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También respiramos microplásticos

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imagen distópica de chico con una máscara de gas para filtar el aire que resipa

El impacto del plástico nos había dejado noticias como que se podían encontrar fragmentos de este material en las heces de las personas o que hay químicos plastificantes en las muestras de sangre y la orina humanas en las que se analiza este tipo de sustancias.

Ahora un estudio llama la atención sobre la presencia de microplásticos en muestras de nieve en distintos lugares de Europa y el Ártico, indicativa de una contaminación significativa del aire por este material.

En las muestras han encontrado gran variedad de polímeros, hasta 12 tipos diferentes en una sola muestra. Si bien los resultados serían matizables en función del límite de detección de la técnica utilizada para analizar las muestras, entre los materiales más frecuentes estarían los fragmentos de distintos tipos de goma, que podrían proceder -entre otros usos- del desgaste de neumáticos.

Polímeros plásticos presentes en la nieve analizada

A la dificultad de explicar cómo llega esta variedad de micropartículas de plástico a lugares no habitados, se plantean dos propuestas: el arrastre desde masas de agua en procesos de evaporación y el transporte a larga distancia por los sistemas de vientos globales, que tienen capacidad -por ejemplo- de arrastrar polvo del Sáhara a 3.500 kilómetros de distancia, similar a la que separa los lugares del ártico estudiados de distintas ciudades europeas.

El estudio plantea la necesidad urgente de investigar en los efectos sobre la salud humana y los efectos sobre los animales que pueden tener los microplásticos transportados por el aire ya que, según sus conclusiones, las altas concentraciones de microplásticos en la nieve indica una significativa presencia de estos contaminantes en la atmósfera.

Que los humanos comamos, respiremos, bebamos, caguemos y meemos plástico es algo digno de ser estudiado, tanto por los efectos que pueda tener para nuestra salud, como por indicar que algo podemos mejorar en nuestro modelo actual de producción y consumo.

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Entonces ¿dónde se tiran las neveras y las lavadoras?

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Estos días hemos aprendido que las neveras no se tiran al monte. Si lo haces, presumes de ello y te pillan la broma te puede salir cara. Más todavía si trabajas en una empresa de gestión de residuos de aparatos eléctricos y electrónicos que lleva 10 años haciendo las cosas mal.

Frigoríficos, lavadoras, lavavajillas, televisores, ordenadores… son aparatos eléctricos y electrónicos (AEE) que, con su uso, acaban convirtiéndose en residuos (RAEE). Todos ellos sospechosos de obsolescencia programada y, en ocasiones, obsolescencia percibida. Todos ellos con sustancias peligrosas que hay que gestionar adecuadamente y materiales que se pueden recuperar y reciclar para convertirlos en materias primas.

¿Qué tengo que hacer con un electrodoméstico viejo cuando deja de resultarme útil? La legislación establece varias posibilidades. En el caso de que lo estemos sustituyendo por uno nuevo debemos entregar el aparato viejo a quien nos vende el nuevo, tanto en el comercio tradicional -con establecimientos físicos- como en la venta a distancia.

Adicionalmente, «los distribuidores con una zona destinada a la venta de AEE con un mínimo de 400 m², deberán prever la recogida en sus puntos de venta de carácter minorista, o en su proximidad inmediata, de RAEE muy pequeños, de modo gratuito para los usuarios finales, y sin obligación de compra de un AEE de tipo equivalente«. Es decir, en teoría, los establecimientos con una superficie de venta de electrodomésticos de más de 400 metros cuadrados deberían recoger, sin necesidad de que realicemos compra, los aparatos que no tienen ninguna dimensión exterior superior a los veinticinco centímetros.

Si no estás cambiando un aparato por otro nuevo, o tus chatarras electrónicas superan por algún lado los 25 cm, estás en situación de llevar los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos a uno de los puntos de recogida municipal de los previstos en el Real Decreto 110/2015, de 20 de febrero, sobre residuos de aparatos eléctricos y electrónicos.

¿A quién entregamos los electrodomésticos usados?

La normativa establece que los usuarios, cuando sea posible, destinarán los aparatos usados a un segundo uso mediante su entrega a

  • entidades sociales sin ánimo de lucro que puedan dar un segundo uso a los aparatos,
  • los establecimientos dedicados al mercado de segunda mano,
  • a través de otras vías de entrega para su reutilización y alargamiento de la vida útil de los productos.

Si el aparato resulta inutilizable, por falta de componentes esenciales o por daños estructurales difícilmente reparables, entre otras causas, los usuarios de AEE deben entregarlos como RAEE.

¿Hasta dónde eres responsable de tus RAEE?

Según la legislación vigente, los residuos de aparatos eléctricos y electrónicos -como cualquier otro residuo- tienen siempre un responsable del cumplimiento de las obligaciones que derivan de su producción y gestión.

En este caso, el usuario del aparato usado puede destinarlo a su reutilización o desecharlo como residuo, adquiriendo la consideración de productor del RAEE. Su responsabilidad concluye con la entrega del RAEE en las instalaciones o puntos de recogida de las Entidades Locales, de los distribuidores, de los gestores de residuos o con su entrega en las redes de recogida de los productores de AEE. La normativa contempla que el usuario puede exigir acreditación documental de la entrega.

