todas con sus limitaciones. Entre las que probé en su día algunas tenían un máximo de artículos que podían descargar. Otras condicionaban la descarga a formatos concretos con los que no resultaba sencillo trabajar posteriormente. En otros casos el contenido quedaba disponible para cualquiera que quisiese descargarlos en la web a través de la que se realizaba la descarga. Algunas opciones sólo facilitan descargas parciales.

Finalmente me crucé con WordPress2Doc. Un programa gratuito que me permitió realizar la tarea de pasar los contenidos del blog a un procesador de textos desde el que empezar a trabajar para el libro que acabaría impreso en papel. El proceso es relativamente sencillo:

  • Se necesita un archivo de exportación del blog. Esto se consigue en el menú “Herramientas” en la opción “Exportar”. Aquí tenemos varias opciones, si bien lo más interesante será, seguramente, elegir “Entradas” y filtrar por categorías, autores o rango de fechas. Pulsando “Descargar el archivo de exportación” generamos un documento de extensión “.xml” con el que ya podríamos trabajar, si bien es más cómodo pasarlo a un formato que nos permita abrirlo directamente en un procesador de texto.
  • Cargamos en el programa WordPress2Doc el archivo de exportación que hemos generado en el paso anterior. Esto nos permite seleccionar los artículos para pasar a nuestro documento y, a continuación, convertir y exportarlos, bien a un “.docx”, bien a un “.pdf”. Igualmente podemos elegir si queremos que todos los artículos estén en un único archivo o cada uno en el suyo propio.

Dependiendo del volumen de entradas publicadas en el blog y la forma en la que las tengamos clasificadas puede resultar interesante generar varios archivos de exportación, uno por cada categoría, ya que no tenemos esa opción en WordPress2Doc y organizar los contenidos en el procesador de textos, si son muchos, puede ser bastante tedioso.

Desde el documento resultante puedes maquetar un documento para su impresión en papel o darle formato para convertirlo en un libro electrónico, bien directamente en el procesador de texto, bien con alguna aplicación específica para crear archivos epub.

En mi caso agrupé los contenidos de 10 años de blog por temas, utilizando la estrategia de descargar por categorías. Posteriormente organicé los artículos de modo que la lectura resultase lo más coherente posible dentro de cada uno de los temas que se desarrollaban en el blog. Más o menos tenía un archivo por cada apartado de lo que acabaría siendo el índice del libro.

Si el objetivo es generar un recopilatorio manteniendo los artículos tal cual, bastaría con seleccionar el rango de fechas. Por ejemplo para un libro que recopile las reflexiones de un año concreto. Son varios los blogueros que publican recopilatorios anuales de las entradas de sus blogs y los utilizan para promocionarse. Con WordPress2Doc la tarea resultaría bastante sencilla.

La limitación más importante reside en que este programa está enfocado para trabajar con los contenidos de blogs creados con WordPress. Si cometiste el error de elegir otra plataforma de publicación es un buen momento para pasarte a WordPress.

Como ventaja destacaría que no es necesario instalar plugins ni herramientas de terceros en el blog. Tampoco hace falta crear cuentas de usuario ni suscribirse a modelos freemium en los que se ofrecen opciones similares a la que podemos conseguir con este software.

Así pues, creo que WordPress2Doc es una herramienta a considerar si te estás planteando pasar a formato papel los contenidos de tu blog. En mi caso fue un aliado en la aventura de autoeditar y autopublicar mi primer libro. Y lo está siendo para recopilar los contenidos que formarán parte del segundo. Pero de eso hablamos otro día.

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China, plásticos y madera.

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Papeleras de reciclaje en China

Recién declarada la Emergencia Climática tenemos motivos para mirar al futuro con optimismo. No es solo que el gobierno español demuestre que está dispuesto a ponerse las pilas para avanzar en la sostenibilidad de nuestro país. Es que una de las principales excusas para el escepticismo empieza a desvanecerse.

