El amarillo para metales y plásticos.

reciclar son dos segundos

Coincido plenamente con una afirmación que leí hace poco, en algún lugar de cuyo enlace no quiero acordarme, que venía a decir algo así como que en el reciclaje de residuos todo es y debería ser más sencillo.

Y es que, tal y como nos está obligando la Unión Europea desde este mismo 2015, la mejor manera para seguir avanzando en un mejor reciclaje de nuestros residuos es recogerlos separadamente por tipo de materiales: dejar atrás un modelo primitivo de recogida selectiva de residuos de envases, que se ha demostrado costoso y poco eficaz, para pasar a una recogida orientada al reciclaje de todos los residuos.

Los procesos industriales que permiten obtener plástico, metal o vidrio de calidad, atractivos como materias primas para la fabricación de nuevos objetos y productos de consumo, no entienden de envases o no envases. Pero parece que a los ciudadanos sí nos cuesta entender el criterio de ecoembes sobre qué debemos depositar o no en el contenedor amarillo.

Así pues, volvamos a lo natural: separar por tipos de materiales. Una separación primaria, fácimente comprensible, es la que distingue los residuos orgánicos, restos que provienen de seres vivos, de lo que no son residuos orgánicos. Considerando que los bio residuos pueden ser del orden del 40% en peso de las basuras que generamos en nuestros hogares es un buen paso para empezar.

Del otro 60 % hay dos fracciones que gestionamos relativamente bien. Una relativa a papel y cartón, la otra el vidrio. En ambos casos opera la recogida separada por tipo de material. La mayoría del papel y cartón es fácilmente identificable. Y lo mismo nos pasa con el vidrio, por más que en ocasiones nos costará separarlo del cristal o nos empeñemos en introducir en los contenedores de estas fracciones algún que otro residuo impropio que no debería estar allí.

contenedor volcado

El problema viene cuando hablamos del contenedor amarillo. Colocado en nuestras calles “por el interés general” ocupa un espacio precioso por el que no paga. Pero si analizamos la legislación, ese contenedor amarillo responde al interés concreto de la industria relacionada con el producto envasado, obligada a hacerse cargo, en aplicación del principio de responsabilidad ampliada del productor, de la gestión de los residuos que generan los envases de los productos puestos en el mercado.

Así cada consumidor paga, en el precio del producto que compra, la gestión del envase cuando se convierte en un residuo. Pero el sistema integrado de gestión sólo se hace cargo de los envases que caen en el contenedor amarillo. El caso es que en una ciudad como Madrid, donde cada día los medios puestos a disposición de la recogida de basura son menores, cada vez es más frecuente ver contenedores y papeleras desbordados, los residuos -correctamente depositados o no- quedan a expensas del viento, la gente que no tiene otra forma mejor de subsistir que rebuscando en la basura, las ratas…

Total que después de haber pagado al comprar el producto envasado, después de haberlo separado en mi casa, después de depositarlos en el contenedor amarillo… los envases acaban en el suelo, ensuciando las aceras, parques y jardines… y no se reciclan.

Por otro lado, las plantas de clasificación de envases, pagadas con dinero público, no son capaces de atender la creciente demanda de gestión de residuos, que se pasan por ellas para justificar que se ha hecho algo antes de enviar a incinerar o a vertedero un montón de materiales valiosos que no han sido adecuadamente procesados. Pero cuyo reciclaje pagó el consumidor por adelantado.

A pesar de ello el sistema integrado de gestión de envases y el ayuntamiento gastan un montón de dinero, del que yo he pagado en mi compra y de mis impuestos, en decirme que no sé reciclar. Que reciclar sólo son dos segundos. Pero lo cierto es que que no hay medios adecuados para separar mi basura correctamente. Y que los vecinos, cuando bajamos la bolsa de envases podemos dejarla en un contenedor amarillo desbordado o en el contenedor gris de tapa naranja rotulado como “restos”.

Y leo la prensa en la que un periodista, a sueldo de ecoembes, acusa a los que describirmos esta realidad de ecoescépticos. O al titular de una cátedra universitaria financiada por ecoembes defender, desinteresadamente, el altruismo en la gestión de residuos frente a intereses oscuros. Pues no, no se trata de ecoescépticos o de intereses oscuros. Se trata de decir alto y claro lo que nos reclaman desde Europa: tenemos que mejorar la gestión de residuos municipales.

No lo vamos a conseguir a golpe de campaña publicitaria. Ni a base de acusar a los ciudadanos de que no saben o no quieren reciclar. Es momento de observar qué hacen los ciudadanos, qué modelos funcionan y, añadiendo lo que nos exige la Unión Europea, revisar la forma en la que recogemos los residuos urbanos para que podamos avanzar en un mayor y mejor reciclaje.

Quizá hasta ahora parte del problema está en el poder que ejerce el sector del envase y sus grupos de presión, comprando la prensa con fuertes inversiones publicitarias, secuestrando el interés general con legislación hecha a medida, a través puestos no electos en distintas administraciones, cátedras universitarias y demás recursos que se tambalean a medida que los ciudadanos nos damos cuenta de que si queremos avanzar toca cambiar.

Espero que también estemos entrando en un tiempo nuevo en la forma de gestionar los residuos, ya que el anterior nos ha dejado muchos escándalos de corrupción política y cada vez más basura sin recoger. Quizá toca poner la lupa sobre los 400 millones de euros que todos los consumidores invertimos en reciclaje de envases y ver si realmente con ese dinero se están haciendo bien las cosas. Y cuanto se pierde en comprar favores políticos que pervierten un modelo que debería estar al servicio del interés general y no secuestrado para el beneficio de unos pocos.

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