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China, plásticos y madera.

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Papeleras de reciclaje en China

Recién declarada la Emergencia Climática tenemos motivos para mirar al futuro con optimismo. No es solo que el gobierno español demuestre que está dispuesto a ponerse las pilas para avanzar en la sostenibilidad de nuestro país. Es que una de las principales excusas para el escepticismo empieza a desvanecerse.

Parte de mi conciencia ambiental está influida por una frase que escuché siendo bastante joven en televisión. Tenía la cita atribuida a Umberto Eco y encuentro la confirmación en este enlace. Era enero de 1997, mi primer curso en la Facultad de Ciencias Ambientales de la Universidad de Alcalá, y posiblemente estaría haciendo cualquier cosa más interesante que preparar los exámenes del primer semestre. Y la televisión escupió aquel mensaje: Si los chinos usan papel higiénico, no bastarán todos los bosques.

Algo después, en una conversación de bar con un amigo que empezaba su carrera profesional como piloto, otra afirmación en la misma línea. Nos comentaba que sin la limitación de la IATA al número de vuelos, la aviación acabaría rápidamente con las reservas de petróleo. La creciente demanda de vuelos internos en China se estaba aumentando aceleradamente el consumo de combustibles fósiles.

China, China, China… entre el tamaño de su población y que la globalización la ha convertido en la fábrica del mundo China está muy presente en las cuestiones ambientales. La potencia asiática tiene capacidad, por sí misma, de tirar por tierra esfuerzos como el realizado para evitar los gases que agotan la capa de ozono. O dar al traste con los acuerdos sobre emisiones de efecto invernadero.

Pero también puede ayudar a que toda la industria del reciclaje se ponga las pilas. Las alarmas del mundo se encendieron con el veto a la entrada de residuos mezclados al país, despertándonos del ensoñamiento en el que vivíamos gracias a la fantasía de un reciclaje que en realidad consistía en verter e incinerar nuestra basura más lejos de casa.

Y ahora China nos vuelve a sorprender. Nos adelanta por la izquierda anunciando la limitando distintos tipos de plásticos de usar y tirar. Prohíbe el uso de bolsas de plástico y la fabricación de las que sean más finas de 0.025mm, no permite el uso de productos de plástico de un solo uso en hoteles a partir de 2025 o reducción del plástico desechable en restauración en un 30%.

Ahora que tenemos que transponer la Directiva (UE) 2019/904 del Parlamento Europeo y del Consejo, de 5 de junio de 2019, relativa a la reducción del impacto de determinados productos de plástico en el medio ambiente igual es momento de tomar nota de algunas de esas medidas con las que China podría estar superando los compromisos adoptados en Europa.

Adicionalmente al veto a los plásticos China anuncia más control en otras materias primas, como la madera. Otra buena noticia si consideramos el papel que debería jugar la gestión forestal en la lucha contra el clima.

En la medida en la que China adopte políticas para reducir el impacto de la extracción de materias primas, deje de fabricar y consumir determinados productos de plástico de un solo uso y avance en medidas de ambientales estaremos más cerca de vivir en un planeta algo más sostenible. Queda mucho por hacer, pero hay motivos para la esperanza.

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300 millones de años separan el papel y el plástico.

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El plástico mata

Me llaman mucho la atención los análisis que dicen que el papel es menos ecológico que el plástico. Lo siento, no puedo con ellos. Son estudios parciales e intencionadamente sesgados que olvidan algunos pequeños detalles.

El primero que la materia prima de la que obtenemos la mayor parte del plástico es un recurso fósil que se generó hace unos 300 millones de años en un momento de la historia geológica de nuestro planeta que poco o nada tiene que ver con el actual. A los defensores del plástico se les llena la boca hablando de economía circular, pero si dependemos de un viaje de 300 millones de años… mal vamos.

