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Hoy también te puedes dar de baja de los envíos postales de proganda electoral.

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En las elecciones generales del 28 de abril, 78.437 españoles menos recibirán propaganda electoral de los partidos políticos. Así se recoge en Maldito Dato, donde explican que esta posibilidad es una novedad en la normativa de protección de datos de carácter personal.

El trámite es muy sencillo y permite a las personas que lo realizan quedar excluidos de las copias del censo electoral que se entregan a los grupos políticos para los envíos postales de propaganda electoral.

Este gesto tiene un beneficio ambiental importante: evitamos el envío de todos esos sobres que inundan nuestro buzón los días previos a un proceso electoral. La mayoría de esos papelotes acaban en la basura, muchos sin abrir, con un impacto ambiental importante.

No sólo reducimos el daño que causa el desperdicio de papel y de tinta, también nos ahorramos que nos llenen el buzón con esa propaganda. Y es que cuando coinciden las elecciones con un puente o, como en 2018, con Semana Santa, la propaganda electoral da pistas de si estás o no en casa.

Y en esta línea, darte de baja también evita que tus datos actualizados lleguen a los representantes de las candidaturas ¿para qué podrían querer los datos postales actualizados de todas las personas que figuran en el censo electoral? Es una buena pregunta a la que responde tu derecho de evitarlo. No hace tanto tiempo tuve constancia de empresas que formaban partidos expresamente con el objetivo de acceder a esa información. Hoy puedes hacer que tus datos no lleguen a estos oportunistas.

Por el medio ambiente, para evitar dejar pistas a quienes tienen interés en comprobar si estás o no en casa, por la protección de tus datos de carácter personal o por el motivo que elijas, puedes seguir este enlace y darte de baja de los envíos postales de propaganda electoral. Eso sí, necesitas identificarte con certificado digital o mediante el sistema Cl@ve.


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Usar y tirar, plástico y campaña electoral

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Estamos en plena campaña electoral y el plástico no se ha quedado fuera. Podemos hacer muchos chistes sobre el envío de propaganda electoral que demuestra la coherencia en la preocupación ambiental que muestra algún partido, pero hay mucho más en juego.

La creciente presencia de residuos de plástico en todos los ecosistemas del planeta y la evidencia de que los fragmentos microplásticos que ingerimos en nuestros alimentos, son capaces de dejar rastro en heces, orina y sangre son de una urgencia que no admite bromas.

Estamos en plena campaña electoral y una de las cosas que se decide es, precisamente, si vamos a seguir con un modelo insostenible de utilización de plásticos de usar y tirar o si vamos a poner límites a la locura de plastificar cebollas. En esta entrada dejo una reflexión y algunas evidencias de por dónde van los tiros.

Recuerdo haber escuchado a José Manuel Núñez-Lagos, en un encuentro Vidrios y Barras, pedir que no se politizase el debate sobre gestión de residuos. Lo hacía ante un nutrido grupo de profesionales del sector ambiental en el que había desde consultores a periodistas, todos ellos relacionados de alguna manera con los residuos y todos con algún blog, cuenta de twitter o similar en activo.

Poco después el que me trasladaba su inquietud sobre la politización del discurso en materia de gestión de residuos era el, por entonces, Director de Comunicación Corporativa y Marketing de Ecoembes. Lo hacía en un ambiente más selecto, en una invitación que, directamente, tenía que ver con algo que yo había publicado en mi blog.

En ambos casos la petición me pareció muy razonable. ¿Para qué politizar un debate que es fundamentalmente técnico, que cuenta con un marco legal bastante claro y, en el mejor de los casos, está condicionado por criterios económicos?

Lo que no entendía, en aquella época, es por qué se me hablaba de política cuando preguntaba por datos de gestión de residuos. La respuesta, que ha ido llegando después, es que entonces ya había una estrategia política y que me tenían (muy erróneamente, por otra parte) filiado dentro de su marco de afinidades políticas.

Desde entonces lo que ha ocurrido ha sido, precisamente, una politización del debate sobre gestión de residuos. De cara a las elecciones de 2019 los que viven de lavar la imagen del envase de usar y tirar han politizado un debate que debería estar zanjado con la legislación que lleva vigente desde finales de la década de 1990.

Les ha resultado muy fácil: las comunidades autónomas que han estudiado medianamente la opción de introducir sistemas de depósito, devolución y retorno (SDDR) de envases para mejorar la gestión de sus residuos son los territorios periféricos: Cataluña, Valencia, Islas Baleares, Navarra… díscolos radicales independentistas todos.

En un primer momento Ecoembes respondió a esos intentos de mejorar el sistema de recogida de residuos de envases con más dinero: 17 millones de euros adicionales a los municipios de la Comunitat Valenciana. Una propuesta que extrapolada al resto del territorio nacional podría mejorar significativamente los cuestionados datos de gestión de residuos de envases, pero encarecería ignificativamente la cuota de las empresas adheridas al sistema del contenedor amarillo.

Sale mucho más barato asimilar los envases retornables a la izquierda separatista. Y más rentable, permite politizar el debate a escala nacional, autonómica y local ¿quién, desde un punto de vista moderado, va a incorporar a su discurso algo que es de rojos radicales? ¿la derecha conservadora? ¿la izquierda moderada? Por supuesto los grandes empresarios de la distribución, adheridos al sistema de Ecoembes, prefieren no mezclarse con los radicales.

Así, si un partido saca en campaña las deficiencias de la gestión actual de residuos con datos e imágenes sobre el impacto de los envases de usar y tirar, Ecoembes responde ocultando el problema y, por tanto, las soluciones que plantea ese partido. Si las personas demandamos que los partidos nos cuentes sus propuestas sobre medio ambiente, cambio climático, residuos o plásticos de usar y tirar, las cadenas patrocinadas por Ecoembes evitan esas preguntas en los debates electorales.

