Publicado en: Naturaleza en Santorcaz y otras tierras... por Alfredo Doncel. Texto original

Este fin de semana no hemos salido al campo, pero vengo a compartir un relato corto con el que participé en el I Certamen de Narrativa del Parque Nacional de Guadarrama. Es la primera vez que escribo un relato como tal, lo aderezo con algunas fotografías, espero que os guste:

ERA POSIBLE

No es posible. Y lo que no es posible, es imposible. Llevaba lo necesario para conseguirlo y estaba en el lugar adecuado. Había llegado hasta donde los árboles no consiguen crecer y ante sí tenía kilómetros de las mejores vistas posibles. Pero, ¡cómo lograrlo!

Para empezar, llevaba en sus piernas varias horas de duro ascenso y allí arriba el aire era más puro que en cualquier otro lugar de los alrededores, por lo que era una invitación a tomarse un respiro. Además, la luz era más intensa de a lo que estaba habituado, y es que aunque se trate de una montaña modesta, en todas ellas, siempre se está un poco más cerca del cielo. Esa luz, se multiplicaba en millones de destellos amarillos, porque los piornos en flor lo inundaban todo, derramándose por las laderas hasta donde los pinos volvían a dominar. La luz, hizo entrecerrar sus ojos y el cansancio hizo que buscase un lugar donde reposar.
Pechiazul (Luscinia svecia) sobre un piorno en flor
No era, ni mucho menos, un sillón de orejas, pero la erosión había tallado ese afloramiento de gneises de una forma más o menos ergonómica, así que se recostó a respirar ese aire y a disfrutar de ese paisaje que casi le hería las pupilas. Sabía de la antigüedad de esas rocas, de su historia geológica, una de las más dilatadas de las que podemos encontrar en Iberia. Por otra parte, su ojo experto, era capaz de identificar otros rasgos geológicos mucho más recientes, aunque no menos interesantes: donde parecía que sólo había montones de piedras y ondulaciones distribuidas al azar, podía distinguir morrenas, bloques erráticos y el perímetro del circo glaciar que, cubierto por toneladas de hielo, ocupó el espacio no hace tantos miles de años. Pero no, ese enorme lapso de tiempo tampoco era suficiente para hacer volar su imaginación y proporcionarle lo que buscaba.

Circo de Peñalara con morrenas al fondo y bloques sueltos
Casi no había reparado en ello, pero así, más cómodo y recuperado el aliento, percibió el rumor del agua corriendo por los regatos. Aún quedaba algo de nieve allá arriba, así que esa agua impetuosa también le hizo ser consciente del largo viaje que tenía por delante. Sería domesticada, saciaría la sed de muchos y en su camino hasta el Atlántico bañaría las riberas de otros parques nacionales y naturales. Pero no toda el agua llevaba prisa, y aquí y allá se desparramaba y tranquilizaba, aunque sólo fuera por unos instantes. Pero ni la disyuntiva entre la prisa y la pausa le evocaban mucho más.

Laberinto de agua
En aquel momento, se escuchó. Por encima del rumor del agua, se oyó un sapo croar. Entonces recordó los grandes esfuerzos hechos para proteger a esos pequeños seres que se arrastran entre la tierra y el agua. Sabía de la enorme diversidad e importancia de sus poblaciones en la zona, amenazadas por infecciones, el dichoso cambio climático, la introducción de especies alóctonas y en definitiva, casi todos los males que pueden amenazar a una especie. Pero allí arriba estos héroes, húmedos y fríos, luchaban contra todo por sobrevivir y agradecían los estudios y trabajos realizados para reforzar sus menguadas poblaciones. Ellos dirían que no eran héroes, que sólo sobrevivían como podían, pero ni siquiera esa historia de humildad y superación era capaz de hacer posible lo que allí había ido a buscar.
Sapos corredores (Bufo calamita) copulando
Se dio cuenta de que, a pesar de la modorra, aún no había cerrado los ojos, porque un reflejo fugaz pasó por delante de sus narices. Con sólo unos segundos a la vista, esas grandes alas, y a esa altura, sólo podían ser de una apolo. Enseguida recordó que esas mariposas, incluso con su gran envergadura, habían quedado aisladas en esas montañas, como si de islas se trataran. Sabía que el aislamiento las hacía únicas, sutilmente diferentes a todas las demás, y que sobre esa historia de divergencia evolutiva, tal vez podía hacer posible su idea.
Mariposa apolo (Parnassius apollo)
Tal vez cerrando los ojos lo conseguiría, pero eso no hizo sino empeorarlo. De repente, el resto de los sentidos se agudizaron aún más. Fue en aquel instante cuando se percató de la intensidad de los olores que le rodeaban: el olor de la hierba, el perfume de las flores y hasta el tufo dulzón de las boñigas. Por encima del croar de los sapos se escuchaban más sonidos aún: el melodioso canto del pechiazul, con su garganta de color azul aún más intenso que el mismo cielo, la áspera estridulación de la chicharra de montaña, las caóticas vocalizaciones de las chovas, y así hasta un sinfín de sonidos que hacían imposible el cometido propuesto. 