Tampoco podemos obviar el destino de la mayoría de los plásticos que alguna vez ha fabricado o utilizado la humanidad. ¿Reutilización? ¿Reciclaje? No: microplásticos que contaminan la cadena alimentaria. Están en las heces de todos nosotros y liberan sustancias plastificantes que, igualmente, se pueden encontrar en la sangre y la orina de los seres humanos que actualmente habitan el planeta. Algunas de esas sustancias, por cierto, tienen efectos hormonales sobre nuestro organismo cuyo impacto iremos viendo durante los próximos años.

Frente a ese origen y ese impacto tenemos el papel: fibras de origen vegetal con un ciclo que ocurre en una escala temporal humana. Sí la industria papelera genera muchos impactos, estamos de acuerdo ¿los comparamos con los de la petroquímica?

Tampoco estaría mal sería comparar los impactos de la gestión forestal y los de la industria de extracción del petróleo. La localización y distribución global de los recursos y la posibilidad de contribuir a la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible de la explotación ordenada de ambas fuentes de recursos.

Mientras el mundo rural languidece y los recursos forestales se convierten en combustible para desastres ecológicos en distintas partes del planeta hay quien todavía prefiere seguir lavando la imagen de un material, que siendo maravilloso e insustituible en algunas aplicaciones, deberíamos sustituir en la mayor parte de los usos que nos sea posible.

La próxima vez que lean comparaciones entre estos dos materiales miren hasta dónde llega el análisis. Si se reflexiona sobre que el plástico es una correa de transmisión que extrae a la superficie y deja listo para su liberación el carbono que había estado retenido en la corteza terrestre durante los últimos 300 millones de años.

O si se aportan datos sobre cómo la gestión sostenible de los bosques contribuye a retener carbono de la atmósfera en forma de madera y materia orgánica que acumulada en suelos forestales.

Frente a la extracción concentrada y centralizada de petróleo tenemos la posibilidad de una producción distribuida de fibras vegetales. Ante un residuo que la naturaleza no es capaz de reintegrar, que desborda sistemas de recogida, sobrepasa nuestra capacidad de tratamiento y abarrota vertederos, tenemos unas fibras vegetales fáciles de recuperar o, en su caso, descomponer por procesos naturales.

Dejando de lado la pasión y volviendo al rigor profesional, antes de afirmar que «las bolsas de papel no son más ecológicas que las de plástico» convendría recordar que sí existe un sello de certificación dentro del esquema legal de etiquetado ecológico europeo para productos de papel ecológico pero lo no hay para productos de plástico.

No podemos perder de vista que el enemigo común es el producto de usar y tirar. Los envases cómplices de cadenas lineales de producción y consumo que causan destrucción a lo largo y ancho de nuestro planeta.

Pero mientras el plástico es una bomba de relojería que amenaza tu salud, el cartón son unos gramos de carbono que, temporalmente, están retenidos de la atmósfera que compartirnos.

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COP25, no has decepcionado

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Acaba la COP25. Una cumbre del clima que empezó torcida termina como una patada hacia delante: la llamada a la ambición se traslada a la siguiente conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Quizá no es el peor de los resultados posibles, pero sí es, necesariamente, decepcionante.

#tiempodeactuar COP 25 en Madrid

Empezaba torcida porque tocaba en Brasil. En vez de celebrarse allí se trasladó a Chile y de allí acabó llegando a España. Podríamos analizar la situación política en cada una de estas paradas (mención especial a la ciudad anfitriona), pero extendería este artículo innecesariamente: gobiernos negacionistas, conflictos sociales y bloqueo político son las claves que han marcado el contexto de esta reunión internacional.

Con esos mimbres estos cestos: no se aprueban unas reglas que desarrollen el artículo 6 del Acuerdo de París, lo que aplaza un mecanismo potente para la mitigación global de las emisiones mundiales de gases de efecto invernadero. También siguen los problemas sobre financiación de la actuación climática. En el lado positivo destacaríamos avances en igualdad de género y consideraciones sobre justicia climática en términos de derechos humanos y transición justa.