Ecoembes está en campaña. Intentando influir en el proceso electoral para mantener su modelo de negocio después de las citas de abril y mayo. Una Sociedad Anónima sin ánimo de lucro que maneja más de 500 millones de euros. Un presupuesto capaz de crear muchas puertas giratorias. ¿Cuántos cargos políticos tienen su futuro apostado a los residuos de usar y tirar?

Basta ver planes los planes regionales hechos a la imagen y semejanza de los intereses de Ecoembes. En los que se descartan las opciones que abren la puerta a la reducción o la reutilización de envases sin estudios ni argumentos técnicos. Instrumentos de planificación autonómica que se utilizan para colar nuevos chiringuitos con más puertas giratorias en manos de personas del partido.

Es curioso que unos acusan a otros de financiarse con el dinero de una empresa acusada por monopolio mientras utilizan el dinero de todos y el apoyo de otra empresa con prácticas monopolísticas para colocar a los amigos o prepararse una salida cuando se acaben sus días en política.

Sí el debate sobre residuos está politizado. Son muchos millones de euros en infraestructuras, contratas de gestión, tratamiento y sistemas de gestión sin ánimo de lucro que disponen de un capital para defender los intereses del envase de usar y tirar, también en campaña electoral.

Por eso me vas a permitir que te recuerde que los sistemas de depósito, devolución y retorno son un mecanismo previsto en las directivas europeas que España tiene que cumplir como estado miembro. Que la Unión Europea lleva años recomendando a nuestro país que aplique estos sistemas de responsabilidad ampliada del productor para mejorar la recogida, gestión y reciclaje de residuos. O que, frente al contenedor amarillo que inevitablemente destina los envases a reciclaje o eliminación, se podrían implantar sistemas de depósito, devolución y retorno basados en envases reutilizables.

Nadie te puede decir a quién tienes que votar. Y menos yo que decido mi voto en promesas electorales como la retirada del servicio militar obligatorio. No sé a quién votaré dentro de cuatro años. Pero sí me gustaría que para 2023 hubiésemos avanzado algo en la guerra contra los impactos ambientales, económicos y sociales de los plásticos de usar y tirar. No creo que la promesa de un futuro que viene envuelto en plástico, pero tampoco de quienes utilizan los envases de usar y tirar para agradecer favores hechos con un dinero de todos que, en teoría, debería ir a mejorar una gestión de residuos por la que nos están llamando la atención desde Europa. Unos pocos se forran y consiguen poder mientras otros pagamos las multas por lo mal que gestionan nuestros residuos.

La devolución y retorno de envases no es una propuesta de radicales independentistas, es una solución técnica y jurídica para reducir la cantidad de sustancias tóxicas que llegan a tu organismo a través de las cosas que comes. El retorno de envases es una de las recomendaciones que hace la Unión Europea a España para disminuir la contaminación por plásticos de usar y tirar que amenazan los ecosistemas de los que dependen la biodiversidad, nuetra salud y nuestra alimentación.

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Aquí no se recicla

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El otro día, de camino al punto limpio, pasé por delante de una parada de autobús que lucía un cartel como el de la imagen que ilustra e inspira esta entrada. A distancia se puede leer “aquí se recicla”, junto con imágenes de tubos fluorescentes y distintos tipos de bombillas. En mi ingenuidad sentí una gran alegría. Pensé que Ambilamp había encontrado la forma de convertir las marquesinas de las paradas de autobús en puntos de recogida de bombillas, de modo similar al sistema que lleva años recogiendo las pilas en estos y otros elementos del mobiliario urbano. Pero no.

A pesar de la invitación “reciclemos también las bombillas” y el mensaje “recicla tus bombillas aquí”, no era más que un anuncio. No había ningún hueco donde dejar las bombillas o los fluorescentes. ¡Qué desilusión!

En España tenemos un problema con la manera en la que afrontamos los problemas ambientales. En particular con los residuos y su gestión. El país con más infracciones ambientales abiertas por la Unión Europea, también es uno de los rezagados en la materia. A pesar de los constantes avisos y recomendaciones para mejorar la gestión de residuos estamos en riesgo de incumplir los objetivos europeos de reciclaje. Y así lo cree el propio sector.

Ocultar el problema no ayuda a solucionarlo. Distintos estudios independientes ponen de manifiesto las carencias y cuestionan las estadísticas sobre residuos. Hasta el punto de, analizando los datos publicados por distintas administraciones competentes en gestión de residuos, concluir que sólo el 25,4% de los envases plásticos se recuperaron en España en 2016. 20 años después de su entrada en funcionamiento el sistema del contenedor amarillo apenas llega a recuperar poco más de la cuarta parte de los residuos para los que se puso en marcha.

¿Qué tienen que ver las bombillas y los envases de plástico? Pues poco o muy poco. Son flujos de residuos independientes, regulados por normativa diferente, con distintos objetivos… pero los sistemas de gestión de sus residuos comparten una misma estrategia corporativa. Y ese es otro de los errores en la gestión de residuos en España. Nos preguntamos por qué fracasan las campañas de comunicación y la respuesta está en la parada de autobús con la que empezaba esta entrada.

En gestión de residuos juega un papel clave la responsabilidad ampliada del productor, un principio plasmado en requisitos legales para que quienes pone en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos asuman los costes de la correcta gestión de esos residuos.