Por su parte, los costes de la recogida separada, el transporte y el tratamiento respetuoso con el medio ambiente de los RAEE es responsabilidad de quienes los ponen en el mercado.

El reciclaje de los residuos ocurre en distintos tipos de instalaciones, a las que tienen que llegar los electrodomésticos en condiciones adecuadas para que se les retiren componentes peligrosos, se separen piezas reutilizables o se recuperen materiales que puedan volver a convertirse en materias primas. Entregarlos correctamente es sólo un primer paso.

En cualquier caso, los RAEE no pueden ser abandonados en la vía pública o entregados a operadores o gestores no registrados. La legislación contempla sanciones para este tipo de conductas que dificultan la correcta gestión de los residuos.

Pero ¿qué son los aparatos eléctricos y electrónicos?

Las cuestiones anteriores se aplican a aparatos eléctricos y electrónicos (AEE), cuya definición es: todos los aparatos que para funcionar debidamente necesitan corriente eléctrica o campos electromagnéticos, y los aparatos necesarios para generar, transmitir y medir tales corrientes y campos, que están destinados a utilizarse con una tensión nominal no superior a 1.000 voltios en corriente alterna y 1.500 voltios en corriente continua. A modo de ejemplo, se dividen en las siguientes categorías:

  • Aparatos de intercambio de temperatura: frigoríficos, congeladores, aparatos que suministran automáticamente productos fríos, aparatos de aire acondicionado, equipos de deshumidificación, bombas de calor, radiadores de aceite y otros aparatos de intercambio de temperatura que utilicen otros fluidos que no sean el agua.
  • Monitores, pantallas, y aparatos con pantallas de superficie superior a los 100 cm2: pantallas, televisores, marcos digitales para fotos con tecnología LCD, monitores, ordenadores portátiles, incluidos los de tipo «notebook».
  • Lámparas: lámparas fluorescentes rectas, lámparas fluorescentes compactas, lámparas fluorescentes, lámparas de descarga de alta intensidad, incluidas las lámparas de sodio de presión y las lámparas de haluros metálicos, lámparas de sodio de baja presión y lámparas LED.
  • Grandes aparatos (con una dimensión exterior superior a 50 cm): lavadoras, secadoras, lavavajillas, cocinas, cocinas y hornos eléctricos, hornillos eléctricos, placas de calor eléctricas, luminarias; aparatos de reproducción de sonido o imagen, equipos de música (excepto los órganos de tubo instalados en iglesias), máquinas de hacer punto y tejer, grandes ordenadores, grandes impresoras, copiadoras, grandes máquinas tragaperras, productos sanitarios de grandes dimensiones, grandes instrumentos de vigilancia y control, grandes aparatos que suministran productos y dinero automáticamente.
  • Pequeños aparatos (sin ninguna dimensión exterior superior a 50 cm): aspiradoras, limpiamoquetas, máquinas de coser, luminarias, hornos microondas, aparatos de ventilación, planchas, tostadoras, cuchillos eléctricos, hervidores eléctricos, relojes, maquinillas de afeitar eléctricas, básculas, aparatos para el cuidado del pelo y el cuerpo, calculadoras, aparatos de radio, videocámaras, aparatos de grabación de vídeo, cadenas de alta fidelidad, instrumentos musicales, aparatos de reproducción de sonido o imagen, juguetes eléctricos y electrónicos, artículos deportivos, ordenadores para practicar ciclismo, submarinismo, carreras, remo, etc., detectores de humo, reguladores de calefacción, termostatos, pequeñas herramientas eléctricas y electrónicas, pequeños productos sanitarios, pequeños instrumentos de vigilancia y control, pequeños aparatos que suministran productos automáticamente, pequeños aparatos con paneles fotovoltaicos integrados.
  • Aparatos de informática y de telecomunicaciones pequeños (sin ninguna dimensión exterior superior a los 50 cm): teléfonos móviles, GPS, calculadoras de bolsillo, ordenadores personales, impresoras, teléfonos.
  • Paneles fotovoltaicos grandes

Espero que esta entrada te aclare algo sobre el destino que deberías dar a los residuos electrónicos que generas en tu día a día. El reto es que la aplicación de la normativa incentive la fabricación de quipos más duraderos y reparables, así como que se reutilicen aparatos y componentes.

Para hacerlo posible es necesaria la participación de todos los agentes involucrados, desde los consumidores responsables y conscientes del marco legal aplicable a la producción y gestión de residuos, a fabricantes y distribuidores que, en este caso, juegan un papel clave para la recogida y adecuado tratamiento de los residuos.

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Basuraleza: nevera por la ladera

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El problema de los residuos tiene muchas caras y posibles soluciones. Algunas están al principio y otras al final de la tubería. Recoger basura del campo es una medida necesaria para reducir su impacto en los ecosistemas, pero esconde la necesidad de adoptar otras estrategias.

Sacar un frigorífico del cauce de un río es clave para frenar la contaminación que puede estar generando, siempre que no evite plantearnos preguntas ¿quién lleva esos residuos a la naturaleza?

