Welcome to North Ronaldsay



Un nuevo azul, o tal vez verde... un turquesa intenso, profundo, que he podido descubrir pero sólo admirar en aquellos días que el Mar quiere. Esas tardes luminosas de cielo celeste claro, donde el gris y el blanco se mezclan en las nubes y el aire helado se detiene por un momento. Sólo esos días, ese nuevo color deslumbra. Los demás atardeceres me mostraron que la furia es azul oscura rebordada de espuma. Su cólera impetuosa se cuela entre las rocas, haciendo resonar la advertencia de que una tormenta puede llegar en cualquier momento. 

Caminando hacia una de las lagunas, entre silbidos de cerceta y ostrero, una voz me llegó cabalgando al viento. Un canto de tiempos pasados, cuando la mirada al horizonte podía divisar no sólo tempestades, sino también terrores. Palabras que no entendí, cargaban un sentimiento de resignación a una vida dura y de incertidumbre. Aún así, los rayos helados del sol bañaron con timidez un nuevo día. Y esa voz se congeló, quedando atrapada entre las piedras de los muros que aún recuerdan aquellas almas que supieron arrancar el sustento a una tierra de salitre y roca. 

Una esmerejona de mirada azul me enseñó sus plumas, demostrándome así que la belleza también se halla en los marrones. Infinitas tonalidades de este color chisporrotean en los cantos rodados de la playa al paso de unas ovejas únicas, de las que el pasar del tiempo se olvidó. No importa si es la Luna o es el Sol quien preside la bóveda celeste, es la Mar la verdadera reina de esta isla, quien alimenta al ganado en bajamar con sus entrañas, y quien en pleamar lo acuna. Lanas de gamas cremas y café, se confunden con la ardua orilla y con la piel de criaturas marinas durante su varado descanso.

Veletas que se derraman en el viento, observando a los fulmares en su vuelo de alas inmóviles, me olvido de la ventisca. Casi puedo palpar la suave textura de las olas invisibles por las que se deslizan. Entre el pastar de los ánsares y el vaivén de las avefrías, un pequeño halcón corta el viento. Tal vez sea ella. Y el tiempo cambia otra vez, los caminos emblanquecen. La suavidad ahora duele con sus pequeños cristales que se hienden en el rostro. No te confíes, la vida aquí es áspera, tosca, de botas embarradas, ropa calada y piel enrojecida. De días sin descanso y almohadas llenas de tareas por hacer.

Siguiendo a mis amadas, acabé en esta isla de sesenta habitantes y tres mil ovejas. No me preguntes cómo, llegué divagante a este oasis en el Mar del Norte, donde unas aves encuentran la esperanza de sobrevivir, mientras que para otras acaba siendo el lecho donde morir. Una pequeña idea en el pasado, que ahora se ha hecho realidad. Welcome to North Ronaldsay.




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