Los agentes responsables de la fabricación, distribución y puesta en el mercado de esos productos se organizan en Sistemas Colectivos de Responsabilidad Ampliada del Productor (SCRAP), cuya finalidad es dar cumplimiento a esos requisitos legales, entre otras cuestiones, organizando la recogida de los residuos de las empresas adheridas al sistema.

En la mayoría de los casos, como es el de los Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos (RAEE) con los que trabaja Ambilamp, la normativa sobre responsabilidad ampliada del productor establece que los residuos deben recogerse en el establecimiento que vende los productos que generan esos residuos.

Requisitos para la recogida de Residuos de Aparatos Eléctricos y Electrónicos domésticos.

A pesar de que esta obligación tiene más de una década de antigüedad, son muchos los establecimientos que siguen sin darse por enterados y muchos más los consumidores que la desconocen: para la inmensa mayoría de los flujos de residuos regulados por la legislación existe la obligación de recogerlos en los mismos lugares donde se ponen en el mercado.

Esta idea no le gusta mucho al hermano mayor de todos los SCRAP, el primero en organizarse en España, el de los residuos de envases ligeros: Ecoembalajes España, S.A. (Ecoembes). Es más, inventó un sistema de contenedores de colores para que los residuos de envases no volviesen a los establecimientos. Y, por si fuera poco, lucha con todas sus fuerzas por intentar convencernos de que la devolución y el retorno nos perjudican a todos.

Ecoembes también es el SCRAP que dispone de una mayor cantidad de recursos: 500 millones de euros al año que liquida puntualmente en varias partidas, incluida una importante destinada a comunicación y mercadotecnia. No sabemos la magnitud, pero es suficiente para comprar el discurso de varios divulgadores y medios de comunicación.

Es una estrategia suicida de desinformación ambiental, fake news y greenwashing. Frente a un desafío urgente, la comunicación se centra en ocultar el problema, mantener un modelo de negocio insostenible y silenciar las evidencias de que necesitamos mejorar la recogida y gestión de residuos.

Son tantas las agencias de comunicación y los periodistas afectados por la influencia del hermano mayor de los SCRAP que toda la comunicación del sector está contagiada por esa estrategia. Si se queman cuatro instalaciones de gestión de residuos al mes en España, la Federación Española de la Recuperación y el Reciclaje (FER) se cierra en banda y niega la mayor. Ante el clamor de los consumidores que demandan fruta sin plástico, la industria del plástico echa balones fuera. Todos en la misma línea de victimizarse y acusar a otros de intentar confundir que utiliza Ecoembes contra quienes contrastan sus datos.

En vez de avanzar en la gestión de residuos de envases e invertir en más capacidad de recogida y mejor tratamiento, se gasta el dinero de la responsabilidad ampliada del productor –el que todos los consumidores de productos envasados aportamos al sistema en cada compra- en crear imagen de marca y condicionar el discurso ambiental. Hasta el extremo de entrar en las universidades y en los colegios. Ecoembes nos miente para mantener un sistema de recogida de envases que está hipotecando el futuro.

Y sí, nos queda claro que Ecoembes no quiere que se hable de sistemas de depósito, devolución y retorno, que para eso puso en marcha el contenedor amarillo. Tan claro como que ese hermano mayor se ha encargado de difuminar su responsabilidad y señalar los neumáticos, neveras y lavadoras que acaban como basuraleza, desviando la atención sobre los envases de usar y tirar que reinan entre la basura que se abandona en el medio natural.

El mensaje “aquí se recicla” colgado en la parada del autobús responde más a la estrategia de ocultar los tristes datos de reciclaje que a una realidad sobre la gestión de nuestros residuos. Nadie cuestiona que en España se esté reciclando. Ni la labor de los SCRAP. Claro que se recicla y es necesario contar con entidades que organicen la gestión de residuos. Pero queda mucho por hacer y hay que centrar los esfuerzos.

No haría falta gastar el dinero de todos los consumidores en publicidad si nos asegurásemos de que los establecimientos donde se comercializan los productos están en situación de recogerlos cuando se convierten en residuos e informar a los consumidores sobre derechos y obligaciones. Harían falta menos anuncios en marquesinas de autobús si nos asegurásemos de garantizar que las grandes superficies cuentan con espacios adecuados para que los consumidores depositen allí los productos adheridos a SCRAP cuando dejan de ser útiles.

Están muy bien los anuncios sensibleros, pero hace años que el reto no está en concienciar a la gente sobre reciclaje. Menos todavía cuando hay obligaciones legales que cumplir. El reto está en alinear las formas de recogida con los tratamientos que contribuyen al reciclaje de residuos, poner fácil la entrega de esos materiales que la economía circular podría convertir en nuevas materias primas.

Quizá sea cómodo identificarse con un bando y sentarse cómodamente con los que se quieren identificar como nuestros iguales a preparar el ataque al enemigo. Pero estamos todos en el mismo barco. No hay enemigos más allá de los que fabrica la estrategia de comunicación de Ecoembes para seguir dilapidando sin control los recursos de todos que deberían estar destinados a recoger mejor los residuos de envases.

No podemos seguir el ejemplo de un contenedor amarillo que apenas tiene capacidad para el 30% de los residuos que debería recoger y dice estar reciclando más del 70%. No es creíble y no ayuda a mejorar la situación. ¿Qué sentido tiene plantear campañas que responden a los intereses estratégicos del hermano mayor y su modelo de negocio? Estamos ante una urgencia que no admite excusas o lavados de imagen y que no puede esperar.