Parte de mi conciencia ambiental está influida por una frase que escuché siendo bastante joven en televisión. Tenía la cita atribuida a Umberto Eco y encuentro la confirmación en este enlace. Era enero de 1997, mi primer curso en la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad de Alcalá, y posiblemente estaría haciendo cualquier cosa más interesante que preparar los exámenes del primer semestre. Y la televisión escupió aquel mensaje: Si los chinos usan papel higiénico, no bastarán todos los bosques.

Algo después, en una conversación de bar con un amigo que empezaba su carrera profesional como piloto, otra afirmación en la misma línea. Nos comentaba que sin la limitación de la IATA al número de vuelos, la aviación acabaría rápidamente con las reservas de petróleo. La creciente demanda de vuelos internos en China se estaba aumentando aceleradamente el consumo de combustibles fósiles.

China, China, China… entre el tamaño de su población y que la globalización la ha convertido en la fábrica del mundo China está muy presente en las cuestiones ambientales. La potencia asiática tiene capacidad, por sí misma, de tirar por tierra esfuerzos como el realizado para evitar los gases que agotan la capa de ozono. O dar al traste con los acuerdos sobre emisiones de efecto invernadero.

Pero también puede ayudar a que toda la industria del reciclaje se ponga las pilas. Las alarmas del mundo se encendieron con el veto a la entrada de residuos mezclados al país, despertándonos del ensoñamiento en el que vivíamos gracias a la fantasía de un reciclaje que en realidad consistía en verter e incinerar nuestra basura más lejos de casa.

Y ahora China nos vuelve a sorprender. Nos adelanta por la izquierda anunciando la limitando distintos tipos de plásticos de usar y tirar. Prohíbe el uso de bolsas de plástico y la fabricación de las que sean más finas de 0.025mm, no permite el uso de productos de plástico de un solo uso en hoteles a partir de 2025 o reducción del plástico desechable en restauración en un 30%.

Ahora que tenemos que transponer la Directiva (UE) 2019/904 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 5 de junio de 2019, relativa a la reducción del impacto de determinados productos de plástico en el medio ambiente igual es momento de tomar nota de algunas de esas medidas con las que China podría estar superando los compromisos adoptados en Europa.

Adicionalmente al veto a los plásticos China anuncia más control en otras materias primas, como la madera. Otra buena noticia si consideramos el papel que debería jugar la gestión forestal en la lucha contra el clima.

En la medida en la que China adopte políticas para reducir el impacto de la extracción de materias primas, deje de fabricar y consumir determinados productos de plástico de un solo uso y avance en medidas de ambientales estaremos más cerca de vivir en un planeta algo más sostenible. Queda mucho por hacer, pero hay motivos para la esperanza.

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300 millones de años separan el papel y el plástico.

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El plástico mata

Me llaman mucho la atención los análisis que dicen que el papel es menos ecológico que el plástico. Lo siento, no puedo con ellos. Son estudios parciales e intencionadamente sesgados que olvidan algunos pequeños detalles.

El primero que la materia prima de la que obtenemos la mayor parte del plástico es un recurso fósil que se generó hace unos 300 millones de años en un momento de la historia geológica de nuestro planeta que poco o nada tiene que ver con el actual. A los defensores del plástico se les llena la boca hablando de economía circular, pero si dependemos de un viaje de 300 millones de años… mal vamos.

Tampoco podemos obviar el destino de la mayoría de los plásticos que alguna vez ha fabricado o utilizado la humanidad. ¿Reutilización? ¿Reciclaje? No: microplásticos que contaminan la cadena alimentaria. Están en las heces de todos nosotros y liberan sustancias plastificantes que, igualmente, se pueden encontrar en la sangre y la orina de los seres humanos que actualmente habitan el planeta. Algunas de esas sustancias, por cierto, tienen efectos hormonales sobre nuestro organismo cuyo impacto iremos viendo durante los próximos años.