Las grandes corporaciones han hecho su circo: campañas de lavado de imagen (o greenwashing), que ha ido desde publicidad en las portadas de los principales periódicos a forrar paradas de metro enteras. Declaraciones grandilocuentes sobre responsabilidad social y compromisos medioambientales que no se traducen en acciones concretas. Publicidad sobre medidas a un futuro que nunca llega. Palos en las ruedas a corto plazo: mientras se ponen medallas evitan que los gobiernos acuerden reglas internacionales para limitar las emisiones causadas por su actividad. O que les hagan pagar por ellas.

Quizá no sería justo calificar las COP como un circo caro e inútil, pero desde luego que algo de eso tienen. Lo bueno es que permiten dar visibilidad a las negociaciones sobre el Cambio Climático: nunca antes habíamos tenido en los medios a tanta gente hablando sobre el clima. Y que avanzan. Poco a poco, van consiguiendo compromisos para reducir las emisiones de efecto invernadero y establecer mecanismos de mitigación y adaptación.

El problema, en parte, está en el relato. Durante dos semanas los medios ponen el foco en el circo, las empresas aprovechan para ponerse medallas sobre lo verdes que son, los científicos ponen sobre la mesa evidencias y la sociedad civil reclama a todos compromisos fuertes. Y a última hora dejamos solos a los representantes, para acusarles de no ser capaces de estar a la altura. ¿Realmente es culpa de los políticos que no se consigan logros más ambiciosos en las COP? No.

Si no vamos más deprisa es porque se está durmiendo a la sociedad civil a base de medidas blandas que permiten posicionar a las marcas como las defensoras de las iniciativas más avanzadas en materia de clima. Es una cuestión de conciencia: que cada uno pueda volver a casa con la conciencia tranquila. Por eso molesta tanto Greta Thunberg: ha metido los focos en unos eventos en los que ya nadie esperaba nada de nadie.

Gran parte del fracaso es culpa de los grupos de presión de las corporaciones que tantos gases de efecto invernadero emiten. Algunos son muy evidentes, otros no tanto. Pero el nivel de intromisión llega a todos los niveles y cubre todos los frentes. Trabajan activamente en blanquear y hacer buenas las propuestas de esas empresas que, por otro lado, influyen en los procesos de toma de decisiones desinflando las medidas finalmente adoptadas en cada reunión. Con distintos trajes están presentes en el día a día de los representantes políticos, unas veces enfrente alertando de los riesgos de las medidas, otras a su lado como simpáticos asesores y orientadores del camino a seguir.

Action Now COP 25 en Madrid

Y consiguen imponerse en los medios de comunicación. El juego es fácil: se dibuja a las organizaciones ecologistas y de defensa de derechos humanos como radicales. En paralelo se crean otras ONG, financiadas con el dinero de las corporaciones, para dirigir el discurso con un mensaje cómodo para todos. Las limitaciones de los medios de comunicación hacen el resto. ¿Cómo llenamos el tiempo del noticiario? camiones de estiércol volcados a la puerta de IFEMA, activistas expulsados de las reuniones… y el micrófono en la boca de quienes se alían con las corporaciones para tenernos entretenidos mientras no se hace nada. Da voz a quien yo te diga que para eso te patrocino. Y no te salgas de las notas de prensa, que para eso las redacto.

El relato está dominado por los portavoces del discurso de las grandes empresas. Personas que se dedican a abrazar a los representantes políticos que deberían trasladar a las decisiones las evidencias científicas y el clamor de la calle. Pero muchos de los miles de personas que están en una COP han ido allí a conseguir los resultados que pretenden los grandes emisores de gases de efecto invernadero. Se dedican a desmontar los argumentos más críticos y restar importancia al fracaso de las negociaciones.

Suavizan los resultados desde el principio, con grandes reuniones en las que juntan a corporaciones y gobiernos, para que se pongan cara y se olviden de los que se quedan fuera. En el durante ponen los escenarios y los focos para las fotos que abrirán las portadas. Y después seguirán organizando actividades con las que parezca que están haciendo algo, ya sin la presión de acuerdos que introduzcan limitaciones a sus negocios.