A pesar de todo, no puedo cerrar esta entrada sin reconocer que el vídeo de Ambilamp que he visto (en “exclusiva”) mientras documentaba esta entrada me parece un rayo de esperanza. Pierde la oportunidad de aclarar que la opción de devolver las bombillas al sitio donde las compramos no es una molestia ni un favor, si no la obligación aparejada a venderlas, financiada por todos los consumidores con la compra de bombillas nuevas pero, por lo menos, invita a llevar las bombillas a los establecimientos donde se comercializan. Un anuncio que se pierde en el buenismo pero, por lo menos, es un paso para sacar la palabra reciclaje de los contenedores de colores. De todos modos no creo que compense el nivel de frustración de quien se acerque a una marquesina del anuncio con el que abría esta entrada con un fluorescente en la mano.

Seamos claros: en la parada de autobús no se reciclan los fluorescentes

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¿Cómo van la recogida y el reciclaje de envases en Castilla-La Mancha?

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En el recorrido por las estadísticas de reciclaje hoy paramos en Castilla-La Mancha. Es lo menos que se puede hacer antes de ir a hablar sobre “Aciertos y errores del reciclaje”: echar un vistazo a los datos de recogida y gestión de residuos. En particular, para los residuos de envases, en el portal autonómico podemos encontrar dos fuentes de información. Una nota basada en la información aportada por los sistemas de responsabilidad ampliada del productor y los datos de recogida y tratamiento residuos en el portal de transparencia.

Si nos quedamos con la información que se extrae del primer documento no queda otra que felicitarse: qué bien lo estamos haciendo. Llaman la atención algunos detalles, como que en el mercado castellano manchego se comercialicen 2.508 toneladas de envases metálicos, se recuperen 12.945 toneladas y se contabilice como reciclado un 89,60%.

Llama la atención, sobre todo, si se compara con los datos de plástico, donde se declara un 75.51% de envases domésticos reciclados con 29.209 toneladas de envases de este material puestas en el mercado y 24.178,21 recuperadas. A falta de unas definiciones detalladas y unas explicaciones sobre la metodología para llegar a esos indicadores, toca ponerlos en cuarentena. Porque ya sabemos que los datos de reciclaje de envases hay que cogerlos con pinzas.

Igualmente, para reforzar la importancia de la recogida selectiva, en el documento elaborado con la información de los sistemas de responsabilidad ampliada del productor afirma que “los materiales recuperados en planta han experimentado un ligero incremento, aunque se reduce su peso relativo en relación con los recuperados mediante recogida selectiva, de forma que en 2017 algo más del 70% de los materiales recuperados de residuos de envases proceden de recogida selectiva y apenas el 30% proceden de la fracción resto procesada en las plantas de tratamiento”.

Si acudimos a los datos oficiales podemos comprobar que el resultado del tratamiento de los residuos recogidos de manera selectiva es de 14.402,25 toneladas de material recuperado frente a las 39.527,23 toneladas de material recuperado del triaje del resto de los residuos, dando lugar al porcentaje inverso: 27% de materiales recuperados procedentes de la recogida selectiva frete a un 73% de los materiales recuperados del tratamiento de la basura mezclada.

Sí, faltaría añadir 30.996 toneladas de papel y cartón y 21.371 toneladas de vidrio procedentes de sus respectivos contenedores. Pero en este caso ya no estamos ante un 70% / 30%, pasamos a un 63% / 37%. Así, si nos quedamos sólo con estos flujos, los que cuentan con su propio contenedor por tipo de material podemos ver que cerca del 100% del vidrio y casi el 99% del papel y cartón recuperados para reciclaje provienen del respectivo contenedor monomaterial.

El éxito del reciclaje disminuye dramáticamente cuando hablamos de envases ligeros de plástico y metal, los que se recogen mezclados en el contenedor amarillo. Con los datos disponibles para Castilla-La Mancha es difícil saber cuántos se recogen, así que me quedo con tres de las partidas disponibles en la estadística oficial de su portal de transparencia: plástico, metal, compuestos.

Sumando los envases metálicos, de plástico y compuestos se recuperaron para reciclaje un total de 37.716,21 toneladas de materiales. De estas el 37% provenía del contenedor amarillo y el restante 63% de otras formas de recogida. Cabría analizar si el triste resultado del contenedor amarillo se debe a una falta de interés o más bien a una deficiente dotación de este tipo de contenedores. Puestos a plantear alternativas los datos hablan: la recogida separada por tipos de materiales consigue mejores resultados.

En cualquier caso, no podemos perder de vista que el reciclaje es la tercera y menos deseable de las tres erres. Si realmente queremos disminuir el impacto ambiental de nuestros envases deberíamos superar el modelo de usar y tirar, fomentando la prevención de residuos y, cuando no sea posible, la reutilización de envases. Los contenedores de colores que utilizamos actualmente, los mires por donde los mires, sólo sirven para reciclar o eliminar residuos: no fomentan su prevención ni permiten su reutilización.

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Envases y modelo de desarrollo.

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Envases y modelo de desarrollo

Una de las claves para avanzar en la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible que marcan la agenda hasta 2030 está en nuestro modelo de consumo. Y uno de los elementos que más condicionan el modelo de consumo es el envase. En su triple función de preservar los productos que contiene en su interior, facilitar el transporte y la manipulación de mercancías y ser el reclamo que capta la atención del consumidor.

Con independencia de los materiales que se utilicen en su fabricación, hay un aspecto fundamental que define si un envase es sostenible o no: la posibilidad de ser reutilizado. No es solo el evidente impacto ambiental que generan los envases de usar y tirar, son también los impactos sociales y económicos. Las consecuencias de un modelo de producción y consumo pensado para la reutilización de envases o no. La diferencia entre economía circular y economía lineal.