Chicharra serrana Lluciapomaris stalli
Incluso con los ojos cerrados, pudo notar la sombra que se interpuso entre él y el sol. No podía ser otra cosa que un enorme buitre negro, ya que nada había más grande en esos cielos. Una gran colonia criaba a poca distancia, allí donde los más grandes árboles sobresalen como mástiles en un astillero. También ahí había algo casi único, pues los libros y guías siempre hablan de dehesas y bosques mediterráneos cuando a buitres negros se refieren, pero en los pinares serranos del Lozoya viven tan felices. Por si acaso, decidió desperezarse un poco, pues aunque sabía de su poca capacidad predatoria, no quiso parecer demasiado quieto ante esos casi dos metros y medio de plumas, pico y garras.

Buitre negro (Aegypius monachus)
Volviendo en sí, se dio cuenta de que el sol pronto ya se ocultaría tras las montañas hermanas de la que se encontraba. Aún tenía que desandar el camino y frustrado, recordó que ni siquiera había sacado las herramientas con las que había cargado hasta allá arriba, no pesaban mucho, la verdad, pero fastidia no cumplir los propósitos que uno se impone. No quedaba otro remedio que volver, e intentarlo de nuevo otro día a ver si era posible lo que no había podido hacer. 

Ensimismado y distraído, porque siempre el camino de vuelta, es menos estimulante que el de ida, se vaya a donde se vaya, el susto fue mayúsculo. De nuevo una visión fugaz, medida en segundos, y sin capacidad de reacción, pero aún sin haberlo visto nunca antes, no dudó en saber que lo que se le había cruzado, no era un ungulado, o ni siquiera un perro. No, así sólo se puede mover quien se mueve entre las sombras, quien es obligado a ser furtivo en la vida, quien debe saber desaparecer para acechar a sus presas o para huir del rifle asesino. Por si acaso, para que no le quedase ninguna duda, el animal, durante un segundo interrumpió su trote, giró la cabeza y cruzó su mirada con su sorprendido observador y, antes de seguir su camino, le dejó claro que sí, que era un lobo, que habían estado ausentes varias décadas, pero que habían vuelto para reclamar lo que nunca habían perdido de todo. El corazón volvió a bombear sangre hasta su cerebro y recuperó la realidad de la que se había ausentado ante la visión de ese ser mítico y ancestral. Pero aún así, tras toparse con uno de los pocos animales capaz de causar esa sensación a cualquier ser humano, la oscuridad, el frío, la prisa por regresar, y por qué no, el miedo, hacían imposible sacar el cuaderno y el lapicero, para escribir un relato sobre el Parque Nacional de Guadarrama.
En el bosque se encuentran los miedos del hombre
Y es que por unas cosas o por otras, decidió que no es posible, que era imposible cumplir su cometido. Que por más cerca de piornos, sapos, chicharras, pechiazules, apolos, chovas, buitres, gneises, morrenas, lobos y demás, es imposible escribir un relato con entre tres y cinco páginas sobre el Parque Nacional de Guadarrama. Es imposible escribirlo allí, porque allí hay que disfrutar y sentir, y son demasiadas las historias que se agolpan para ser contadas a la vez.  Ya probaría a ver si en el sofá de su casa era posible.

FIN





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