Personalmente no se me ocurre en qué situación un particular acarrea un pesado y voluminoso electrodoméstico fuera de uso hasta el monte. Supongo que se darán casos en los que al interesado no se le ocurra dejarlo en el portal de su casa, junto a los contenedores de su calle, el punto limpio de su pueblo… y decida seguir avanzando con la lavadora al hombro hasta la cima de un cerro desde el que despeñar el aparato.

Sí hemos visto estos días el vídeo donde, supuestamente, los responsables de su reciclaje dejan caer una nevera vieja ladera abajo. Según distintas fuentes el desalmado es empleado de la empresa que debería estar dando una salida adecuada a los residuos de electrodomésticos.

Este gesto refleja la falta de compromiso con la legislación vigente en materia de gestión de residuos. En particular la mala aplicación del principio de responsabilidad ampliada del productor. Para aparatos eléctricos y electrónicos (prácticamente cualquier cosa que enchufes a la electricidad o a la que puedas poner pilas) existe la obligación del comerciante de quedarse con el aparato viejo que sustituyes por uno nuevo.

En teoría esto debería servir para incentivar la prevención: si los fabricantes tienen que asumir los costes de gestión del residuo (recogida, transporte, tratamiento, reciclaje, eliminación…), quizá se planteen diseñar productos con una mayor vida útil, que puedan ser reparados… o, al menos, que se puedan desmontar y separar en piezas reciclables. El objetivo es reducir el impacto de los residuos internalizando los costes en la cadena de valor de los productos.

Pero con demasiada frecuencia vemos que las lavadoras, frigoríficos y otros electrodomésticos acaban amontonados en descampados a las afueras de las ciudades, arrojados debajo del puente del río o, en el mejor de los casos, despedazados en las aceras de nuestras calles.

Sí, podemos y debemos pedir la cabeza de quien lanza la nevera ladera abajo. Y retirar los residuos del medio natural para que no sigan contaminando los ecosistemas que nos alimentan. Pero la denuncia tiene que ir más allá. Identificar al fabricante del electrodoméstico, a la organización responsable de la recogida, a la empresa titular de la furgoneta profesional dedicada al transporte de residuos.

Prevenir el abandono de basura en la naturaleza pasa por la concienciación de personas particulares, pero también porque todos los agentes implicados en la cadena de recogida, tratamiento y gestión actúen de acuerdo con su nivel de responsabilidad.

Como consumidor, la mía empieza en una decisión de compra y acaba cuando entrego los residuos a quienes tienen que llevarlos a una instalación de tratamiento. Si por el camino se entretienen buscando soluciones más lucrativas, pero con un mayor impacto ambiental, no se me puede responsabilizar. Yo pago por la gestión al final de su vida útil cuando compro productos que se convertirán en residuos y cuando mi Ayuntamiento me reclama las pertinentes tasas de basuras.

Incluso explico a cada transportista la obligación legal de llevarse el aparato viejo que sustituyo con el que me acaba de traer. Pero no puedo comprobar si la cadena de distribución está destinando la parte del precio que pago a capacitar a esos transportistas, o si lo que se me cobra en cada compra como «tasa ecoraee» es un impuesto revolucionario que no cumple su verdadera función.

Tampoco puedo ir detrás de cada furgoneta a verificar si desguazan los electrodomésticos que se llevan de casa en el descampado más cercano, liberando sustancias peligrosas, abandonando los residuos que no tienen salida en la economía sumergida y comerciando las piezas o los materiales que tienen un precio en el mercado negro.

Lo dicho. Sal a recoger basuraleza siempre que puedas o quieras. Pero evita ser cómplice de quienes deberían evitar que tus electrodomésticos rueden ladera abajo.

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Repor: Residuo en venta

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Cristina Fernández firma un reportaje imprescindible para entender cómo funciona la gestión de residuos en España y qué está pasando con nuestros plásticos. Si no lo has visto todavía busca cuanto antes la media hora que necesitas para verlo (estrictamente hablando 25 minutos y 19 segundos).

El reportaje explica, a través de testimonios de gestores de residuos, cómo funciona el mercado de los plásticos recuperados de nuestra basura, así como las opciones de encontrar salida a distintos materiales en función de su calidad, incluidas las exportaciones fraudulentas a países asiáticos a través de redes delictivas que actúan en el sector.

También aborda el problema de los, cada vez más frecuentes -una media de 50 al año-, incendios que ocurren en las instalaciones que se dedican a la gestión y almacenamiento de residuos recuperados.

En concreto da voz al SEPRONA (Servicio de Protección de la Naturaleza de la Guardia Civil). Desde esta institución manifiestan que aproximadamente el 15% de esos incendios son intencionados -quizá como forma de hacer desaparecer residuos que no se venden-, sin descartar que pueda haber otros que lo sean pero no se pueda demostrar después del pertinente peritaje.

Con independencia de esa intencionalidad, la gran mayoría de los incendios en plantas de residuos, según el SEPRONA, refleja malas conductas por negligencia, falta de medidas de seguridad, ahorro de costes y otros factores que influyen en los sucesos.

De modo similar, el Cuerpo de Bomberos de Castellón se pronuncia sobre las circunstancias en las que llegan los avisos sobre estos sucesos, el riesgo asociado a las condiciones de almacenamiento de los materiales residuales y la falta de medidas de prevención, como una deficiente sectorización. La suma de estos factores hace que la actuación se limite a controlar incendios que no tienen solución.