Los envases de usar y tirar están pensados para ser fabricados en un punto, a ser posible próximo al lugar de llenado, cumplir su función en una cadena de distribución, y ser descartados en un destino donde deben ser suficientemente atractivos como para cumplir el objetivo de ventas. Cerrar el ciclo, recuperar los envases tirados a la basura y convertirlos en materia prima, es costoso. Tanto que a escala global, por ejemplo, la cantidad de envases de plástico nuevos que proviene de envases de plástico reciclado es muy escasa.

Resulta esperanzador que las grandes corporaciones anuncien medidas al respecto. Que se propongan mejorar el diseño de los envases, aumentar la cantidad de material reciclado que emplean… pero siguen ancladas a un modelo insostenible que cada vez consume más materias primas y genera más residuos.

Y es normal, las grandes corporaciones globales existen gracias al envase de usar y tirar. Con ellos han ido barriendo del mapa pequeñas y medianas empresas locales, en muchos casos familiares, que resolvían las necesidades de sus vecinos de una forma más sostenible. El ejemplo más evidente es el de las multinacionales de refrescos. Antes de la incorporación y uso masivo de envases de usar y tirar había pequeñas envasadoras con productos propios que daban lugar a una curiosa variedad regional de refrescos. Hoy esa diversidad ha desaparecido, primero absorbida y finalmente eliminada por las grandes corporaciones.

El proceso es sencillo. En primer lugar, el envase de usar y tirar traslada al conjunto de la sociedad el coste de la devolución y retorno de envases. Si en tu pequeña embotelladora sigues empleando envases retornables de vidrio tienes unos costes de producción, en términos monetarios, mayores que quien utiliza un envase que no tiene que recuperar ni lavar. Qué también es más ligero y ocupa menos espacio, lo que también reduce el coste de transporte. Al problema de los residuos, que podemos resolver legislando la responsabilidad de quien pone en el mercado productos que con su uso se convierten en residuos, se unen otros que van desde el cierre de pequeños comercios en favor de grandes superficies comerciales a la deslocalización de la producción industrial.

Una cadena corta de producción y distribución, dentro de una misma ciudad o en el radio de hasta poco más de cien kilómetros, permite utilizar y rentabilizar envases reutilizables. Pero cuando los envases recorren centenares o miles de kilómetros, el coste del retorno es importante. Más aún si el producto viene de un lugar donde la mano de obra y las materias primas son especialmente baratas. El precio de mercado, el que el consumidor final está dispuesto a pagar, no es muy diferente, pero sí el margen de beneficio y la distribución de costes.

Quizá, en un blog en el que se habla mucho de residuos, el más evidente es el de la basura: si utilizo envases reutilizables incorporo en mi modelo de negocio la gestión de los envases vacíos, pero si elijo la opción de usar y tirar traslado costes al conjunto de la sociedad a través de sistemas de recogida de contenedores de colores, plantas de clasificación de envases, vertederos… Lo que me ahorro en recuperar y lavar botellas lo puedo emplear en campañas de imagen corporativa.

Quizá con unas buenas políticas de responsabilidad ampliada del productor, potentes inversiones en instalaciones de reciclaje y mucha educación ambiental consigamos reducir ese coste del envase de usar y tirar. conviene recordar que en un modelo de envases reutilizables pasaría de ser un problema de todos a ser un problema de quienes envasan productos.

Pero la sostenibilidad es algo más que los residuos. El desarrollo sostenible es aquel que permite satisfacer las necesidades de las generaciones presentes sin comprometer la capacidad de las generaciones futuras de satisfacer las suyas. ¿Necesitamos tener melón o fresas a nuestra disposición los 365 días del año? Seguramente no. Al menos no para estar bien nutridos.

El ejemplo de las frutas y verduras es importante. Durante la mayor parte del tiempo que va desde el inicio del neolítico (esa época en la que nuestra especie dejó una forma de vida nómada de sociedades recolectoras – cazadoras y pasó a asentarse en núcleos estables cuya alimentación depende de la agricultura y la ganadería) hasta nuestros días, las personas nos hemos alimentado, fundamentalmente, de productos locales y de temporada.

Digo fundamentalmente porque tenemos ejemplos de tráfico global de mercancías desde hace mucho tiempo. Quizá como ejemplo, relacionado con alimentos envasados, podríamos destacar la capacidad del Imperio Romano de llevar el olivo a lugares alejados de su óptimo de distribución biológica. Y de trasladar vino y aceite en ánforas de barro desde una punta a otra de lo que para ellos era el mundo conocido. De esta época también tenemos ejemplos del impacto de los envases de usar y tirar. Como el Monte Testaccio, una colina en Roma creada a base de acumular los restos de esas ánforas que llegaban sin parar a la metrópoli (y que debió dejar buenos agujeros en los lugares de procedencia del barro cocido).

Hasta fechas muy recientes el consumo de alimentos era fundamentalmente local, de temporada y proximidad. Sí, la industria de procesado y conservación de alimentos tiene una larga historia, pero la comercialización global de jamón en lonchas es relativamente reciente. Como lo es el empleo de envases mono dosis para la miel. Quizá de la miel aprendimos que grandes cantidades de azúcar permitían conservar alimentos en forma de mermeladas y confituras. Sería digno de estudio averiguar cómo pasamos de la necesidad de disponer de reservas para un aporte rápido de energía al capricho de untar pan con dulces a diario. Quien lo puso fácil, para que pudiésemos hacerlo en cualquier lugar, fue el envase de usar y tirar. En cómodos recipientes con la ración estipulada para cada dosis.