Frente a ese origen y ese impacto tenemos el papel: fibras de origen vegetal con un ciclo que ocurre en una escala temporal humana. Sí la industria papelera genera muchos impactos, estamos de acuerdo ¿los comparamos con los de la petroquímica?

Tampoco estaría mal sería comparar los impactos de la gestión forestal y los de la industria de extracción del petróleo. La localización y distribución global de los recursos y la posibilidad de contribuir a la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la explotación ordenada de ambas fuentes de recursos.

Mientras el mundo rural languidece y los recursos forestales se convierten en combustible para desastres ecológicos en distintas partes del planeta hay quien todavía prefiere seguir lavando la imagen de un material, que siendo maravilloso e insustituible en algunas aplicaciones, deberíamos sustituir en la mayor parte de los usos que nos sea posible.

La próxima vez que lean comparaciones entre estos dos materiales miren hasta dónde llega el análisis. Si se reflexiona sobre que el plástico es una correa de transmisión que extrae a la superficie y deja listo para su liberación el carbono que había estado retenido en la corteza terrestre durante los últimos 300 millones de años.

O si se aportan datos sobre cómo la gestión sostenible de los bosques contribuye a retener carbono de la atmósfera en forma de madera y materia orgánica que acumulada en suelos forestales.

Frente a la extracción concentrada y centralizada de petróleo tenemos la posibilidad de una producción distribuida de fibras vegetales. Ante un residuo que la naturaleza no es capaz de reintegrar, que desborda sistemas de recogida, sobrepasa nuestra capacidad de tratamiento y abarrota vertederos, tenemos unas fibras vegetales fáciles de recuperar o, en su caso, descomponer por procesos naturales.

Dejando de lado la pasión y volviendo al rigor profesional, antes de afirmar que «las bolsas de papel no son más ecológicas que las de plástico» convendría recordar que sí existe un sello de certificación dentro del esquema legal de etiquetado ecológico europeo para productos de papel ecológico pero lo no hay para productos de plástico.

No podemos perder de vista que el enemigo común es el producto de usar y tirar. Los envases cómplices de cadenas lineales de producción y consumo que causan destrucción a lo largo y ancho de nuestro planeta.

Pero mientras el plástico es una bomba de relojería que amenaza tu salud, el cartón son unos gramos de carbono que, temporalmente, están retenidos de la atmósfera que compartirnos.

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COP25, no has decepcionado

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Acaba la COP25. Una cumbre del clima que empezó torcida termina como una patada hacia delante: la llamada a la ambición se traslada a la siguiente conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Quizá no es el peor de los resultados posibles, pero sí es, necesariamente, decepcionante.

#tiempodeactuar COP 25 en Madrid

Empezaba torcida porque tocaba en Brasil. En vez de celebrarse allí se trasladó a Chile y de allí acabó llegando a España. Podríamos analizar la situación política en cada una de estas paradas (mención especial a la ciudad anfitriona), pero extendería este artículo innecesariamente: gobiernos negacionistas, conflictos sociales y bloqueo político son las claves que han marcado el contexto de esta reunión internacional.

Con esos mimbres estos cestos: no se aprueban unas reglas que desarrollen el artículo 6 del Acuerdo de París, lo que aplaza un mecanismo potente para la mitigación global de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. También siguen los problemas sobre financiación de la actuación climática. En el lado positivo destacaríamos avances en igualdad de género y consideraciones sobre justicia climática en términos de derechos humanos y transición justa.

Las grandes corporaciones han hecho su circo: campañas de lavado de imagen (o greenwashing), que ha ido desde publicidad en las portadas de los principales periódicos a forrar paradas de metro enteras. Declaraciones grandilocuentes sobre responsabilidad social y compromisos medioambientales que no se traducen en acciones concretas. Publicidad sobre medidas a un futuro que nunca llega. Palos en las ruedas a corto plazo: mientras se ponen medallas evitan que los gobiernos acuerden reglas internacionales para limitar las emisiones causadas por su actividad. O que les hagan pagar por ellas.