También habla la Administración, expresando el problema de la acumulación de plásticos y los resultados limitados del reciclaje, denunciando la acumulación ilícita de materiales y las dificultades de trasladar los costes de las actuaciones de retirada a los responsables.

Al final del reportaje un operario de recogida nos llama la atención sobre la falta de conciencia en relación a la cantidad de residuos que generamos. De este modo se cierra el documento con un aviso sobre la importancia de participar en la recogida selectiva como forma de mejorar las opciones de recuperación y reciclaje de nuestras basuras.

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¿Cómo liberamos al contenedor amarillo de su secuestro?

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¿Cómo liberamos al contenedor amarillo de su secuestro?

En su libro Stop Basura Alex Pascual desarrolla una idea que me llamó mucho la atención. Pone nombre a un sentir común en muchas personas que trabajan en el ámbito de la gestión de residuos: El secuestro del contenedor amarillo.

Esta metáfora sirve para ilustrar el sistema de caja negra en que el sistema integrado de gestión de residuos de envases ligeros ha convertido el contenedor amarillo. Ni siquiera podemos tener datos de reciclaje fiables.

El sistema de recogida selectiva basado en contenedores de colores responde a los intereses de Ecoembalajes España, S.A., el sistema integrado de gestión de residuos de envases ligeros. Su objetivo no es tanto “el reciclaje”, como dar cumplimiento a la responsabilidad ampliada del productor, una obligación de quienes ponen en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos. Cosa que ocurre con los envases de usar y tirar que depositamos en los contenedores de colores. Pero también con otros muchos materiales.

¿Cómo liberamos el contenedor amarillo? ¿Qué podemos hacer para ponerlo al servicio del interés general? ¿Cómo mejoramos su funcionamiento para conseguir más y mejores materias primas a partir de nuestros residuos? Mirando qué es lo que hay dentro con una perspectiva de análisis de ciclo de vida: economía circular de principio a fin, no sólo como solución de final de tubería.

En el sistema integrado de gestión de residuos de envases participan todos los agentes necesarios para mejorar el sistema. Pero la perspectiva actual es una solución de final de tubería: dar salida a los residuos de envases. La información disponible es, precisamente, un conjunto de números gordos sobre reciclaje, pero no tenemos datos sobre toda la cadena de valor de los diferentes materiales que se gestionan y procesan en estos contendores verde, amarillo y azul.

El problema es que esos datos son cautivos del sistema integrado de gestión, no hay forma de contrastarlos o auditarlos de manera independiente o con un criterio distinto de los propios intereses de Ecoembes. Lo paradójico es que son muchos los agentes que participan en ese sistema de gestión y se encuentran atrapados tanto en la opacidad como en la estrategia de gestión de Ecoembalajes España, S.A.

Así, por ejemplo, los fabricantes de latas de bebidas intentan trasladar a la sociedad el mantra de que 9 de cada 10 latas se reciclan, pero el sistema de recogida en el contenedor amarillo no permite certificar ese dato, ya que pierde la trazabilidad sobre el origen de los materiales recuperados en las instalaciones de clasificación de envases. No hay información suficiente como para asegurar que de cada 10 latas puestas en el mercado nacional 9 han sido efectivamente convertidas en materia prima.

Algo similar, pero mucho más dramático, le ocurre al sector del plástico. Sí, es un material maravilloso, pero ante los evidentes impactos en la salud de las personas y los ecosistemas de todo el planeta, se cierra en banda a una estrategia de comunicación heredada del sistema integrado de gestión de residuos de envases. El resultado es que ante los complacientes datos de Ecoembes tenemos informes en los que se evidencia que estamos reciclando poco más del 25% de los envases de plástico y que una parte indeterminada de los mismos acaba en Malasia.

La solución pasa, como casi siempre en cuestiones ambientales, en dar cumplimiento a los compromisos adquiridos con la Unión Europea y superar la recogida selectiva que hipoteca el modelo de gestión de residuos en España.

El primer paso para liberar el contenedor amarillo es sencillo, no requiere de modificaciones legales ni de grandes cambios en la infraestructura de recogida y tratamiento. Consiste en pasar de un modelo centrado en los envases de usar y tirar a, aplicando la Directiva 2008/98/CE del Parlamento Europeo y del Consejo, de 19 de noviembre de 2008, sobre los residuos, considerar las cadenas de valor de los distintos residuos por tipos de materiales.

Con este enfoque podrían establecerse sistemas integrados de gestión para los diferentes materiales. Ya existe uno, el del vidrio, que funciona significativamente mejor y tiene capacidad de ofrecer información más valiosa sobre sus procesos que el encargado de un concepto tan etéreo como los “envases ligeros”.

La primera ventaja de contar con sistemas integrados de gestión por tipos de materiales sería que contaríamos con distintos agentes independientes entre sí mirando en el contenedor amarillo. Algo que, sin lugar a dudas, arrojaría luz sobre la caja negra en la que hemos convertido actualmente el sistema de recogida de envases.