Muy curioso que un producto que tiene una capacidad natural para conservarse en cualquier recipiente de cualquier tamaño se comercialice en envases en dosis unitarias. Porque la miel, por si misma, dura años en un tarro de cristal, sin necesidad de vacío ni tratamientos adicionales. La miel de la alcarria, producida y envasada a menos de 100 kilómetros de una capital de consumo como Madrid.

La competencia feroz, de un mercado que vende sucedáneos adulterados, asfixia a los apicultores de toda Europa. Una actividad imprescindible para mantener procesos ecológicos clave (la polinización de la que depende la producción de alimentos), está desapareciendo de la mano del envase de usar y tirar. Sí, el apicultor local también podría envasar en plástico mono dosis, pero… ¿qué sentido tiene? El producto, cuando es miel natural, se conserva por sí mismo. ¿Comodidad? ¿Higiene? Responsabilidad social corporativa es apostar por esos locos que quieren conservar el oso con la apicultura, no vender como saludable un desayuno plastificado. Quizá esa cadena de hoteles tan molona y saludable podría sustituir los envases individuales de usar y tirar para mermelada y miel con dispensadores de producto a granel, al lado de las jarras del café o de la tostadora, desde los que servirte la dosis justa de dulzura que necesites para esa jornada. Que no es lo mismo desayunar de turista que de auditor ¿no?

El caso es que una de las comarcas con más renombre para la apicultura, con un mercado capaz de asumir toda la producción a la vuelta de la esquina, se queda sin gente que trabaje las colmenas.

Y es que las cadenas globales de distribución viven de marcas globales ¿qué colmenar podría abastecer a todos los establecimientos de un distribuidor mundial? ¿Cuántas abejas hacen falta para poner cientos de quilos a diario en todos y cada uno de los comercios de una cadena de supermercados que opere a nivel internacional?

Un producto homogéneo que se pueda vender con el mismo nombre en todo el mundo solo es posible en un proceso industrial. O muy industrializado. El modelo de negocio es el del refresco, hay que triunfar como la pepsicola. Bueno, como la otra… Agua, edulcorantes, colorantes, conservantes… y envase de usar y tirar. Fabrica y rellena donde sea más barato, que te quede margen para transporte y propaganda.

Lo que con la miel es imposible, con la agricultura y la ganadería se ha conseguido eliminando biodiversidad. Conseguir tomates iguales durante todo el año en cualquier lugar ha sido posible perdiendo variedades locales. Imponiendo en todo el planeta aquellas que son capaces de soportar las cadenas de distribución. De llegar a las estanterías de las grandes superficies con el aspecto que venden las campañas publicitarias de las corporaciones multinacionales. Nos han metido los tomates por los ojos. Un tomate ya no es una cosa jugosa y apetecible con sabor a huerta de pueblo en verano. Es rojo, redondo, liso… salvo que sea verdoso y arrugado que entonces ya no es tomate, es… una marca registrada por una corporación multinacional que me ahorraré de nombrar sin permiso expreso, por lo que pueda pasar…

Sí, claro que quedan huertas en el pueblo. Pero lo que ahora es una producción de ocio, o un pequeño complemento, hace unas décadas era la base económica y social de muchos municipios, hoy en proceso de abandono, que abastecían al comercio de ciudades próximas. Un entramado de relaciones entre el campo y la ciudad que se ha ido adelgazando progresivamente. En el mejor de los casos enterrando los suelos más fértiles para la ubicación de centros logísticos e infraestructuras de transporte, bajo vertederos o, con un poco de suerte, alguna planta de clasificación de residuos.

El comercio ha quedado en la mano de intermediarios que compran tomates si son iguales que los del anuncio. O pasas por el embudo o te quedas fuera. Y tienes que competir contra una explotación industrializada que quema la tierra con agroquímicos y explota personas que “vienen a llevarse lo nuestro”. No sólo eso, también envasa y etiqueta a pie de mata los tomates que dan la talla. Listos para cargar y llevar a miles de kilómetros de allí. No saben a nada, pero, si es necesario, aguantarán almacenados hasta que llegue el momento más adecuado para sacarlos al mercado.

¿Melón en plástico? ¿Plátano pelado, troceado y retractilado? Claro, el envase evita que se rocen y golpeen durante el transporte. No es lo mismo llegar de Villaconejos a Mercamadrid que de Chile a Barcelona. Mira qué bonitos y brillantes lucen en sus bandejas de poliestireno esos gajos de naranja. Mientras, la frutería de tu vecino, que sigue apostando por producto local y de proximidad se las ve y se las desea para seguir abierta. No puede, o no quiere, acceder a las condiciones del intermediario de la gran superficie. Apuesta por esas frutas y verduras de temporada. Mantiene vivo un mundo rural que cada vez tiene más difícil generar oportunidades para quienes no quieren vivir hacinados en la gran ciudad.

Y tu cada vez tienes más difícil hacer la compra en una tienda de barrio. Porque las que había van cerrando o porque en tu barrio, diseñado alrededor de un gran centro comercial, ni siquiera llegó a haberlas. Porque vives en un mundo globalizado donde tu horario y tus hábitos de consumo te vienen dados por las corporaciones para las que trabajas y a las que pagas tus deudas. Una economía que se basa en flujos lineales de recursos, materias primas extraídas en una punta del planeta, procesadas en otra, consumidas en otra y enterradas como residuos a miles de kilómetros de donde se extrajeron de la tierra.