No, la COP25 no ha defraudado. Ha estado, como se veía venir, al servicio de quienes quieren echar el freno a la ambición climática. De las grandes empresas que manejan el discurso a su antojo y establecen la agenda internacional en función de sus intereses particulares. De los lobistas que posicionan a nuestros políticos y les consuelan cuando no están a la altura de lo que las personas esperan de ellos.

Por cierto, que si quieres enterarte de qué se ha decidido puedes consultar el fondo documental de Naciones Unidas.

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Greta Thunberg no es el problema.

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Greta Thunberg por Anders Hellberg

Lo ha vuelto a hacer. Ha vuelto a llenar las portadas de los medios de comunicación. Es Greta Thunberg y está consiguiendo que nos fijemos en la conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático. Porque COP25 significa la reunión número 25 desde que en 1994 entrase en vigor la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), adoptada en 1992. Y el debate empezó antes, en la Conferencia de Naciones Unidas sobre Medio Ambiente Humano celebrada en Estocolmo en 1972.

Vamos para 50 años de reuniones internacionales al más alto nivel dando vueltas al problema: el modelo de producción y consumo es insostenible. Y empezó a serlo antes de que la mayoría de las personas que leamos esto hubiésemos nacido. Y lo sigue siendo después de que algunos de los ponentes de las cumbres sobre el clima dejasen de estar con nosotros.

La ciencia nos avisa. Los seres humanos emitimos cada vez más gases de efecto invernadero. La concentración de estos gases en la atmósfera de nuestro planeta sigue aumentando. Las temperaturas del planeta son cada vez más altas y las masas de hielo están desapareciendo. Todo ello es una bomba de relojería que nos está explotando de forma visible y evidente: conflictos vinculados a recursos cada vez más limitados, migraciones que se pueden relacionar con los efectos de la escasez de agua en determinados territorios, problemas de salud agravados por las sinergias entre contaminación y calor, proliferación de especies exóticas invasoras que amenazan cultivos básicos para la alimentación y a otros recursos naturales…

El panorama es desolador. Sí que lo es. Y por eso no podemos quedarnos paralizados ante la evidencia de una emergencia climática. Necesitamos una respuesta contundente de los responsables políticos. Basar la toma de decisiones en la magnitud del desafío que estamos afrontando como especie a nivel planetario. La buena noticia es que ya ocurrió antes. Cuando, en la década de 1980 se detectó una amenaza que podía acabar con la vida en el planeta: el adelgazamiento de la capa de ozono.

En 1985 contábamos con evidencias científicas sobre el agotamiento de la capa de ozono y sus posibles repercusiones, argumentos suficientes para poner acordar la Convención de Viena para la Protección de la Capa de Ozono y firmar en 1987 el Protocolo de Montreal sobre las Sustancias Agotadoras de la Capa de Ozono, que entró en vigor en 1989. No fueron instrumentos perfectos, pero se han ido mejorando hasta el punto que, a día de hoy, somos más que optimistas en relación al futuro de esta capa protectora de la vida en nuestro planeta Tierra.

Portada del número 21 de Ballena Blanca sobre la COP25
«Dejen en paz a Greta y hablemos de Donald Trump»

Pero con las emisiones de efecto invernadero nos está costando más. Tanto que ha tenido que venir Greta Thunberg a recordarnos que no se está haciendo todo lo posible. Que el tiempo pasa y, sobre todo, que la evidencia científica está pidiendo una acción climática que no ocurre tan rápido como debería. En 25 COPs se han ido dando pasos, y se ha ido fijando hitos que van marcando la agenda global. Pero las emisiones siguen en aumento y la concentración de gases de efecto invernadero no para de crecer.

Del entusiasmo de 1992, en 25 COPs hemos pasado al desánimo y la frustración. Decepción y fracaso son dos palabras que han acompañado, cada vez más, a las últimas reuniones sobre el clima. En particular aquella de París, que a muchos se nos quedó corta. Y es que cada vez se ha hecho más evidente el papel de los grupos de presión que impiden avanzar en las soluciones al problema que causan las emisiones de efecto invernadero. Como resultado una creciente desafección: pérdida de interés sobre la capacidad de llegar a compromisos relevantes. Las COP se estaban convirtiendo en un circo itinerante. Un sarao periódico, una excusa para viajar y una forma de relacionarse a cierto nivel… pero un proceso en el que nadie esperaba nada de nadie. Un sarao al servicio de las grandes corporaciones y los negacionistas, que consiguen lavar su imagen y ningunear la importancia de frenar las emisiones de efecto infernadero.