De esta forma todos los agentes de la cadena de valor de un material, desde la extracción hasta su reciclado en nuevas materias primas, controlarían el proceso de entrega, clasificación y tratamiento de los residuos que generan sus productos. Y podrían trabajar por optimizar los procesos que permitiesen una verdadera economía circular para su material.

En segundo lugar tenemos el problema de la trazabilidad. En los datos centrados en envases hacemos muchas estimaciones, caracterizaciones y aproximaciones que no nos dejan ver el bosque. Si bien es cierto que envasadores y distribuidores de productos envasados tienen obligaciones que implican cifras estadísticas, lo verdaderamente importante es contabilizar cuantas toneladas de material están en los flujos de la economía circular: qué cantidad de materias primas extraemos, en qué productos de consumo se convierten, cuanto tiempo tardan en convertirse en residuos, cuantos se recuperan, cómo llegan a los procesos de tratamiento, qué cantidad consigue reciclarse en nuevas materias primas, a qué productos se destinan esas materias… Toda esta información desaparece en un contenedor amarillo que recibe envases y nos devuelve materiales mezclados.

En tercer lugar estaríamos favoreciendo una recogida de residuos más acorde con la realidad de los ciclos de reciclaje y la percepción que los consumidores tienen de su basura. El contenedor amarillo se podría dedicar a “materiales”, no a “envases ligeros”. Es decir, dejaríamos a la gente hacer lo que le sale de manera natural: tirar al amarillo los plásticos y los metales. Al fin y al cabo los procesos industriales que separan lo que se deposita en este contenedor se centran en las características de los materiales. Y los recicladores necesitan materiales de calidad para convertirlos en materias primas, vengan de envases bien gestionados o de otros productos que se convirtieron en residuos.

Otro beneficio destacable a medio y largo plazo es que evitaríamos, como ocurre en el contenedor amarillo, que los envases más difíciles de recuperar y reciclar parasitasen el sistema. Actualmente tenemos que separar del contenedor amarillo todos los materiales que se recogen mezclados en él. Algunos, como las latas de bebidas, cuentan con procesos relativamente sencillos, tales como imanes. Pero la eficacia de esos procesos se ve condicionada por la presencia en el contenedor amarillo de envases adheridos a Ecoembes que ni pueden ser recuperados ni van a ser reciclados.

envases de plástico recuperados mediante sddr y listos para el reciclaje

Si cada flujo de materiales contase con estadísticas propias podría evaluarse cómo afecta la mezcla en el contenedor amarillo. No sólo eso, se generarían incentivos para presionar realmente a los distintos sectores a un diseño de producto orientado a una recogida, una clasificación y un tratamiento más ecológicos: ecodiseño con enfoque ecológico y no meramente económico.

Porque el objetivo de la responsabilidad ampliada del productor es, precisamente, reducir los impactos ambientales, económicos y sociales, en este caso, de los envases. Con el modelo de caja negra del contenedor amarillo muchos agentes no tienen incentivos para reducir la huella ambiental y social, pero sí estrategias para reducir el coste en su modelo de negocio a base de utilizar envases de usar y tirar que no siempre son reciclables.

Como ejemplo tenemos el caso del “agua en caja”, donde se opta por un envase que genera menos costes en el transporte a pesar de que es difícil de recuperar y que en España no se puede reciclar al 100%.

Utilizar estrategias de publicidad engañosa para tratar de vender las bondades del brik es algo que sólo cabe en un esquema de contenedor amarillo secuestrado, en el que las estadísticas de números gordos permiten colar este envase complejo por delante de envases monomateriales más fáciles de recuperar y con mejores posibilidades de reciclaje.

Entiendo que son muchos los interesados en liberar el contenedor amarillo de su secuestro:

  • En el grupo de materias primas necesitan poner en valor sus materiales y garantizar que, efectivamente, se avanza a una economía circular que aproveche los residuos en vez de crear largas cadenas de exportación en las que se pierde la trazabilidad y el control sobre las condiciones, tanto de extracción de materias primas como de recuperación de materiales.
  • Para los recicladores es clave que los residuos lleguen en condiciones adecuadas para convertirse en materia prima, no sólo como resultado de un tratamiento para cumplir estadísticamente con la obligación de procesar toda la basura antes de eliminarla en vertedero.
  • Envasadores, comercio y distribución están viendo que su imagen queda por los suelos en cada campaña de sensibilización sobre la basuraleza. El esfuerzo de las marcas tirado por tierra con cada residuo que se fotografía y recoge abandonado en la naturaleza.
lata de Coca Cola abandonada

En vez de hacer la guerra por su cuenta, confiando en que el contenedor amarillo arregle el desastre, los sistemas integrados basados en tipos de materiales podrían aportar un enfoque integrado de la cuna a la cuna, diseñando productos que no sólo optimicen los costes de distribución o que sean atractivos al consumidor, también que puedan ser recuperados en los sistemas de recogida en condiciones interesantes para su reciclaje.

Siguiendo con el ejemplo del agua en caja, tenemos un envase complejo, formado por capas de plásticos, aluminio y cartón que quiere competir contra envases de vidrio y envases de plástico. En un enfoque de distribución la estrategia es muy buena, pero de cara a la recuperación de materiales es pésima: el coste de recuperar el plástico de los bricks favorece la pérdida de este material cuando se utiliza en este tipo de envase. Por otro lado, la demanda y las opciones de recuperación del plástico de las botellas hacen que el PET sea uno de los polímeros más recuperados de nuestra basura.