Una economía que deja fuera al pequeño comercio, el que vive de productos diferentes, no normalizados. Productos sin marca que no aparecen en los anuncios de televisión, ni en la web de Amazon. O sí, pero que están en un espacio atendido por personas para personas. Establecimientos que necesitan que tú vuelvas cada semana, si la excusa es devolver un envase retornable o rellenar uno reutilizable, buena es. Establecimientos que no tienen tarjeta de puntos que puedes cambiar en la gasolinera o la agencia de datos porque les dan igual tus datos. Lo que les importa es tu persona, la que vive cerca y pude ir cada semana a hacer una pequeña compra.

Sí, afortunadamente a alguien se le ha ocurrido la economía circular. Una utopía para avanzar a un modelo más sostenible. Pero si nos centramos en la parte de convertir residuos en materias primas nos quedamos muy cortos. Porque la cosa va de resolver necesidades permitiendo a otros (que conviven actualmente en el planeta con nosotros, o que vendrán más adelante), resolver las suyas. Y, por muy reciclable que sea el envase, las galletas fabricadas con aceite de palma, deforestando países lejanos y esclavizando a sus habitantes para recolectar cantidades ingentes de algo que no les permite satisfacer sus necesidades, sigue siendo bastante insostenible.

Insostenible es crear la necesidad de consumo al público infantil forrando esas galletas con personajes de dibujos. Tanto como que cierra las tahonas de los pueblos donde la bollería artesana (esa que no puede almacenarse durante meses ni recorrer miles de kilómetros porque sus ingredientes naturales dejan plazos de conservación mucho más cortos), se ve desplazada por el reclamo publicitario. Enlazarlo con la presión social y el acoso escolar igual es alargarlo mucho, vamos a dejarlo en ¿quién quiere unas sabrosas magdalenas hechas con aceite de oliva cuando la tendencia son unas insulsas galletas cuya lista de ingredientes incluye sospechosos habituales de causar enfermedades varias? ¿quién quiere el sabor y la textura de la receta de la abuela cuando puede exponerse al riesgo de padecer desde alteraciones endocrinas hasta cáncer?

Sí, claro que me pongo melodramático. Pero como consumidor la sustitución de un aceite por otro no me aporta nada. Es más, refiero el sabor y la textura de las magdalenas con aceite de oliva. Pero a la industria sí le aporta mucho. Vendidas al mismo precio un margen de beneficio increíblemente mayor. Y, sobre todo, la oportunidad de acceder a un mercado global al que no se llega con productos que se estropean en un par de semanas.

La generalización del uso del aceite de palma está en que alarga la duración de los productos permitiendo su almacenamiento, transporte… y envasado individual. ¿Qué sentido tiene vender cada magdalena en su bolsita de plástico? Cuando te las tienes que comer en la misma semana, poco, porque vas a comprar las justas para que no se te estropeen. Pero cuando duran meses dando vueltas por los armarios… Nuevamente el envase de usar y tirar como aliado del consumo insostenible.

En vez de subir media docena de magdalenas de la panadería, cargas un paquete de dos docenas en el supermercado… por si acaso. En este caso el problema, más allá de los ingredientes y su impacto en la salud de los tuyos, es el residuo: esos plásticos de usar y tirar que se puede permitir el proceso industrializado y que no tienen sentido en el escaso margen del proceso tradicional. ¿Qué pasaría si la corporación que vende las magdalenas envueltas una a una tuviese que recoger cada plastiquito en las tiendas donde se comercializa su producto? Por mucho que fuesen reciclables, las bolsitas individuales sólo tienen sentido en un proceso lineal: extrae materias primas muy baratas (aceite de palma) en lugares remotos y genera unos residuos (cajas de cartón con figuras de dibujos animados y envases unitarios) que no se volverán a destinar al mismo uso para el que fueron concebidos originalmente.

Por supuesto no se trata de volver al paleolítico, ni creo en el mito del buen salvaje. No hablo de descartar los avances que nos trajo la revolución verde. Creo que somos seres racionales, capaces de tomar decisiones y darnos cuenta de los impactos que generamos. De entender dónde hay problemas de escasez o dónde hay problemas de reparto o acceso a los recursos disponibles.

De ser conscientes de que el modelo de producción y consumo tiene elementos que favorecen esquemas más o menos sostenibles. Y de cuáles son las patas que sostienen esa sostenibilidad que nos proponemos alcanzar. De ver que tenemos recursos suficientes para hacer políticas sostenibles. De saber que los Objetivos de Desarrollo Sostenible son algo más que depositar residuos en contenedores de colores o que la economía circular va mucho más allá del mero reciclaje de envases de usar y tirar. Más circular es la reutilización y más sostenible es cuando se hace local y de proximidad.

Ni siquiera hablo de envases sí o envases no. Los envases son imprescindibles mientras siguen cumpliendo las tres funciones con las que abría este texto. Pero pueden hacerlo de una forma más o menos responsable y sostenible. Y la diferencia, sean de plástico, de vidrio, de metal o de barro cocido, es si son pensados para acumularse formando montañas de basura que legamos a las generaciones siguientes o si realmente pueden cerrar el círculo y volver al origen para seguir siendo envases. Quiero pensar que 2.000 años después hemos superado algo más que el arado romano.

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Más civismo, ¡por favor!

Publicado en: productor de sostenibilidad por alvizlo. Texto original

Si alguna vez has estado un lunes al sol seguro que has visto la escena en algún parque de tu barrio. Se repite después de cada fin de semana, especialmente en primavera, a medida que alargan los días y avanza el termómetro. Un operario municipal (eufemismo para referirnos a una persona subcontratada en precarias condiciones laborales en el contexto del contrato de limpieza adjudicado a una empresa constructora) se pasea recogiendo del suelo latas de bebidas, paquetes de tabaco vacíos y otros residuos varios que se acumulan alrededor de papeleras rebosantes, tirados debajo de los bancos, magistralmente puestos en un equilibrio inestable sobre algún columpio infantil…

Barre las hojas que deja en el suelo el otoño, la marcescencia estival o la plaga de turno. Los folletos publicitarios de la inmobiliaria, las tarjetas que muestran cuerpos sometidos a la explotación más antigua del mundo, los catálogos del hipermercado… Pasa horas arrastrando grandes bolsas que llena y acumula en una esquina del parque, a la espera de que llegue la furgoneta o el camión que llevará esa mezcla de residuos directamente a vertedero.