Así, paralizados por el catastrofismo y decepcionados por la falta de compromiso de los responsables políticos, nos ha cogido Greta Thunberg. Ha venido a avisarnos de lo que nos estaba diciendo la ciencia. Y ese es su discurso: escuchen a los científicos cuando se sientan a tomar decisiones. Su principal logro es conseguir que mucha gente vuelva a interesarse por estas reuniones de alto nivel y lo que pasa en ellas. Y eso es bueno.

El éxito de Greta Thunberg ha sido movilizar a su generación a escala global. Ha despertado una conciencia de especie. Y apela a que quienes toman las decisiones tengan en cuenta a quienes sufren las consecuencias de esas decisiones.

Y eso molesta mucho. Molesta a los grupos de presión que habían conseguido esa desafección por las cuestiones climáticas. Los que llevan un par de décadas desinflando los resultados de las COPs han visto que una masa crítica de la sociedad ha vuelto a poner el foco en estos encuentros de alto nivel. Que toda una generación, la que próximamente entrará a formar parte de las discusiones y los procesos de toma de decisiones, ha tomado conciencia de la magnitud del problema y la necesidad de abordarlo con medidas ambiciosas.

Así tenemos toda la maquinaria cargando contra Greta Thunberg. Intentando cuestionar a la persona y al personaje. Porque su discurso y mensaje resultan incuestionables. Pretenden ridiculizar sus gestos. Gestos con los que evidencia lo insostenible de nuestra forma de vida. ¿Quién quiere ir al colegio cuando las emisiones de efecto invernadero amenazan la forma de vida que se enseña en ese colegio? ¿Podríamos hacer encuentros anuales sobre cambio climático si las decenas de miles de personas que se movilizan en esos encuentros tendrían que viajar de forma sostenible? ¿Quién quiere un coche eléctrico si la extracción de las materias primas para fabricarlo se realiza de modo social, ambiental y económicamente insostenible?

No. No se trata de poner a todo el mundo a viajar en barco de vela, se trata de concienciar sobre el impacto del viaje en avión. No. No se pide a todas las niñas y niños del planeta que abandonen la escuela. Se trata de que sean conscientes de que el nivel actual de emisiones de efecto invernadero compromete su futuro. Y que ese futuro está en su mano, no pueden delegarlo en señores con intereses a corto plazo.

El problema no es Greta Thunberg. El problema son las emisiones de efecto invernadero. Ella simplemente ha ayudado a los medios de comunicación a centrar el foco. Sí, algunos se quedan mirando al dedo que señala, o se entretienen matando al mensajero… no es más que otra evidencia de la capacidad de los más contaminantes para poner palos en las ruedas.

Corresponde a las personas asumir el reto que tenemos por delante y ponernos a trabajar, cada cual en el ámbito de sus responsabilidades, para reducir esas emisiones de efecto invernadero y seguir el camino que nos indica la ciencia para adaptarnos y mitigar las causas de un cambio climático que ya se está manifestando y no va a dejar de hacerlo en las próximas décadas.

La magnitud del cambio y sus efectos dependerán de los compromisos a los que se lleguen en esta COP25 y en las siguientes, por lo que tenemos que seguir vigilantes, no bajar la guarida y pedirle a nuestros representantes que se pongan al lado de las personas, que dejen de hacerle el juego a las corporaciones con intereses a corto plazo y miren por el futuro. El nuestro, el de nuestros hijos y el de los hijos de nuestros hijos. De los 8.500 millones de personas que podrían habitar el planeta en 2030, los 9.700 millones que seremos en 2050 y 11.200 millones previstos para 2100.