La estrategia óptima desde el punto del residuo sería emplear vidrio reutilizable, pero no parece ser la más conveniente para las grandes corporaciones de la distribución. El brick puede comerle terreno a las botellas de plástico, entre otros motivos, porque acaban en el mismo sistema integrado de gestión, que camufla los impactos ambientales, económicos y sociales de las distintas opciones disponibles. Pero el vidrio, con su línea independiente de gestión, sigue siendo una alternativa tanto al plástico como al brick.

Quizá con una estrategia de sistemas integrados de gestión diferenciados por materiales podríamos ver algo de competencia, centrada en la capacidad de cerrar ciclos en la economía circular, que permitiese tomar decisiones óptimas en todo el ciclo de vida de los diferentes productos de consumo. Y colaboración cuando un envase complejo fuese la mejor alternativa para el conjunto de los materiales y agentes implicados en esta elección.

Por ir cerrando esta entrada quiero dejar constancia que la propuesta no va de cambiar los contenedores por maquinitas, ni de liquidar Ecoembalajes España, S.A. Va de llamar la atención a los agentes para que abran a la sociedad el contenedor amarillo: que nos permitan mirar dentro y lo pongan al servicio del interés general.

Pero para ello tienen que ser un poco egoístas y organizarse de manera coherente con esa responsabilidad corporativa, esa economía circular y esos objetivos de desarrollo sostenible que tanto les gusta abanderar. La sostenibilidad de cada uno no se puede dejar en manos de terceros.

Se trata de crear estrategias que favorezcan el conocimiento de los flujos de materiales, con independencia de si son envases o no, para mejorar su gestión cuando se convierten en residuos y establecer, a lo largo de todo su ciclo de vida, los procesos adecuados para que puedan ser recuperados y reintegrados en forma de materias primas.

Es, en definitiva, un llamamiento a contribuir a solucionar los problemas que afrontamos como especie en vez de seguir ocultándolos debajo de una alfombra que ya no disimula lo que llevamos metiendo debajo durante décadas.

Igual es tan sencillo como invertir en más contenedores y menos propaganda. Pero sin datos adecuados no podemos diseñar soluciones ajustadas.

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¿Cómo llegaron tus envases a Malasia?

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Según informa Antonio Cerrillo en La Vanguardia, Yeo Bee Yin, ministra de Medio Ambiente de Malasia, también se va a poner dura con los residuos. Por lo visto, su país está siendo destino, en parte, de los plásticos que anteriormente enviábamos a China. Greenpeace pone de manifiesto en su informe “Reciclar no es suficiente: la gestión de residuos de envases plásticos en España” que envases de plástico españoles acaban en Malasia. La pregunta es ¿cómo llegan hasta allí si yo los dejé en el contenedor amarillo?

Entender el viaje hasta un vertedero de Malasia del plástico de un paquete de refrescos de cola que tú has dejado en el contenedor amarillo en Madrid no es fácil. Pero voy a intentar explicarlo. Si te quedan dudas pregunta en los comentarios, que para eso están.

El contenedor amarillo, destinado a lo que denominamos “envases ligeros”, es recogido por un camión compactador, que vacía los contenedores de una ruta y lleva los residuos a una planta de clasificación de envases. Normalmente, este servicio de recogida lo presa una empresa privada a la que se le adjudica por concurso público esta función. Sus ingresos dependen del importe de la adjudicación.

Contenedores de recogida selectiva en Madrid

Planta de clasificación de envases

Las plantas de clasificación de envases, en general, son instalaciones de titularidad pública y gestión privada. Muchas se han construido con cargo a fondos públicos, en una parte importante, europeos.

En la planta de clasificación de envases se descargan los camiones que recogen lo que has depositado en el contenedor amarillo y se procesa para rescatar los materiales que sean valiosos para el reciclaje.

Cada planta tiene sus matices de funcionamiento, pero todas tienen en común que entra mucha basura y tienen que procesarla rápido. No pueden almacenar toneladas y toneladas de residuos de envases.

Así, lo que se descarga pasa a una cinta transportadora sobre la que se suceden distintos procesos encaminados a rescatar todo lo que se pueda en el tiempo que dura el viaje desde el principio al final de la planta de clasificación.

En primer lugar se separan voluminosos, residuos que por su tamaño estropearían el proceso de clasificación y que, seguramente, no deberían estar allí. Se puede hacer a mano o con sistemas mecánicos. En ambos casos durante este proceso también existe algún mecanismo (manual o mecánico) para abrir las bolsas en las que se presentan los residuos de envases para su recogida.

Con el contenido de tu bolsa de basura sobre la cinta empieza la clasificación o triaje. Aquí puede haber personas separando a mano distintos materiales: cartones grandes, plásticos de envases grandes (botellas de detergente, suavizante, geles…). Es personal especializado en el material que rescata del flujo y consigue retirar materiales muy valiosos para el reciclaje: se han separado uno a uno y no van muy mezclados con otros materiales.