Cansado de tanto trajín, le llega el turno al arenero donde se ubican los columpios. Sin fuerzas para mover el rastrillo, tapará un poco los excrementos de los perros que libremente han paseado por la zona infantil. Con la excusa del bienestar de sus animales, algunos desaprensivos los sueltan a sus anchas, mientras el móvil les da la coartada perfecta para no darse por aludidos de sus obligaciones higiénicas.

El domingo por la mañana la escena es algo distinta. Las niñas y los niños se manchan de mierda y se cortan con latas oxidadas mientras escavan en la arena. Los progenitores se quejan de la falta de educación de los adolescentes que hacen botellón. Algún abuelo echa la culpa de la suciedad a esos extranjeros que duermen en pisos patera y se pasan toda la tarde vagueando en el parque con tal de no subir a sus casas. Alguien discute con un macarra que achucha a su perro de presa para exhibir ante los colegas la potencia del can.

Alguien clama en el desierto por un poco de civismo. ¿Qué enseñan en los colegios? Necesitamos más educación, que esto no es un estercolero. ¡Por favor! Miren como está todo. Somos unos guarros. Muy guarros.

No le falta razón. Sabiendo que la escena no es nueva, que lleva décadas repitiéndose, me pregunto:

  • ¿Por qué seguimos vendiendo refrescos, cervezas, patatas fritas, pipas, caramelos y todo tipo de productos en latas y plásticos de usar y tirar?
  • ¿Por qué no se incentiva la devolución del envase usado al comercio que vende producto envasado?
  • ¿Por qué los ayuntamientos no exigen a Ecoembes los recursos para recoger adecuadamente los envases adheridos a su sistema que acaban abandonados en calles, parques, plazas y jardines?

Es cierto. Somos unos guarros, en más de 20 años no hemos sido capaces de llevar la bolsa de gusanitos desde el banco del parque hasta el contenedor amarillo. El viento las arrastra y acaban como fósiles modernos que encontramos en un paseo por la playa:

  • ¿Cuánto tiempo llevará esto flotando aquí?
  • Es la marca que comíamos cuando éramos pequeños ¿te acuerdas?
  • Si claro, hace más de 10 años que no los venden con este nombre.

¿Podemos cambiar estas escenas con otros 20 años de educación y concienciación ambiental? Quizá sí. Si enseñamos al Ayuntamiento a trasladar los costes de la limpieza urbana al sistema integrado de gestión al que están adheridos los envases que recoge el empleado de la subcontrata.

Quizá trasladando ese coste al responsable de la puesta en el mercado del producto envasado se liberarían recursos para vigilancia y aplicación de las sanciones previstas en las ordenanzas sobre tenencia de animales domésticos.

Tal vez podríamos enseñarle al distribuidor de bebidas enlatadas que su modelo de negocio genera un problema. Que está muy bien fomentar y favorecer el consumo compulsivo, pero afecta a la salud de las personas y genera una cantidad de residuos que hay que gestionar.

lata de Coca Cola abandonada

Quizá si los envases vacíos se admitiesen de vuelta en los establecimientos que los venden, el operario de parques y jardines podría dedicar su tiempo y esfuerzo a mantener unas condiciones higiénicas en las zonas infantiles. Tal vez esto nos ahorraría los costes sanitarios de tratar los crecientes casos de enfermedades transmitidas desde las heces de perros y gatos a los, cada vez más escasos, niños que juegan en los parques.

Con menos dinero público destinado a recoger envases adheridos al sistema integrado de gestión tendríamos más opciones de instalar y mantener fuentes públicas de agua potable, donde todas las personas podrían beber, sin necesidad de comprar bebidas azucaradas con su correspondiente coste sanitario.

Es más, si los parques pudiesen ser lugares de encuentro seguros para la infancia quizá sería más fácil integrar a todos los niños y las niñas en un modelo de educación inclusivo, donde todos sean parte de la solución. Lo mismo les daba por colaborar, compartir y proponer nuevos modelos de desarrollo más sostenibles.

Necesitamos más educación y civismo para crear círculos virtuosos que nos permitan avanzar en sostenibilidad. Pero no podemos culpar de los problemas complejos a la falta de educación del conjunto de los ciudadanos. Porque, en el tema particular de los residuos, si nos centramos únicamente en pedir más educación y civismo:

  • Exculpamos al que fabrica envases que no se pueden recuperar para el reciclaje.
  • Libramos de su responsabilidad a quien utiliza envases de usar y tirar en su modelo de negocio.
  • Legitimamos a quienes toma decisiones que no mejoran el sistema de recogida y gestión de residuos.

Quizá el civismo que necesitamos pasa por revisar modelos de negocio. Si la estrategia de una empresa pasa por comercializar productos que afectan a la salud, el medio ambiente, la limpieza de las ciudades… tendrá que asumir los sobrecostes que genera.

Somos unos guarros todos. Pero cuando las empresas deciden si sus productos y sus campañas de publicidad sirven a personas responsables o se benefician del incivismo. Y las personas tenemos que movernos dentro de las pocas opciones que nos dejan esas empresas. Eso sí, con educación y civismo.

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