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Madrid GreenWashing Capital

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En los días previos a la celebración de la 25.ª conferencia de las partes de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP25) Madrid se ha llenado y nos bombardea de publicidad verde con el reclamo “Madrid Green Capital”. Resulta, cuanto menos, curioso porque “Green Capital” es un sistema para el reconocimiento del comportamiento ambiental global de una ciudad. Un galardón creado y gestionado por la Comisión Europea.

La COP25 de Madrid, que tenía que haberse celebrado en Chile, empieza con la ciudad anfitriona autoproclamándose una cosa que no es. Y para ello utiliza un distintivo verde que podría llevar a la confusión sobre las condiciones ambientales y la calidad de vida de las personas que habitan la capital española. Porque los objetivos del premio “Green Capital” son:

  • Reconocer a las ciudades con un historial acreditado de consecución de objetivos ambientales ambiciosos.
  • Fomentar el compromiso de las ciudades con la realización de importantes mejoras ambientales y con el desarrollo sostenible.
  • Ofrecer un ejemplo que inspire a otras ciudades y promover las mejores prácticas y experiencias de las ciudades europeas.

Desgraciadamente para las personas que vivimos en esta ciudad, Madrid no entra en ninguna de estas categorías. Muy al contrario podríamos regodearnos en un historial de despropósitos ambientales que van desde reubicar las estaciones de medición de la calidad del aire para romper las series históricas de datos a la eliminación de carriles bici. Por no entrar en la recogida y tratamiento de residuos, la falta de inversión en el comercio local y de proximidad, las deficientes políticas de arbolado urbano, la escasa electrificación del parque móvil, las carencias del transporte público y su precio, o la escasa apuesta por la explotación de los recursos solares y eólicos en los edificios de la ciudad.

Lo malo de esto no es tanto que la mayoría de los representantes de los madrileños demuestren tener poca o ninguna idea en materia de medio ambiente. Digo la mayoría de los representantes porque me consta que algunos están muy bien formados y que en casi todos los grupos hay grandes profesionales de la sostenibilidad que, o bien no son escuchados por los líderes de los partidos, o bien no han llegado a tiempo a evitar el GreenWashing que tanto nos perjudica a todos.

Lo peor es que esos líderes políticos se rodean y arropan de partes interesadas en mantener la situación que nos ha traído a la crisis social, económica y ambiental en la que estamos. No hablo sólo de negacionistas de la emergencia climática. También de grandes corporaciones transnacionales que favorecen este tipo de lavados de imágenes. Me conformo con recordar a aquella que, tratando de posicionarse como proveedor para lo que tendría que ser el despliegue tecnológico de la “smart city”, nos intentó convencer de que Madrid es más sostenible que Vitoria en el año en que esta última obtuvo el reconocimiento como “Green Capital”.

Greenwashing de libro: se intenta crear una imagen que no se corresponde con el verdadero compromiso ambiental de la ciudad, se utiliza un distintivo engañoso para vincularse a iniciativas sostenibles… Lo importante era hacerse la foto y ya está. Si la COP25 es un nuevo fracaso, siguiendo la senda marcada por el Acuerdo de París, eso ya da igual. Políticos y corporaciones se han vuelto a poner una etiqueta verde sin hacer nada por mejorar la calidad de vida o las oportunidades de las generaciones presentes o futuras.

Me metería con la agenda de actividades de la Madrid GreenWashing Capital, pero quizá es volver a dar publicidad a más de lo mismo: la industria del envase de usar y tirar copa directamente o a través de las organizaciones que financia, una parte importante del programa que se ofrece a los ciudadanos durante los días de la COP25.

A pesar de todo trataré de ser optimista. Todavía me dura el chute del encuentro con Jeremy Rifkin. Si no me encuentran estos días de COP25 es porque me habré encerrado con el último libro del autor “El Green New Deal Global”, disfrutando de la ilusión de leer que el sistema financiero global realmente ha visto la necesidad de superar la economía basada en el carbón y tratando de encontrar cómo puedo contribuir con mi granito de arena en esa transformación económica que nos toca vivir.

La imagen que ilustra este post se la he cogido sin permiso del twitter de Juan López de Uralde.