A continuación empieza un proceso mecánico que separa los materiales por distintos criterios. El primero suele ser un trómel. Es una especie de tambor de lavadora muy grande que tiene agujeros en sus paredes de un tamaño fijo. Es un criterio de diseño de la planta, dado que buscamos separar envases dejamos que cosas “pequeñas” caigan por los agujeros del trómel.

Un vídeo (no es funcinamiento real en la planta de clasificación, pero es un trómel) mejor que mil palabras:

De esta forma los restos pastosos que han escurrido durante el transporte, restos de comida que pudieran llegar con los envases… se quedan en este paso y no siguen adelante.

Por esos agujeros caen cosas más pequeñas del diámetro que, dependiendo de los criterios de diseño y funcionamiento de la instalación, puede ser de unos 10 centímetros. Es decir, por aquí se cuelan envases monodosis, pajitas, cuberterías de plástico, vasos, alguna botella, alguna que otra bolsa… tapas y tapones varios. Y trozos pequeños de otros materiales. Si tiraste una pila al contenedor amarillo, un vidrio que se rompiera en el camino, quizá una factura hecha mil pedazos… posiblemente han acabado aquí. Una mezcla compleja y difícil de procesar. Pero de la que se podrían sacar algunos materiales, incluidos plásticos, para reciclar.

Entre lo que sigue adelante tenemos todavía varios tipos de materiales que van pasando por distintos sistemas de clasificación. Con un imán metales férricos, con una corriente de Foucault los envases de aluminio. Con una corriente de aire potente se hacen volar cosas ligeras, normalmente plásticos de bolsas y otros envoltorios… y, si la planta está preparada, con sensores ópticos se distinguen varios tipos de plástico.

Llegamos al final de la cinta transportadora, donde cae, dependiendo de la instalación, alrededor del 25% de lo que entró. Se considera que esto no es aprovechable, pero pueden quedar materiales que no han sido identificados correctamente por los distintos procesos, que estaban debajo o encima de otro material diferente en el momento que pasaban por la cinta…

¿Agotador? Te dejo un vídeo de una planta de tratamiento de vidrio, tristemente famosa en estos días, para que entiendas un poco cómo va la cinta transportadora. El proceso es algo distinto al de una planta de clasificación de envases ligeros, pero sirve para hacerse a la idea.

Nos habíamos quedado a la salida de la planta de clasificación de envases. Toca seguir la pista a los distintos flujos que habíamos apuntado:

  • Plásticos “grandes” separados a mano.
  • Cartones “grandes” separados a mano.
  • Metales férricos.
  • Residuos de aluminio.
  • Plásticos mezcados con cosas que caen del trómel.
  • Distintos plásticos de menor valor separados en el proceso.
  • Restos que no se han conseguido separar.

Ahora hay que buscar un mercado para colocar los resultados del proceso de clasificación. Los cuatro primeros paquetes no tienen problema: hay demanda de materiales para fabricar cosas. La clave está en conseguir materiales de calidad suficiente para que sean materias primas. Eso ocurre en el siguiente paso, los gestores de residuos.

Gestores de residuos

Existen distintos tipos de gestores de residuos. En este contexto, es un concepto genérico que va desde el transporte o el almacenamiento a la selección de materiales o su tratamiento. Por lo general, son pequeñas y medianas empresas, todas sujetas a obligaciones legales e intervención administrativa, que se especializan en funciones concretas.

Algunas se hacen con uno de los cuatro primeros paquetes y lo reprocesan. Así, de esos “plásticos grandes” consiguen separarlos para mejorar el porcentaje de un determinado material. Si, por ejemplo, tienen una planta especializada en recoger PET, procesan su paquete de plásticos de PET que salía de la planta de clasificación con un 80% de PET y consiguen un PET al 99%. Esto quiere decir que una parte sigue adelante y otra no avanza en el proceso de reciclaje.

Después ese material reprocesado viaja a otra instalación especializada en coger el PET y hacer escamas de PET que pueden fundirse y ser nueva materia prima. Este tiene que procesar el PET y quitar las impurezas que todavía queden (etiquetas, tapones de otro material, otros plásticos que se han colado en los procesos anteriores). También tiene su porcentaje de rechazo.

Los rechazos de los distintos gestores pueden ir a eliminación (vertedero o incineración) o seguir conteniendo materiales que los hagan ser valiosos para otros gestores especializados.

plásticos, metales, materia orgánica, papel y cartón, recuperados en una planta de clasificación de residuos

Así, los distintos residuos que salen de la planta de clasificación pasan por varios gestores, que algunas veces se denominan intermediarios, que van rescatando, para poner en valor (o valorizar), los materiales que previamente se clasificaron en la planta que procesó los residuos que dejaste en el contenedor amarillo.

Evidentemente, los materiales más “limpios” encuentran salida antes, mientras las mezclas no suelen resultar atractivas. Rescatar materiales de mezclas complejas, como lo que caía por el trómel de la planta de clasificación, requiere invertir esfuerzo y recursos, con resultados poco provechosos. Por eso es tan importante que separemos los residuos en origen de acuerdo con los criterios del sistema de recogida al que se los estamos entregando.

