Las patas rosas del invierno escocés

Publicado en: Only birds por Carmen Azahara. Texto original

Nos acercamos al solsticio de invierno. Ahora mismo los días no duran más de siete horas y el atardecer es en torno a las tres y media de la tarde. La noche ha ido avanzando este otoño a minutos por cada jornada, y las nevadas ya van tiniendo de blanco el interior. Pero muy pronto la noche y el día girarán como giramos un reloj de arena. 

De hecho ya he visto alguna que otra reidora impaciente tornandose el rostro a chocolate. Si hay un momento en el año en que los humanos debamos celebrar desde nuestra naturaleza como animales, es este día. Vendrán amaneceres más fríos y nieves más espesas, pero la luz comenzará a ganar de nuevo su batalla cíclica con la oscuridad. El renacer de la esperanza que muchos llaman Jesús. 

Y así como la oscuridad llega de sus alas, en sus alas se irá. Los ánsares piquicortos son una señal de identidad de las tierras escocesas. En septiembre llegan los primeros grupos con sus sonoros graznidos y sus formaciones en v, un acontecimiento que se menciona no solo entre pajareros, si no entre cualquier escocés con un mínimo de interés en lo que le rodea. Los números aumentan con el pasar de los días y en diciembre puedes encontrar un campo segado lleno de miles de gansos. 

Estas aves crían en la tundra ártica de Groenlandia, Islandia y Svalbard. Y ese espíritu ártico de su lugar de nacimiento es lo que anuncian en Escocia con su llegada. Un acontecimiento que amo y que me llena de fecilidad. Creo que no hay mejores momentos para una amante de las aves que aquellos donde allá donde mires todo este lleno de pajaros. Momentos en extinción por la estupidez y ego de este mono de dos patas que se cree Dios. 

Tal vez algún día mi especie recuerde que es animal antes que humano, aceptando su ignorancia y sus limitaciones. Aunque no pondría mi mano en el fuego por ello. Mientras, disfruto de estos encuentros haciendo fotos, escaneo con el telescopio por si hay algún infiltrado entre tantos "pinkies" y rezo porque este escenario se vuelva a repetir una año más. 

Por abril ya todos se habrán ido de estas tierras y los días creceran de nuevo rápidamente. No podré olvidar aquella "noche" de verano que me mantuve despierta las 24 horas cuando vivía en las islas Orcadas. El sol nunca terminó de ponerse y con el color de las yemas, se deslizaba horizontalmente donde el cielo y la tierra se tocan. 


Pero no adelantemos acontecimientos, aún me quedan muchos búhos por anillar, muchas gaviotas de alas blancas que buscar y muchos gansos que escuchar. 

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