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El reciclaje no es economía circular.

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Cadena rota por el eslabón más débil.

Vivimos un modelo de producción y consumo basado en fabricar, comprar, usar y tirar. Un modelo lineal que lleva al agotamiento de los recursos naturales y a un fuerte impacto por la cantidad de residuos que generamos. El reciclaje se nos ha presentado como una receta mágica, la panacea, que resuelve todos los problemas. Pero no es así.

Una vez convertidos en basura, los productos que tiramos requieren de procesos de recuperación y costosos tratamientos que permitan, parcialmente, recuperar algunos materiales y convertirlos nuevamente en materias primas. Es más, esas materias primas procedentes de nuestros residuos compiten con las extraídas directamente de la naturaleza, que suelen venir de fuentes más baratas en términos monetarios.

Ahora es el Foro Económico Mundial quien nos alerta de que para construir una economía circular debemos descartar el reciclaje. El reciclaje tiene sentido en una economía lineal de usar y tirar, donde los fabricantes se desentienden de las externalidades de los productos que ponen en el mercado.

Pero si queremos reducir los impactos económicos, ambientales y sociales de ese modelo y pasar a una economía circular, debemos superar esta solución de final de tubería que sólo afecta a las basuras una vez generadas.

Uno de los principales retos de la economía circular es conseguir gestionar los recursos limitados de nuestro planeta para evitar el colapso al que nos lleva el despilfarro en el que se sustenta el modelo de usar y tirar. Las prioridades deberían pasar, precisamente, por la prevención. El coste (social, económico y ambiental) de recuperar un producto y repararlo es mucho menor que el de fabricarlo nuevo desde sus residuos. En caso de que esto fuese posible: el reciclaje no siempre es económica o energéticamente viable.

El reciclaje es necesario para reducir el impacto de los residuos, pero no mantiene ni aumenta el valor de los productos fabricados y, para la buena parte de los materiales residuales, no consigue cerrar el ciclo. Necesitamos reciclar más y mejor, pero sólo como una etapa de transición a una verdadera economía circular, basada en la prevención y en la reutilización.

La economía circular no se basa en el reciclaje porque su producción se diseña para que los productos puedan reutilizarse varias veces, no para que se conviertan en residuos. La esperanza de vida de los productos se alarga con mantenimiento, reparación, redistribución, reacondicionamiento o ciclos de remanufactura, evitando su entrada en el ciclo de reducción de valor y alto consumo de energía que supone el reciclaje.

Reparar aparatos electrónicos es una forma de evitar que se conviertan en residuos.

Igualmente, el reciclaje ocurre con grandes desplazamientos de materiales a lo largo de todo el planeta que podrían prevenirse cerrando los ciclos de producción y consumo cerca de los usuarios de los productos.

Por otro lado, las políticas de producto basadas en estrategias de reutilización, redistribución o remanufactura implican incluir una variable clave en la reducción del impacto del modelo de producción: la durabilidad, reduciendo los costes y los riesgos de producir para usar y tirar frente a planificar productos duraderos, donde el valor se consigue en su mantenimiento a largo plazo.

La economía circular, mediante el análisis de las cadenas de suministro- se debería apartar de las actividades que devalúan los productos y los materiales, como el reciclaje, y enfocarse a la reutilización y la remanufactura que ayudan a mantener o incrementan su valor. Este enfoque aporta al mercado de trabajo empleos más sostenibles, para cuya creación no se requiere un mayor consumo de recursos, en tanto que se basan en el mantenimiento -dentro de la economía circular- de los productos que ya se han fabricado.

Así pues, cuando pensamos en economía circular debemos evitar relacionarla con el reciclaje y buscar modelos que permitan aumentar el ciclo de vida de los productos, evitando que se conviertan en residuos mediante un diseño enfocado a extraer valor alargando su vida útil. Esto permitiría reducir el consumo de recursos y energía necesario para fabricar productos nuevos, desplazando mano de obra desde la extracción y el reciclaje a la reutilización y el mantenimiento de productos, en una economía circular bien entendida con oportunidades para todos.

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