Así pues, estas empresas gestoras de residuos trabajan con materiales. Lo que venden es acero, hierro, PET, poliestierno… con un porcentaje de pureza que puede interesar al siguiente. A sus clientes finales, los que funden el material para hacer materias primas, les da igual (si el material es suficientemente “puro”) que el aluminio viniese de una lata o del perfil de una ventana, que el plástico fuese un envase o un juguete.

Y a los gestores también. Recibirán latas de plantas de clasificación, de talleres de aluminio, de chatarrerías, de traperos y de rebuscadores. Si son empresas serias intentarán tener una trazabilidad al origen del material y una contabilidad escrupulosa. Pero algunos se las ingenian para dar salida al cobre que desaparece de los cables de las farolas.

A un mismo gestor pueden llegar plásticos mezclados de clasificación del contenedor amarillo y el contenedor compactador de un centro comercial con los plásticos de envases comerciales que no se admiten en el contenedor amarillo y tienen que llevar una gestión propia. Incluso los restos de plástico de una fábrica de recambios para coches.

En este punto se pierde la trazabilidad para una parte importante de los residuos de envases. Son mezclados con otros flujos de residuos para conseguir cantidades de material suficientemente importantes como para interesar al siguiente de la cadena.

Si el material tiene la calidad suficiente para ser convertido en materia prima no hay más problema. Se cierra el ciclo del reciclaje y listo. La cuestión es qué hacemos con mezclas complejas que no hay forma de reciclar, eliminar en Europa resulta costoso y procesar para separar resulta todavía más caro.

La Convención de Basilea

El problema del tránsito de residuos de unos países a otros no es nuevo. Si bien con el foco puesto en los residuos peligrosos, la comunidad internacional empezó a tomar cartas en el asunto en la década de 1980, adoptando la Convención de Basilea en 1989. Esta norma internacional es el origen de gran parte de la legislación vigente sobre residuos.

Entre sus disposiciones establece normas que limitan el movimiento transfronterizo de desechos. Y es lo que alega Yeo Bee Yin para exigir a España responsabilidades por los plásticos que acaban ilegalmente en Malasia.

Como pasaba con China, el problema no está en llevar materiales a otro país para que sean reciclados allí. La cuestión es que lo que enviamos la parte que no somos capaces de procesar o eliminar aquí porque nos resulta demasiado caro.

China fue la primera gran potencia importadora de basuras plásticas en poner freno. Cuando empezó a ver que lo que le llegaba le generaba más problemas que beneficios puso límites a este tránsito de residuos. Desde aquí los gestores envían material que se etiqueta como reciclable. Y sí, con mucho tiempo y mucha mano de obra hay materiales que pueden rescatarse para su reciclaje. Pero la mayoría son materiales de ínfima calidad que acaban colmatando los vertederos y saturando las incineradoras de los países de destino.

Y sí, entre esos plásticos exportados de mala manera hay algunos de los envases que compras en España y depositas religiosamente en el contenedor amarillo. Posiblemente muchos de los que se escapan por los agujeros del trómel.

¿Me cabreo y dejo de separar mis residuos?

No. Por supuesto que no. Tenemos que participar en el sistema de recogida selectiva, pese a que la Unión Europea nos exige desde 2008 que lo cambiemos por uno de recogida separada que favorezca el reciclaje de materiales.

El porcentaje en peso de los residuos de envase que acaba en Malasia es más una evidencia de las necesidades de mejora del sistema de recogida y gestión de envases, un toque de atención sobre lo insostenible del consumo basado en envases de usar y tirar, que otra cosa.

Lo que sí tenemos que reclamar es la correcta aplicación de la legislación y una mayor transparencia en los datos sobre gestión de residuos. En España el contenedor amarillo está secuestrado por Ecoembalajes España, S.A. y es un problema serio para avanzar en el reciclaje de materiales. Es preocupante que estamos muy lejos de cumplir con las obligaciones europeas y todos las personas que vivimos en España pagaremos en multas y tasas por eliminación de basuras lo que durante 20 años de funcionamiento de Ecoembes ha dejado de invertir en prevención y reutilización de envases.

Lo preocupante es la cantidad (medida en unidades) y variedad de envase adheridos a Ecoembes que no se pueden recuperar ni reciclar con un sistema de contenedores de colores. Y el problema a estudiar es cómo estos mismos envases dificultan y encarecen el tratamiento y la recuperación de los que sí son valiosos para la industria del reciclaje.

Por otro lado, podemos afirmar que Ecoembes no envía un solo envase a Malasia. Es el sistema de recogida que gestiona el que los envía a través de gestores de residuos que intentan rescatar de los restos del contenedor amarillo los materiales que, recogidos de otra forma, se convertirían fácilmente en materias primas.

Por eso, las preguntas que tenemos que trasladar a los responsables pertinentes son ¿cuántos de los envases que se ponen en el mercado español adheridos a Ecoembes acaban en Malasia? ¿Cuántos envases recogidos en el contenedor amarillo en España acaban cada año en Malasia?

Porque señoras y señores, Malasia está dispuesta a hacernos pagar a todos la factura por los plásticos que han acabado allí. Incluidos los que pasaron sin pena ni gloria por el contenedor amarillo.

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