Quizá no sería justo calificar las COP como un circo caro e inútil, pero desde luego que algo de eso tienen. Lo bueno es que permiten dar visibilidad a las negociaciones sobre el Cambio Climático: nunca antes habíamos tenido en los medios a tanta gente hablando sobre el clima. Y que avanzan. Poco a poco, van consiguiendo compromisos para reducir las emisiones de efecto invernadero y establecer mecanismos de mitigación y adaptación.

El problema, en parte, está en el relato. Durante dos semanas los medios ponen el foco en el circo, las empresas aprovechan para ponerse medallas sobre lo verdes que son, los científicos ponen sobre la mesa evidencias y la sociedad civil reclama a todos compromisos fuertes. Y a última hora dejamos solos a los representantes, para acusarles de no ser capaces de estar a la altura. ¿Realmente es culpa de los políticos que no se consigan logros más ambiciosos en las COP? No.

Si no vamos más deprisa es porque se está durmiendo a la sociedad civil a base de medidas blandas que permiten posicionar a las marcas como las defensoras de las iniciativas más avanzadas en materia de clima. Es una cuestión de conciencia: que cada uno pueda volver a casa con la conciencia tranquila. Por eso molesta tanto Greta Thunberg: ha metido los focos en unos eventos en los que ya nadie esperaba nada de nadie.

Gran parte del fracaso es culpa de los grupos de presión de las corporaciones que tantos gases de efecto invernadero emiten. Algunos son muy evidentes, otros no tanto. Pero el nivel de intromisión llega a todos los niveles y cubre todos los frentes. Trabajan activamente en blanquear y hacer buenas las propuestas de esas empresas que, por otro lado, influyen en los procesos de toma de decisiones desinflando las medidas finalmente adoptadas en cada reunión. Con distintos trajes están presentes en el día a día de los representantes políticos, unas veces enfrente alertando de los riesgos de las medidas, otras a su lado como simpáticos asesores y orientadores del camino a seguir.

Action Now COP 25 en Madrid

Y consiguen imponerse en los medios de comunicación. El juego es fácil: se dibuja a las organizaciones ecologistas y de defensa de derechos humanos como radicales. En paralelo se crean otras ONG, financiadas con el dinero de las corporaciones, para dirigir el discurso con un mensaje cómodo para todos. Las limitaciones de los medios de comunicación hacen el resto. ¿Cómo llenamos el tiempo del noticiario? camiones de estiércol volcados a la puerta de IFEMA, activistas expulsados de las reuniones… y el micrófono en la boca de quienes se alían con las corporaciones para tenernos entretenidos mientras no se hace nada. Da voz a quien yo te diga que para eso te patrocino. Y no te salgas de las notas de prensa, que para eso las redacto.

El relato está dominado por los portavoces del discurso de las grandes empresas. Personas que se dedican a abrazar a los representantes políticos que deberían trasladar a las decisiones las evidencias científicas y el clamor de la calle. Pero muchos de los miles de personas que están en una COP han ido allí a conseguir los resultados que pretenden los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Se dedican a desmontar los argumentos más críticos y restar importancia al fracaso de las negociaciones.

Suavizan los resultados desde el principio, con grandes reuniones en las que juntan a corporaciones y gobiernos, para que se pongan cara y se olviden de los que se quedan fuera. En el durante ponen los escenarios y los focos para las fotos que abrirán las portadas. Y después seguirán organizando actividades con las que parezca que están haciendo algo, ya sin la presión de acuerdos que introduzcan limitaciones a sus negocios.

No, la COP25 no ha defraudado. Ha estado, como se veía venir, al servicio de quienes quieren echar el freno a la ambición climática. De las grandes empresas que manejan el discurso a su antojo y establecen la agenda internacional en función de sus intereses particulares. De los lobistas que posicionan a nuestros políticos y les consuelan cuando no están a la altura de lo que las personas esperan de ellos.

Por cierto, que si quieres enterarte de qué se ha decidido puedes consultar el fondo documental de Naciones Unidas.

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